LA SIEGA DEL CEREAL

la siega






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AL TRIGO Y LA CEBADA
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Se alzan los trigos, los campos dorando,
ondeantes sus espigas, versos en danza;
la cebada cercana la va imitando,
cereales hermanos, en eterna bonanza.

 

Oh, trigo y cebada, promesas de sustento,
cuyas raíces profundas la tierra entrelazan;
harina de trigos que a la humanidad abrazan,
cebada, ámbar líquido que remoja el aliento,
en cerveza convertida, perfume del viento.

 

Oh, trigo, en la brisa mecido, como un suspiro,
granos de pequeños mundos, promesas de espigas;
oh, cebada, más modesta, de burbujas tiro;
grano rugoso que la cerveza moldea en ligas
con el centeno, la malta y lúpulo suspiro.

 

El trigo y cebada, cerrados como botones,
en invierno y en verano prometen sus mechones;
el trigo, con su espiga erguida, al sol se rinde;
la cebada, en su humildad, nos brinda su linde;
en la fragua del horno se hace pan el trigo,
la cebada se viste con la malta por abrigo.

 

Oh, trigo y cebada, en la mesa y en la copa;
oh, pan, que la abuela amasaba con mimo;
oh, cerveza, que con la boca seca se topa,
envasada en ambarinas latas de racimo.

 

Trigo, risa de niños al aroma de la hogaza;
cebada, brindis con amigos, espuma de raza.

 

Versos son de gratitud para trigo y cebada,
por su fruto amable, en silenciosa factoría;
cerveza para saborear en la jarra fría,
harina para hornear pan de cálida mirada.

 

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LA SIEGA CAMPESTRE
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En los campos ardientes del estío,
tejidos en el tiempo y la memoria,
donde el sol se alzaba con brío,
manos curtidas en golpes de euforia,
sudorosas, segaban trigos con barbas.

 

Aquellas siegas, aquellas parvas,
aquellos trillos, aquel acarreo de paja
y aquellos tamos que, como mortaja,
se metían del cuerpo en las entrañas,
con picores persistentes como lañas;
y, en la tierra, como raíces profundas,
de germinar impotentes, infecundas.

 

La siega y la trilla, esa danza ancestral
propia del verano, bajo un calor abrasador
que rompía las espigas como el cristal;
cuando los trigos, fruto del agricultor,
dorados y secos, susurraban al viento
y avecillas en vuelo, canciones de cuna.

 

Comenzaba la siega, sin remordimiento,
al alba temprana, al relevo de luna,
por San Juan o San Pedro, al rumor
de la tierra despertando sedienta;
los segadores aportando su vigor
frente a la espiga suculenta.

 

Sobre las cinco de la mañana,
se libraba en los campos de secano,
despertados de su furtiva nana,
con mulas y carros para paja de grano,
batalla para obtener el pan diario,
alimento para subsistir todo un año,
a través del trigo o su salario,
de sudores dándose un baño
en las largas y asfixiantes jornadas,
con sombreros y pañuelos bajo el sol,
en su danza con las espigas amadas,
con albarcas sin barnices de charol
para un baile en extremo agotador,
imaginando de las vainas el dulzor.

 

Jóvenes y ancianos, hombres y mujeres,
en tales tajos cumplían sus deberes,
cortando trigo, cebada y centeno,
del sembrado propio o del ajeno;
pues lo cierto es que estas labores
casi siempre eran de caracter familiar,
excepto en los campos de los señores,
donde acudían jornaleros para segar.

 

Labor no de andar con los brazos en jarras,
de no ser capataz de cuadrilla, con garras,
de terratenientes con código de barras
en campos sin holgura para alcaparras.

 

A las haciendas acudían los temporeros,
venidos de cualquier lugar, para la siega,
alojándose en las cuadras y en los graneros,
de no dormir en el campo con su talega,
persiguiendo más tiempo para el descanso
bajo un manto de estrellas, de paz remanso.

 

Jornaleros del campo por unas pesetas,
ayuda para su precaria economía;
preferible a quedar varados, manos quietas,
pasando hambre, con la despensa vacía.

 

Hoy, un asalto aguantarían pocos,
a jornada completa, de sol a sol,
contra el espigado trigo; locos,
moviendo sus manos hilos de guiñol;
sería mucho esfuerzo para escasa paga,
resentido el cuerpo por delante y zaga.

 

Hombres y mozos cortaban las espigas,
mano en hoz, formando y atando haces;
las mujeres colaboraban en las fatigas,
incluso los niños, los más capaces,
rebuscando las espigas perdidas
entre los surcos, por cortes falaces;
que no faltara pan en las comidas,
trabajo para espigadoras vivas,
necesidad para hambrientas furtivas.

 

Los haces se colocaban boca arriba,
apoyadas entre sí sus espigas,
para evitar del relente la saliva
al sonochar en campo sus barrigas.

 

Segaban con la hoz bien afilada,
instrumento curvado de corte interno,
mango de madera para buen gobierno,
asidero para la mano cerrada.

 

Los hombres, hechas de piel o de madera,
la mano libre protegían con las zoquetas,
atadas a las muñecas con cuerdas prietas,
con un redondo agujero en la punta
para evitar los cortes de la cansera;
las espigas del bracete bien sujetas
bajo el filo que corta sin pregunta.

 

Algunos hacían uso de los dediles,
que cañones eran como de fusiles,
para sus dedos librar de heridas viles.

 

Un solo surco cada segador seguía,
hasta completarlo, de cabo a rabo,
siguiendo, del siguiente libre, la vía,
fiel a su largura como un clavo.

 

Se iba y volvía doblando el hilo,
fila tras fila, sin hincar la rodilla,
de las hoces bordando el filo,
engavillando los haces con soguilla.

 

Para no estorbarse, las cuadrillas
rompían de la labor el ayuno
con el método de las parrillas
de salida de la fórmula uno;
partiendo escalonadamente,
lejos de las ajenas costillas,
a una distancia prudente;
quedando los rezagados en evidencia
cuando eran pillados, sin clemencia.

 

Oh, sano sudor con sabor a espiga
para hoz en mano que la bendiga,
a ras del surco con maña segadas;
lagunas del sembrado como riadas,
en el aire plagado de metralla ardiente,
implorando un viento en cabestrillo
que paliara del sol su fuerte brillo,
entre lomas de espigas agitando su frente;
tiesos, quietos los pajizos guillotinados,
en empalizadas de surcos encrestados,
cañotes quebradizos bajo los pies
cual procesión de volcados ciempiés
dominando de los surcos las lomeras
de enfiladas e inútiles fronteras.

 

Tallos descabezados, pajizas de huecos ojos,
impávidos al aleteo de la brisa que acaricia,
de la tierra futuro pasto, los rastrojos;
su barba de varios días es la noticia,
de quedar sin labrar, en barbecho;
rascatripas de liebres y conejos,
alimento de ovejas al acecho,
arrancados a punta de rejos.

 

La siembra, cuando no era tiempo de barbecho,
era trabajo para hombres con experiencia;
que, con esportilla de esparto y pelo en pecho,
a puñados de semillas rogaban la herencia.

 

Previamente, a conciencia, se labró el terreno,
con surcos rectos, librándolo de los gasones,
destripando los terrones que supusieran freno
a los futuros brotes de tan ansiados dones.

 

Se peinaban, pues, de la parcela los mechones
para que resultara atractiva a la lluvia
y salivara el lecho de la espiga rubia;
inundando de humedad vital a borbotones
las nubes viajeras en estado de celo,
cubriendo los surcos con su líquido velo,
rectos canales que lo sorbían sin queja;
fallo del tribunal de aguas, en bandeja,
en tiempo oportuno no siempre dictado,
con la consiguiente merma en la cosecha,
esquiva fortuna burlando al dado,
entrando la mala suerte en sospecha.

 

Las condiciones climáticas daban las cartas,
que no siempre tapaban del granero la brecha,
por cuyas desdichas andaban las gentes hartas,
temiendo que del cielo se prendiera la mecha.

 

El hombre prudente, en tiempos de bonanza,
para hacer frente a posibles vacas flacas,
reservaba de grano provisión de fianza,
que el hambre no siempre saldaban las facas.

 

Se modelaban mortales de acero,
el turno solar en las espaldas,
desde el alba al ocaso plañidero,
que brindaba albergue entre sus haldas;
eran hombres que cargaban sacos
conteniendo sus buenos cien kilos,
sin queja alguna ni arrumacos,
bien musculados, como castillos,
como cañas de bambú los huesos;
sus hijos frutos obtenidos a pulso,
sin impresora 3D en los procesos,
con la vertedera tomando impulso;
bravos hombres del campo, multitarea,
con sandalias de hebilla o de correa.

* * *

En verano renacía la curva daga,
con la siega familiar en sus deberes,
acudiendo grandes y chicos, como plaga,
sin dejar en el olvido a las mujeres.

 

La consorte, si se quedaba en casa,
preparaba el alimento, fuerza viva,
con que calmar el hambre, no escasa,
que agua no faltaba, en garrafas cautiva,
y botijos, fresca y cristalina,
como para quitarse el sombrero,
de recia paja, materia prima
de la siega, a coste sin pero;
artículo de gran estima
por su fibra extraordinaria,
que cubría al rico y al paria.

 

En los campos ardientes de estío,
donde el sol se alzaba con ardor,
toda la familia, como un río,
en la siega aportaba su sudor.

 

En aquellos duros tiempos, a punto el cereal,
toda la familia participaba en la cosecha,
como un reguero de hormigas, siempre puntual.

 

Juntos todos, en el surco abriendo brecha,
recolectaban espigas en mar de tallos,
con las mieses acunadas por la brisa,
insuflando ánimos, aliento de rayos,
mostrando en la boca su mejor sonrisa.

 

No podemos dejar en el olvido
a la que, rascándose el ombligo,
el compás de la recolecta marcaba:
la cigarra, dirigiendo con su batuta
olas de calor, de sus genes esclava,
entregada al arco de su raspa diminuta,
animando los espejismos del ensueño
en cálida atmósfera de ardiente empeño;
abatidas al filo las embravecidas mieses
merced al ritmo imprimido en los reveses
a los remeros bajo las órdenes del timonel,
entre los secos haces dejándose la piel.

 

Algún solitario segador, de poco brillo,
habrá seguido de la cigarra su estribillo,
tras tomarse un buen sorbo de vino,
los efectos sintiendo de la melopea:

 

   "Échate, échate, a la sombra de un pino,
   que yo segaré, sea como sea;
   Échate, échate, bajo la carrasca,
   que yo segaré, rasca que rasca;
   Échate, échate, debajo del olivo,
   que yo segaré, mi buen amigo"

 

Envueltos en su canto de hilos de seda,
iban tejiendo sus capullos de mieses
con orgullo de hormigas cipreses,
cuyas virtudes colocaban en vereda;
pretil en el que apoyaban sus vidas,
alimento esencial en las comidas:
trigos y cebadas, avenas y centenos,
para el auge del hambre perfectos frenos.

 

Había como una hora de descanso al mediodía,
que era un alivio para el cuerpo y el alma;
a la sombra del sol abrasador, se compartía,
con canciones alegres entre boca y palma,
el yantar disponible, con una pinta de vino
o un trago de agua de botijos o botellas,
apoyo de embutidos, queso, lomo, tocino...,
para lengua y estómago sabor a estrellas.

 

A veces, el torrezno estaba rancio
o el chorizo deshecho en trozos,
pero les despertaba del cansancio
y cambiaba sus penas por gozos.

 

En ocasiones, unas simples sopas de ajo,
humildes, pero sustanciosas en la escasez,
eran consideradas como el mejor agasajo,
saciando sus hambres con verdadera fluidez.

 

Los sabores así entrelazados con la cosecha,
avivaban sus corazones, prendidos en la mecha,
sin que los domingos detuvieran su labor;
sólo el 18 de julio, por imperativo mayor,
y el veinticinco, día del apóstol Santiago,
venerado en las iglesias, como pago,
fiesta oficial; y el cuatro de agosto,
Santo Domingo, otro día tosco.

 

Segar lo antes posible era vital,
por si estallaba alguna tormenta
que abriese las mieses en canal
y quedase vacía la mano abierta,
sin rastro de la ansiada cosecha.

 

Un solo viento podía causar estragos,
aunque la vecindad que la mano estrecha
ayudase a paliar tan malos tragos.

 

Eran tiempos de buena vecindad:
el que primero terminaba la siega
ayudaba a su vecino o familiar,
sin ninguna restricción o pega.

 

Mientras segaban y acarreaban en familia,
los cantos despertaban ecos del horizonte;
y el vino, que las penurias reconcilia,
las gargantas afinaba, como arroyo de monte;
y así, entre canciones compartidas con tinto,
la tierra se nutría, en su recóndito laberinto,
de las gotas de sus frentes, de sus ardores.

 

Entre surco y surco, los segadores
entonaban canciones ancestrales,
populares, anónimas en su mayoría,
compartidas en graciosa melodía,
oralmente transmitidas, sin postales;
y, entre canto y canto, un sorbo a la bota
que pasaba de boca en boca, entre los trigales,
entre verso y verso derramando alguna gota,
aliviando del calor del segador sus males.

 

Al tiempo, iban haciendo gavillas
con cada brazada segada del cereal,
futuro material para las trillas;
y juntando tres gavillas del trigal,
con sogas atándolas, hacían los haces,
que iban echando a un lado de la fila
para recoger después, hechas las paces,
y formar la mostela para el acarreo;
y otra labor, por mucho, más tranquila,
consistente en liberar al trigo reo,
que con ayuda del viento se baraja.

 

Granos en corto, alejada la paja,
ambos para alimento y futuro abono,
ciclo ancestral que unía corazones;
mucho más en ausencia de patrono,
por muchas y consabidas razones.

 

Extendida la parva, los trillos surcaban las eras
sobre las espigas en derrama dando vueltas,
arrancando los granos de sus trincheras,
las secas pajas dejando absueltas.

 

Después, levantado el aire necesario,
con el bieldo iban arrojando la parva,
hacia lo alto, como gallina que escarba,
el rastro diseminando en el escenario
tras una generosa lluvia de grano,
merced a su carácter menos liviano,
entre la ventisca de las pajas,
huidizas, del viento entre sus cajas;
de modo que, el grano, más pesado,
quedaba próximo; la paja iba más lejos,
separándose ambos sin mayor altercado,
recogidos con palas y buenos reflejos:
el grano para moler metiendo en sacos
con destino al molino de brazos flacos.

 

En ocasiones el viento, más que ayudar,
si era muy fuerte, se llevaba trigo y paja,
de no haber protegido la parva con faja;
sin que las hoces pudiesen el aire cortar,
con el consiguiente perjuicio familiar,
privación causando en el hogar humilde
de exigua tierra y escaso en la linde.

 

El acarreo de la paja, pesado y constante,
trabajo preciso, con la horca de ayuda
para guardar en pajar, sobre la cuadra,
a la sombra; siendo comida fascinante
mezclada con cebada, apta comida cruda
para bestias de carga, oveja y cabra,
a las que también servía de lecho,
acabando en estiércol su provecho.

 

Los menos pudientes, con tierra escasa,
o nula, de mayal y cuenco echaban mano
para despajar las mieses en su casa
y obtener la harina, chino chano.

 

Cada surco segado, de la tierra era verso,
gavillas formando, dando abrazos al cereal,
tejidas con hilos de buena vecindad;
danza de la cosecha, siega del universo,
la tierra y el sudor forjaron la vida,
con trilla y acarreo, sin gente dormida.

* * *

En concluyendo la justiciera siega,
comenzaba el acarreo de los haces,
cuyo grano se mediría en la fanega,
llevados a la era de los desguaces
con ayuda de carros tirados por mulos
o cargados sobre sus mismos lomos,
antes de que llegasen los nulos
o pasto fuesen de los palomos.

 

Previo al acarreo y al soplo de la brisa,
había que compactar la era de pan trillar
pasándole el rulo hasta dejarla lisa,
apta para jugar partida de billar.

 

Lo normal era, en esta fase de la labor,
que se acarrease la mies de cada día,
la que se pensaba trillar, en el frescor
del alba, anticipando su letanía.

 

Los agosteros, los que trabajaban las eras,
madrugaban mucho para acarrear la mies
sin sus carnes sufrir del sol las flojeras;
dos viajes por par de mulas con arnés
servían de pan diario para la trilla
con algún niño sobre exigua silla.

 

Acabada la siega, se procedía al acarreo,
llevando los haces a lomos de macho;
pero usaban carros y galeras con contoneo,
si los había en la casa, para el despacho
a las eras del pueblo, en las orillas,
con un armazón interior, el miriñaque,
ampliación lateral de las costillas,
con mulos blancos y negros para el escaque,
fijado sobre los varales de la galera,
sobresaliendo del ancho unos dos haces.

 

Precisaba la carga experto de primera,
que, arropándola en artilugios tan audaces,
como los perendengues y el miriñaque,
llegara sin percance, con semejante lastre,
sin desbaratarse su adecuado empaque,
por los escollos del camino sin desastre.

 

Para el transporte sin sobresalto,
se amarraban los haces con cordetas,
cargados con horcas de palo alto
de dos largos dientes como saetas.

 

Con la horca, manejada en tierra por gañán,
se iban cargando en la galera los haces
que otro recogía y colocaba sin chaflán,
la mostela hilvanando en dignas fases.

 

Depositarlos en alto, al inicio,
descansado y con la galera vacia,
era tarea fácil, de cómodo oficio;
pero conforme en la carga se ascendía
el cansancio y la altura hacían mella.

 

Primeramente, alrededor de la galera,
se ataban al miriñaque, como a doncella,
haces verticales que ampliaban su cadera:
perendengues, con las espigas hacia abajo,
todos colgantes, adorno de la marisma
más que para sujetar la carga del refajo,
asiento de nuevas capas, bajo prisma;
que, a su vez, iban sujetando al resto,
añadidas como vetas o cercos de haces,
cuidando que las esquinas, por supuesto,
verticales fuesen, de perfectos engarces,
con la mirada hacia adentro las espigas.

 

Al final, se echaban sogas por el lomo,
atadas al miriñaque, seguras ligas,
facilitando un atado con aplomo,
con argollas de madera en los extremos
para permitir un adecuado apriete,
dándole mayor consistencia al flete
y que no se cimbrease, cuanto menos.

 

"A más no poder" cargada la galera,
comenzaba la tarea más peligrosa:
la del transporte de la mies a la era
con dos bestias de tiro, a cual más briosa.

 

Debido a los accidentes del camino,
más de una se volcó, de naipes castillo.

 

Ya en la era, extendían la mies con tino,
formando la hacina en un recto pasillo,
era adelante, con horcas de madera
de las de cuatro o cinco nogales dientes
que de excelente amplio mango se asiera
para mejor manejo por los sirvientes.

 

Desatada luego, formaban la parva,
esparciéndola en sentido circular,
unos haces sobre otros, a mansalva,
las espigas hacia el centro del collar,
por si llovía que no se mojasen mucho;
y a trillar y aventar el personal ducho.

 

Supuso la invención del útil trillo
el más importante invento que hubo
antes de la mecanización sin yugo;
armado con perdernal, como colmillo,
densamente encajado en su base,
armazón unido por gruesos tablones,
con su frontal curvado en envase,
hacia arriba, alivio de fricciones.

 

Las mieses, como dicho dijera,
eran extendidas minuciosamente,
en amplio abanico, en esfera,
dejándolas el tiempo suficiente
para que el sol sellara su tueste;
facilitando la labor de la trilla,
convertido el grano en ecuestre,
saltando espigas de la almohadilla.

 

Las mieses rendidas en el suelo,
se calentaban del sol en su cama,
lamiendo sus rayos venidos en vuelo,
que sus granos tostaban con su llama,
aliviando la dura labor de la trilla
al frotar sobre la parva su tablilla.

 

Después del almuerzo, los agosteros
uncían las mulas al trillo fiel
y comenzaban los eternos esmeros
de arrancar los granos en tropel
de las mieses rendidas a sus pies,
monótono circular del afilado pavés.

 

Mulas al trillo, peso en el tajo,
el trillique de guía, labor dura,
pequeño todavía para segar, el majo,
labor mucho más dura, la locura.

 

De no ser un rapaz, era una mujer
la que al trillo sumaba su peso,
en silla o sobre mulas, de crupier,
a las que guiaba su brazo tieso,
a las riendas asido su embeleso.

 

De la tierra brotaron las espigas
que sol y viento traducirían en pan,
siendo el trillo instructor de migas,
separador de grano y paja, con afán.

 

Apartar el grano de la paja era trillar;
con distintos métodos, según tiempo y lugar:
golpeando las gavillas del cereal, el más viejo,
contra piedras majaderas, pesado cortejo;
o por medio de una tabla, tarugo majadero;
o pasándoles el trillo, con pedernal certero;
o, actualmente, con una máquina trilladora
que obtiene el grano mientras siega, sin demora,
al tiempo empaquetando alpacas de paja,
remitidas al suelo en su mortaja.

 

Cuando de escasa entidad era la cosecha,
con las dos manos bien sujetas las gavillas,
se sacudían sobre el majar, abriendo brecha,
plañendo granos las espigas por sus mejillas.

 

Manojos sujetos por el bálago, sus tallos,
desgranaban libres sus preciadas semillas,
rodando sueltas como relámpagos y rayos.

 

La trilla ancestral, corazón de la tierra,
grano y paja separando, ciclos de sol ardiente,
con el sudor pegado en la frente,
sobre cuyos recuerdos se aferra;
contra majaderas golpeando las gavillas,
chispeantes sus tamos como cuchillas;
o a golpes de tarugos, en sus muescas los secretos
de pasadas cosechas, en las manos bien sujetos.

 

Más antiguamente, con las caballerías,
se soltaban las semillas de sus encías
y se quebrantaban las pajas sin temor,
bajo su constante pisoteo demoledor.

 

También se usaba el mayal, sencillo apero,
maza enérgica, con el mango de madera,
para cosechas para poco puchero,
bordando de la indigencia la frontera.

 

Era un palo largo y fino atado a una maza,
también de madera, más corta y estrecha;
eficaz artilugio, de exquisita traza,
para golpear los haces de la cosecha
hasta separar la semilla del tallo,
las extensas manos exhibiendo callo.

 

Era, pues, un apero humilde, el mayal,
de jornaleros y pobres sin caballo,
sin trillo, sin carro, sin abyecto metal.

 

Era, junto con el palo de majar,
instrumento de cultivadores modestos,
furtivos en campos de segado mar,
de espigadoras en busca de restos,
resguardados sus granos en alacena.

 

Los más acomodados iban sin pena,
con el trillo llenando prietos cestos;
elaborado de amplia plancha de madera,
a rebosar de pedernal incrustado,
cortante su base, sobre parva en espera;
casi todos con lascas de sílex tallado,
su frente en curva alzada, como trineo.

 

Lo arrastraban caballerías o bueyes,
sobre las parvas extendidas, muelles,
en las eras, de las cuales era reo.

 

Plancha de madera, noble y robusta,
con piedrecillas de sílex, lascas,
con filo ancestral, de proporción justa,
cargadas de chispas de borrascas.

 

Cortaban la paja las cuchillas del trillo,
y la esparcían, prietas uñas de martillo,
con la frente curvada, todavía lo veo,
susurrando sobre la parva su deseo,
destilándola su lecho cortante,
de piedra lasca sus dientes;
como con pinzas de bogavante
desgranando sus simientes;
desvirgándola grano a grano
hasta dejarla en bronco tallo,
en los calores del verano;
con poca pausa, sin desmayo.

 

Tal vez, algún molar se mellara,
en el ajetreo, resistente la parva,
¡con tanta espiga dando la cara!,
granos bajo el fuerte filo malva;
sin que representara problema alguno
que soltase el pedernal fortuita chispa
de escaso voltaje en la sombría brisca,
que a más no iba, el fuego en ayuno.

 

A su paso, quedaban sueltas las cinchas del grano
por el vapuleo del trillo; fuera trigo,
cebada, avena o centeno el mártir liviano
que quedaba desahuciado de su abrigo.

 

Cuando la mies calcaba bajo el seco sol de brasa
y los granos de las espigas prometían su masa,
en el aire danzando como grillo en hazilla,
con horcas o ganchos se volteaba la trilla,
acoplados sobre la popa del trillo
como el que da la vuelta a la tortilla,
con toda la parva girando en corrillo,
como saeta de reloj despistando las horas.

 

Lo de volver la trilla y recoger las orillas
se repetía hasta desgranar las espigas señoras,
entregando las pajas al viento sus costillas,
con malabarismos sus microscópicas pajillas,
instante de la separación de paja y grano,
divorcio para la respiración insano,
última fase de la cosecha del cereal;
la paja a su cumbre y el grano al costal,
con el viento de juez de la mies trillada,
rehusando sus brazos la carga pesada,
efectuando el grano un viaje corto,
siendo el de la paja verdadero exhorto,
de la parva fugitiva batiendo sus alas,
para acabar formando parte de las balas
tras ser recogida con horcas y palas.

 

Ablentar, cuestión de peso para el aire juez
que sentenciaba sin mostrar su sensata tez,
usando por balanza de sus brazos la brisa;
por tasa, de la paja tamizada, su sisa.

 

Ventearon las parvas susurros al viento,
hasta llegar las máquinas modernas
hadas mecánicas, portentoso invento
que dejó la siega en baile de piernas.

 

Una vez de briznas limpio el trigo,
se introducía en costales protectores
y transportaba a graneros, al abrigo,
o se llevaba al molino a batir tambores;
donde, movidas sus aspas por don resopla,
transformábase en harina, base del pan,
entre crujidos cantando su eterna copla,
a cambio de una parte del grano de Adán.

 

Celemín, almud y fanega, palabras clave
en el idioma del cereal, para compra y venta;
a tanto el celemín, a tanto el almud afable,
y la fanega, que doce celemines cuenta.

 

Los sacos de harina trocaban los hornos
por vales de panes de redondos contornos,
en muchos pueblos moneda de cambio,
sin sufrir de la inflación escarnio;
conmutables por alargadas libretas,
bocadillos para tortillas discretas.

 

Eran panes redondos, como de a kilo,
amasados a mano, de rústico estilo,
mota a mota del trigo molido,
bordados con harina, pan comido.

 

En algunos hogares cocían su propio pan
en pequeños hornos alimentados con leña,
de piedra o adobe, a imitación del volcán;
en la labor de trasiego una pala risueña.

 

En atrojes se guardaba el otro cereal,
para bestias de hocico y aves de corral
de pluma y pico: cebada, centeno y avena;
mezclado con paja, forraje para la cena
de los que con la cola espantan moscas;
escoltando empapado pan de roscas
para los del cacareo que resuena.

 

La liviana paja enviudada, mientras tanto,
en carros o mulos provistos de redes,
se almacenaba en pajares, sin quebranto,
refugio de lluvias, entre cuatro paredes,
junto a las horcas de hierro y de madera;
introducida por su solitaria ventana
con apariencia de puerta, sin escalera,
a buen recaudo en la cámara guardiana;
bien compactada y apretada por niños,
los rostros cubiertos con pañuelos
para no respirar sus hilos dañinos
que en sus ojos evocaban duelos.

 

Servía de cama y maná de animales y ganado,
vertida desde el suelo de los pajares
sobre cuadras y corrales en punto adecuado,
diluviado en crestas, cual olas de mares.

 

Mezclada con cebada, excelente forraje
para los animales de cuatro patas
que cargaban con vertedera y carruaje;
pienso del ganado, privado de sus catas,
cuando el mal tiempo dictaba su lenguaje.

* * *

Con sudor y esfuerzo, con horcas y trillos,
se desgranaba la mies, se separaba la paja,
vueltas dando, ablentando, prietos nudillos;
pasos dando hacia el pan de los colmillos,
con paciencia obtenido, migaja a migaja.

 

La parva se alzaba como un monumento
a la labor de los hombres del campo,
apoyados por el aire, vivo aliento
de suspiros de monótono canto.

 

Así se hacía el pan, así lo cuenta la historia
de generaciones que trabajaron duro,
que no podemos desterrar de la memoria;
sin cosecha cierta ni alimento seguro,
a expensas de la atmósfera voluble,
un problema, del campo, insoluble.

 

Con el tiempo, la mecánica impuso su ley
jubilando los trabajos de mula y buey;
mas, el trillo siguió tejiendo sus devaneos
hasta acabar sus días en históricos museos.

 

El recuerdo de la trilla manual, fiel a su esencia,
persiste, tejido en el tiempo, como hilo dorado
de labor inmortal, dicten los tiempos sentencia,
que unió manos, sudor y cosechas, rico legado.

 

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LOA AL CENTENO
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En campos radiantes se mece el centeno,
baile de espigas al viento rendidas
en mar de granos bajo un sol pleno;
en la tierra firme suturando heridas
en permuta por su arraigo sereno.

 

Susurran sus hojas historias de antaño
en tierras lejanas, de cultivos sin regaño,
donde el hombre y la tierra, en un lazo,
unieron sus destinos al largo plazo.

 

El centeno humilde, pero fuerte y sano,
resiste las heladas, desafía las escarchas;
en el norte se alza, en el sur, soberano;
del pueblo alimenta las espaldas anchas.

 

En su grano se esconde, no solo alimento
sino un legado de vida, cultura y sustento,
que desde antiguo, hasta el presente,
ha sido compañero del hombre, cliente.

 

Con su apreciado grano se elabora harina
con la que se cuece el pan de centeno,
alimento básico que el hambre fulmina
por su origen rubio tornado en moreno.

 

Es un alimento nutritivo, rico en fibra,
bajo en grasa, provechoso para la salud,
que de enfermedades cardiovasculares libra
y el azúcar en sangre regula, su virtud.

 

Por su sabor y propiedades saludables,
se valora el centeno como muy valioso
en la dieta moderna de lucha de sables
de industria contra salud, negocio penoso.

 

Conservado en sueños de tono alegre,
el centeno fermenta alocada fiebre,
que destila a gotas en el alambique,
produciendo vodka y whisky de buen pique.

 

En muchos puntos el centeno salda en positivo,
excepto cuando lo cabalga el cornezuelo,
hongo parásito en su ovario, usado de estribo,
gestando alucinaciones, escoba en vuelo.

 

Por lo demás, ¡te alabamos centeno!,
porque en la boca tu espiga dorada
se hace migas, como pan moreno,
bocadillo sabroso que agrada
con acertado y jugoso relleno.

 

Del centeno surcando sus mares
revolotea el viento sus espigas,
peinando sus cabellos malabares
suaves plumeros en manos aurigas,
en un vaivén de galopes azares.

 

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A LA AVENA
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En el albor de la aurora, susurraba en el campo la avena,
con sus granos de oro, de la tierra acaudalado tesoro;
avena sativa, noble dama gramínea de virtudes plena,
que en su verde cuna, bajo sol y luna, crece a coro.

 

Sus hojas como lanzas defienden su tallo,
y en panículas florece, donde la vida aparece
en espigas que abrazan, el viento a caballo.

 

Cariópside su fruto es, duro y astuto,
en el desayuno o la cena presente,
amiga que alegre entrega su tributo,
con su aporte absoluto, diente por diente,
de beneficio en salud, no diminuto.

 

El insomnio reduce, los nervios sujeta,
en la desnutrición ayuda, la digestión favorece;
bálsamo para cuerpo y mente, su dieta;
cereal completo, que en los campos se crece.

 

Perfecto forraje para vacuno y ovino,
con delicia rumiado en su boca-remolino.

 

Avena que de colmena de espigas brota,
dorado océano en que la brisa interpreta
sus aires de salón, en sol mayor la nota;
alimento que busca en la virtud su meta.

 

Avena, hija que a la tierra se encadena
y con sus raíces amorosas la desposa,
en cuyo seno crece alegre y vigorosa,
gozando del llanto de nubes en pena,
compadecidas sus compuertas vaporosas
por su sencillo galanteo ante las diosas;
que con tres amantes forja su fruto,
entre fluidos remolinos de cortejo
sobre los que fecunda su macuto,
tomando la luz del sol como consejo;
con sus flores en parejas, entre glumas,
brotadas de las espiguillas, como plumas
de diminutas blancas golondrinas,
su vuelo detenido entre cortinas
de péndulas dispersas sin esquinas.

 

Holgadas espiguillas, de avenas asidero,
aristocrático columpio de amplio vaivén
en cuyos brazos se acuna el cereal sincero,
agradeciendo su apoyo al delicado sostén;
sin nada que objetar, engendrado en su cubil,
por florecer en vela tan endeble y sutil.

 

Ramificados tallos en múltiples espiguillas,
de pares de granos cobijo, juntas sus mejillas,
con inclinaciones náufragas por dote
mantenidas siempre a flote;
semilla que cuando grana,
descendente filigrana,
sobre la tierra se derrama,
hincando su ancla soberana
en subvencionado aterrizaje;
tendiendo los hilos de su herraje
sobre sus carnes con linaje
para envolverse con su traje.

 

Así canta el poeta a la avena, versos de amor,
porque en su simpleza halla la vida su sabor;
y en cada grano su propia historia, esclava,
fortalecido al sol y al viento que lo amaba.

 

(c) 2024 Diego Tórtola Descalzo


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