EL RÍO CABRIEL FRONTERIZO

El Cabriel




EL RÍO CABRIEL

LA FLORA DEL CABRIEL

LA FAUNA DEL CABRIEL

LOS PUENTES DEL CABRIEL

LAS PRESAS DEL CABRIEL


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EL RÍO CABRIEL (ENSAYO)
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-1851-
A partir de este año, del Cabriel
se trazan límites con pincel
entre la Comunidad Valenciana
y Castilla-La Mancha soberana.

 

-1878-
Don Antonio Martorell manifiesta del Cabriel:

 

-"**Su pintoresco y accidentado valle clavel
**impregna la vista de bellezas naturales
**para el espectador, de incomparables umbrales;
**con imponentes murallones prestando avales
**a colosales elevaciones verticales,
**conteniendo frondosísimos bosques vitales,
**legado de los pasados siglos ancestrales,
**grandes promotores de vistosísimos saltos;
**rosarios de cascadas de líquidos asfaltos,
**con sus irisados y cambiantes destellos,
**cuyas maravillas cronifican sus resuellos
**eternos y ondulantes; serpiente que arrastra
**por su carril líquida plata, pura y casta,
**con la que al Júcar murmurando tributa
**estando disconforme con la minuta."

 

***

 

Previo al embalse de Contreras,
en Las Chorreras de Enguídanos,
desciende el Cabriel las laderas
despedazando los hígados,
volcadas sus aguas pendiente abajo
al encuentro del mar, en pos de atajo,
de manera impetuosa, no menos;
excavando pozas, cascadas y saltos,
con rampas de vértigos amenos,
esculpidas durante siglos de asaltos;
sin saber que no se acunará en sus olas
al borrarse su nombre de las estolas,
por mucho que se prodigue en sus cabriolas.

 

Por estos rápidos, el agua en trapío
genera calcita en el fondo del río,
de tan delicada y frágil esencia
que el roce de pisadas la evidencia
y quebranta, como flor marchita,
antes de alcanzar amor y cita.

 

Agraciada calcita, sin apremios,
petrificadora de troncos y gremios
de los musgos y plantas de espora,
que desde la presa de Villora,
besando los pies del Guadazaón,
son frecuentes en su lecho y salón.

 

Desde el embalse de Contreras
hasta las laderas de Cofrentes,
se dulcifican sus banderas,
observando el paisaje con lentes;
discurriendo el Cabriel al natural,
con excelentes aguas de cristal
atravesando abruptos paisajes
de continuas rectas y virajes
que dibujan un valioso ecosistema,
natural tesoro, auténtico poema,
con hábitats únicos entre riscos,
con bosques de ribereños apriscos
-destacando el sauce, el tamariz y el chopo-
y zonas fluviales con resopón en tropo,
cinceladas por escultor de ingenios
cuyo bisel traspasa milenios.

 

Las aguas turquesas del río Cabriel
serpentean como abejas de hidromiel,
elaborando angostos meandros su cincel,
encajados en la abrupta orografía,
ejerciendo de frontera y de vía
en su camino de absorción por el Júcar,
café que tragará su terrón de azúcar.

 

De cascabel serpiente, en su roce,
con sinuoso y descarnado desbroce
de tobas, cárcavas y cascadas;
retando paredes escarpadas,
farallones y cuchillos rocosos
de su constitución muy orgullosos;
guerrilleras aguas en escabroso recorrido,
en mil pedazos rotas, remendadas sin quejido.

 

El Cabriel, en su tramo de las Hoces,
ha tallado bravas hoyas feroces
en profundos y abruptos cañones,
conservadas con todos sus dones;
con encaje profundo en la meseta
de verticales paredes inquieta,
sobre sí, de difícil acceso;
mas, no por ello se encuentra preso,
por mucho que encañonado se halle
en las riberas angostas del talle
por la Hoz del Rabo de la Sartén
que voltea sus aguas con vaivén,
y las hoces de Vicente y Purgatorio
que le dedican cumplido repertorio
desde sus altos miradores con vista
que a sus límpidas aguas pasan revista;
espectáculo geológico único
de cualquier estación y loable público.

 

Y no olvidemos la Hoz de la Fonseca
que pone sus huevos estando llueca.

 

Se luce el río entre tantas pendientes,
enamorando a las peñas pretendientes;
rememorando sus juergas con la roca,
entre cuyas rampas rompe el agua loca
con rumores de remolinos y espuma,
saltos dando que favorecen la bruma
escuadrones de contorsionistas gotas,
ondas formando de rumorosas notas
con tendencia a torcerse, sin ortopedia,
pues a mano tiene el cuchillo en la media,
y las hoces sobre cuellos de garganta
donde se detiene el grito que amamanta.

 

En los puentes hundidos talla sus muescas
en pétreas hendiduras de ávidas yescas,
en cuyas inclinaciones salta y brinca,
pero en contadas ocasiones se afinca.

 

A veces, el agua discurre cantarina,
pintando lechos de guijarros sin espina,
sin que sus aparentes remansos vicie,
formando espejos en la superficie,
exposición de acristaladas vitrinas,
un deleite para extasiadas retinas,
en las que se miran las altas gradas
con las emociones descontroladas.

 

En las laderas verticales con barba
abundan numerosos paños con calva,
allá donde no medra vegetación,
en abruptos desniveles sin balcón.

 

Entre las continuas revueltas del río,
como a medio metro de altura, sombrío,
se halla un ventanal con rejas, en vacío,
de estalactitas forjados sus trabes,
en cuyo interior cuelgan sumisas llaves
del mítico tesoro de la media luna,
en investigación cerradura y fortuna.

 

Es un entorno de pinos y carrascas,
acorralados por matojos y lascas,
reprieto de quejigos, espartos y jaras,
romeros y lentiscos de recias mamparas;
y no faltan madroños, bojes, sabinas y robles
desafiando pendientes sus ramas triples y dobles,
que van jalonando el terreno periférico,
tan variado en especies de porte quimérico,
oculto por la vegetación ribereña
y por los troncos monumentales de leña
de los árboles desgajados, sus calesas,
tendidos en la tierra con las ramas tiesas.

 

Para nutrias... su terreno favorito;
moscas y mosquitos... ¡lo que no está escrito!;
verdadero paraíso de salamanquesas,
cuyo espacio protegido las conserva ilesas.

 

Las formaciones geológicas más notables
en la Sierra de los Cuchillos sacan sables;
estructuras rocosas de tectónicos procesos
y erosiones fascinantes de pesados pesos.

 

La referencia al nombre de cuchillos
es debida a sus puntiagudos trillos,
como puñales que de la tierra brotan,
intentando ensartar el cielo en que flotan,
rebanado al filo de la dura caliza,
disipando las nubes de color ceniza;
cuando no se convierten en nubes nodriza,
atrayendo las más feroces tormentas
con rugido de truenos de trazas violentas,
avisando de un aguacero bien remojado:
-¡El afilador... el afilador ha llegado...!,
-¡El afilador... ha llegado el afilador...!
El cual a destajo trabaja sin temor,
haciendo relampaguear las chispas
de sus muelas afilando aristas.

 

De águilas, buitres y halcones peregrinos,
en las más altas cumbres sus remolinos
en busca de presas con picados centella
sobre la Torre Cabriel, el Diedro Botella
y el Torreón de la Moneda plebeya,
al acecho de animal que resuella.

 

El color turquesa del río contrasta
con los tonos de cobre y rojos con casta
de la roca sumergida en baños de sol,
de conciertos vespertinos en si bemol.

 

Su espacio natural protegido incluye,
además de sus riberas, por las que fluye,
una red hidrográfica que lo enriquece,
con sus afluentes sumando más de trece:

 

De Villargordo del Cabriel, dos devengo:
rambla Canalejas, barranco Moluengo.

 

De Venta del Moro, hasta cinco en resguardo:
barranco del Moro y barranco Lombardo;
el del Tollo Guisopo y peñon Hundido;
la rambla, además, del Boquerón vendido.

 

De la deslumbrante Requena primorosa:
rambla de Alcantarilla y rambla de Albosa,
rambla de los Duques y rambla Carretera,
la rambla de los Morenos de la frontera,
la rambla del Caballero monocular
y las salinas de Hórtola y Saladar.

 

Un gran conjunto de ramblas y barrancos,
salobrales y tollos con buenos charcos;
aunque lo de protegido queda en duda
ante ciertas acciones de gente lanuda
que concede favores al poderoso,
quedando el amparo en rótulo oneroso.

 

Existe evidencia en esta tierra salvaje
de expoliadores vestidos en rico traje,
que la aprovechan y exprimen a su antojo,
ocupando las reservas sin sonrojo,
excelentes zonas protegidas del entorno;
en acto fraudulento que es causa de bochorno.

 

Un turismo respetuoso no se fomenta así,
cortando los sabrosos trozos con el bisturí.

 

Es Reserva Natural, en la parte manchega,
con bastantes barrancos para la buena friega;
como el del Roble y Cueva de la Higuera,
el del Puerco y Canalejas con solera,
el de la Zúa, el de la Sepulturilla,
el de Requena y la Campiñana chiquilla;
importantes ramblas, como la de los Sorias,
los Melchores, el Calderón de las zanahorias,
la del Ratón, la de Gurrafe, la del Piloncillo,
la de las Caleras y la Huerta Calá, chiquillo;
arroyos como el de la Aldea, los Agudillos
y el de las Parideras de los caracolillos,
además del conocido Toyo de la Tortuga.

 

Y al calor de los cauces, norias y azudes sin fuga,
molinos, acequias excavadas en la roca,
centrales de luz, puentes y batanes con boca
por cuyos toboganes se deslizan felices
chorros de agua convertidos en fuerzas motrices.

 

Multitud de meandros se forman en esta zona,
como de nidos de culebras de hambre glotona;
dando vueltas y vueltas tan singular patrona;
destacando para el cultivo los colmatados,
con nutritivos sedimentos harto calzados
(en Los Cárceles, El Torrejón y La Zúa),
desbordados de cactus y plantas de púa.

 

Llegaba feliz y contento, sin complejo,
tras enhebrar el ojo del Vadocañejo
-que completaba entero su irisado espejo-,
al triplete de Los Cárceles burlando,
al del Santa Bárbara juncos restando;
traspuestas la Hoces del Tete y El Retorno
entre La Terrera y Villatoya, sin transbordo;
y, calmado, lamiendo Cilanco y sus Casas,
repartiendo en sus campos importantes tasas.

 

En la siguiente estación abandona Albacete,
en las Casas del Río abonando el billete;
advertido allí de la peligrosa noria,
secuestradora de las aguas de victoria.

 

Llegado de pastorear por meandros acaudalados,
los de Cofrentes le son al 'CAbelín' despiadados;
aun ramoneando sin prisa sus torcidos renglones,
sus proféticos epitafios le advierten traiciones,
cumplidas lejos de las faldas del castillo,
tras cruzar el puente de Hierro del martillo,
sin que pueda atrincherarse en sus remansos
con sus heridas aguas de pechos mansos,
directo al matadero de muerte a cuchillo
por flujos que requisan su espléndido botín,
siendo blanco de los Cañones del 'Ju-Caín',
que se ceban en su presa, triste y afligida,
su nombre ajusticiando sin que nadie lo impida,
el de Jucarillos, hermano sin capital,
crecido por las 'vaporetas' de la Central.

 

Nacidos de la misma madre Universal,
paridos en sus Montes, de padre distinto:
el Júcar 'Devastador', con la espada al cinto,
en Cuenca, al sur del Cerro de San Felipe,
en los Ojos de Valdeminguete, con flipe;
y el Cabriel en Teruel, Albarracín,
al pie de la Muela de San Juanín,
en los distinguidos Ojos del Cabriel.

 

Cuando a la cara se miran, ¡adiós miel!:
a manos del otro perece el uno,
el bondadoso por causa del tuno.

 

Baja bailando el río con espuma en la boca,
con espuma efervescente que lava y aboca,
con chorros que translucen aguas de lustre
que modelan su lecho como el palustre.

 

¿Qué sabemos del agua, y de sus engranajes,
del ánsia de escribir con las olas sus mensajes,
de acariciar las arenas y las rocas,
los acantilados y playas sin ocas?

 

Idílico remanso, si oca hubiera o ganso,
donde deslizar su cuerpo acuático y manso.

 

-1142-
En el Fuero del Señorío de Molina,
concedido por Manrique de Lara,
se señala al "Cabriel”, río al que adoctrina,
como uno de los lindes de su vara.

 

-1240-
En los Fueros del Reino de Valencia
se denomina “Cabriol” a conciencia.

 

-1244-
En el Tratado de Almizrra, escrito en latín,
vemos al “Cabriel” delimitando su confín.

 

-1244/1274-
En la Crónica del rey Jaume Primer
se llama “Cabrivol" al lecho sin somier.

 

-1546-
En acta de amojonamiento, en papel,
al río se le denomina “Cabriguel”.

 

-1554-
Consta “Cabrinel” en la toponimia local,
en referencia alusiva al río de postal.

 


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LA FLORA DEL CABRIEL
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En el rico entorno de las Hoces del Cabriel,
una diversidad vegetal de alto nivel,
con varias enredaderas y trepadoras
contribuyendo a la belleza de las horas,
remarca todo el ecosistema ribereño
y el de las laderas que ascienden con empeño,
compuesto por especies arbóreas diversas,
junto a hierbas y arbustos de ramas tersas;
que de los álamos, chopos, olmos y sauces,
su soporte obtienen, cercanos a los cauces;
tratando todas las especies en disputa
que de los rayos se alimente su batuta.

 

Los aledaños de los márgenes del río,
junto a los del bosque y el roquedal baldío,
combinan con la vegetación de ribera,
creando una variedad que el paisaje revela.

 

Las zonas más umbrosas son de matorral:
cañar, helechos, angiospermas y juncal;
hábitat confortable para enredaderas,
del denso sotobosque las más lisonjeras.

 

En las laderas escarpadas echa el ancla
la flora rupícola, con calzas de chancla.

 

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LAS ESPECIES DE LAS RIBERAS
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EL ÁLAMO BLANCO
Los árboles dominantes de las riberas
son los álamos, agrupados en choperas;
siendo el más abundante de todos el blanco,
considerado en estatura poco manco,
formando densos sotos de plácida sombra
en los que pía feliz la cándida alondra.

 

A las ramas unidas por largos peciolos
sus anchas hojas desplegadas como solos,
ventilando flores laterales colgantes.

 

En poco tiempo desarrolla aires gigantes,
resultando muy resistente al agua su madera,
de diversos usos navales, blanca y ligera.

 

EL ÁLAMO NEGRO
El álamo negro es también de tronco esbelto,
a las grandes alturas no menos resuelto,
pudiendo fácil alcanzar los treinta metros,
en las copas ostentando heredados cetros.

 

A rombos o triángulos semejan sus hojas,
simples, alternas y caducas, sin pintojas.

 

EL FRESNO
Otro árbol, el fresno, típico de ribera;
de abundante altura, con rama en escalera,
el tronco grueso, de corteza cenicienta,
cuyos anillos se ensanchan de forma lenta.

 

Su follaje lo componen sendas hojuelas,
elípticas, como llamas de agudas velas,
con dientes marginales; sus flores pequeñas,
blanquecinas; cortas panojas sus enseñas,
erguidas primero, para acabar colgando.

 

Su fruto es seco, el ala fibrosa al mando.

 

EL OLMO
Ya pocos olmos muestran su estampa robusta,
supervivientes de una enfermedad injusta;
árbol que alcanza los veinte metros de altura,
de tronco fornido y corteza sin cintura,
resquebrajada; con la copa ancha y espesa,
cuyas trasovadas hojas el viento mesa;
por el margen aserradas; áspero el haz,
sin barba; velloso y liso el envés sagaz;
verdes ambas caras. Sus flores son precoces,
de color blanco rojizo, que tientan roces,
dispuestas en hacecillos sobre las ramas.

 

De frutos secos con semilla oval en tramas,
prensada, de ala membranosa por contorno,

 

Buen árbol de sombra y madera para torno.

 

EL SAUCE BLANCO
El sauce blanco también es árbol de cresta,
que hasta los veinte metros a crecer se presta;
con recto tronco grueso, de péndulas ramas.

 

Su embriagadora copa es sombra de retamas,
siendo sus hojas angostas y lanceoladas,
con un margen algo aserrado a las miradas:
verdes por el haz, blanco y peloso el envés,
con flores sin cáliz ni corola cortés,
con articulado sostén en verde fase
que en las orillas del río muestra su clase.

 

EL SAUCE GRIS - SARGA
La sarga o sauce gris, con perfección se adapta
a los suelos mojados, cuya humedad capta,
sea como árbol de fronda, sea como alto arbusto.

 

Sus hojas lanceoladas son de estrecho busto,
con su haz en verde grisáceo y pálido envés,
a menudo con plateados pelos al bies.

 

Sus ramas son flexibles, de colgantes pies.

 

EL SAUCE LLORÓN
Otro de la familia sauce, el llorón,
cuyas hojas descienden en ramas cordón,
con sus verticales sollozos rimbombantes,
de efecto turbulento, bravos y elegantes,
que en caducidad de las hojas se traduce;
lagrimando cuando avista el invierno en cruce.

 

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ARBUSTOS Y ENREDADERAS
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Los Arbustos y enredaderas de ribera,
abundantes son y combinan comoquiera,
los rayos de luz diseñando su bandera.

 

Cortezas de árbol tejen las enredaderas,
proporcionando bufandas organilleras,
vestidos de dulce amor a troncos y ramas,
multiplicando su esquisitez con bellas gamas;
lazos de buena amistad uniendo fronteras.

 

LA ADELFA
La adelfa encontramos en los cálidos tramos
que puede restarle al río, aviesos ramos
de la también conocida por baladre,
laurel de flor, rosa laurel, para que cuadre;
trinitaria y laurel romano, ¡un desmadre!

 

LA CLEMÁTIDE
De propiedad medicinal, la clemátide,
de tallo rojizo, la escalada en trámite
de hoja sarmentosa, opuesta, dentada,
acorazonada, con flor azulada,
violeta o blanca, con un perfume terso;
de estrella forma, con campanilla en verso.

 

LA HIEDRA
La hiedra es una persistente enredadera
que se suelda a rocas y troncos de arboleda,
común en las áreas con humedad sombría.

 

Su hoja se usa para tratar con simpatía
pulmonares afecciones de penca fría.

 

LA MADRESELVA
Varias clases de madreselva trepadora,
conocidas por la fragancia de su flora,
que esparce, en las riberas multicolores
y cercanos bosques, aromas seductores.

 

EL ROSAL SILVESTRE
El rosal silvestre, de sarmentosos tallos
que trepan la vegetación como los rayos,
con especial cariño en los bordes del bosque,
donde al color contribuye flor que se enrosque.

 

LA RUBIA
La rubia, enredadera de ásperas hojas,
con las raíces delgadas, largas y rojas,
usadas de colorante en tintorería;
presente en las zonas de matorral y ría,
y en los bosques aledaños; planta vivaz,
de tallo cuadrado, voluble y eficaz,
de uno a dos metros de longitud aguzada,
con hojas lanceoladas de borde en espada.

 

Sus flores surgen pequeñas y amarillentas
en racimos axilares de holgadas rentas.

 

Carnoso fruto, de oscuridades hambrientas,
con dos semillas que ofrecen salir de cuentas.

 

EL SAUZGATILLO
El sauzgatillo aparece en los frescos sotos
y en las cálidas orillas, del río cotos.

 

Principiado el verano, cuando el calor pesa
y el termómetro sube y trepa, fácil presa
para sus perfumadas y densas espigas,
donde las florecillas hacen buenas migas
en los nudos del tallo floral, ¡vanidades!,
con sus inflorescencias de tonalidades;
que, según la especie, abren un abanico
del blanco al azul violeta, compás zarcico,
pasando por el rosa claro y el lavanda.
pasión de mariposas y abejas en banda,
cuya polinización aseguran cierto
al son de su zumbido de sensual concierto.

 

Su fruto, la drupa, es de sabor pimienta;
y aromático el follaje que la alimenta,
compuesto por hojas de digital decoro,
que con el frío pierde, padeciendo acoro.

 

Sus ramas, tan cimbreantes y flexibles,
si gozan de oportunidad son libres.

 

EL TARAY - TAMARIZ - TAMARISCO
El taray, también llamado tamariz,
es de las orillas un arbusto feliz,
que crece hasta alcanzar varios metros de altura
el mimbre de sus ramas de roja envoltura.

 

De color verde glauco sus hojas pequeñas,
elipses cuyo pedestal abrazan dueñas
con su punta aguda. Son globosas sus flores
en espigas laterales de dos colores:
los pétalos blancos y el cáliz encarnado.

 

El fruto es seco, por tres cápsulas formado;
envasadas en origen sus negras semillas.

 

También llamado tamarisco, cuyas barbillas
fijan el suelo contra la erosión del río;
tarayes se dice en plural, y yo me lío:
varios tarayes forman un tamarigal,
tarayal o tarayar. Y punto final.

 

LA VID SILVESTRE
Excelente enredadera la vid silvestre
que hallamos en bosques de ribera campestre.

 

LA ZARZA - ORTIGA
La zarza, arbusto de tallos sarmentosos,
cuyos cabos se arquean para no ser sosos;
que miden de cuatro a cinco metros de largo,
con aguijones fuertes y ganchos de encargo;
con elípticas hojuelas serradas varias,
cuyo contacto las evidencia urticarias;
lampiño su haz, velludas por el envés.

 

En racimos terminales, flores exprés
de color variable, del blanco al rojo vivo;
produce un fruto comestible y emotivo,
la baya, cuyos lustrosos y negros granos
-zarzamora se dicen- no suelen ser vanos;
semejante a la mora, pero más pequeña.

 

También llamada ortiga, por ampliar la seña;
forma zarzales, setos de espinosa greña.

 

LA ZARZAPARRILLA
La zarzaparrilla, arbusto enredadera,
voluble, que mucho más largos bien quisiera
fueran sus espinosos y delgados tallos.

 

Muy común en los sotobosques aledaños.

 

Es de hojas pecioladas, ásperas y alternas,
acorazonadas, con nervios de galernas.

 

Sus verdes flores, en racimos axilares,
producen rojas bayas muy particulares;
siendo sus raíces de fibrosos andares.

 

LAS HIERBAS
Hierbas que ponen sus plantas en las riberas,
muchas son, todas queriendo ser las primeras:

 

LA CAÑA
La caña es una planta de tallo leñoso,
cuerpo de aliño flexible, hueco y nudoso,
que declara tres o cuatro metros de altura;
de hojas anchas y áspero tacto sin dulzura.

 

Con sutiles flores en ramosas panojas,
que tú, fogosa corriente, surtes y mojas.

 

Cría en las húmedas orillas del río,
formando cañaverales con sumo brío.

 

EL CARRIZO - CAÑAVERA
El carrizo (cañavera), es planta gramínea,
rastrera, de raíz larga, dulce y sanguínea.

 

En dos metros, su tallo alberga hojas planas,
con espigas que son plumeros para ranas.

 

Destaca por su verdor y engullir lo seco
del año anterior, sin dejar resto ni fleco.

 

Son poco visibles, ocultando sus flores
de hojillas y escamas de escondidos rumores.

 

Forma ingentes muchedumbres de hierbas altas
a las que el agua ahoga (o seca por sus faltas).

 

Sol, cuanto más mejor, pues la sombra lo mata.

 

Sus hojas son para forraje como plata;

 

Con sus panojas, de hacer escobas se trata.

 

LA CHAPARRA
Es la chaparra una mata de encina o roble
de muchas ramas, sin altura que la doble.

 

Forma chaparrales de norma casta y noble.

 

LA ANEA
La enea, anea, espadaña, totora
o gladio, es una planta de herbácea flora,
con sus particulares espigas marrones,
muy propia de lugares de palustres dones,
que crece hasta los dos metros de longitud;
tallos cilíndricos sin nudos, por virtud,
que a largas hojas acintadas dan salud.

 

Al extremo del tallo forma inflorescencias
en espiga, de florecitas en secuencias,
reconocibles por su semejanza a un puro,
flores femeninas constituyendo un muro.

 

Las macho son el extremo que sobresale.

 

Pero sus largas hojas son lo que más vale,
estrechas, tenaces y flexibles; muy aptas
para hacer asientos de silla con sus cartas,
y objetos de cestería con pocas faltas.

 

LOS JUNCOS
Se llaman juncos a varias clases de plantas
expertas en los suelos de húmedas gargantas,
incluso charcas. Los juncales su bastión.

 

Sus tallos alcanzan los ochenta del millón:
lisos, cilíndricos, flexibles, puntiagudos;
duros de aspecto por su color verde oscuro;
su interior esponjoso, de blancos embudos.

 

Vainillas delgadas sus hojas sin apuro.

 

En cabezuelas verdosas echa las flores,
cerca del extremo de los tallos señores.

 

Su fruto es capsular con tres ventallas partes,
alojando semillas con buenos encartes.

 

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ESPECIES DE LAS LADERAS
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A medida que la orilla toma distancia
y ascendemos laderas de sana fragancia,
a otro tipo de bosque cambia la arboleda,
más mediterráneo, de sequía moneda,
con ciertos árboles amos de la elegancia:

 

PINOS Y ENCINAS
La encina con el pino une su destino,
pinares y encinares se mezclan con tino,
resultando el pino carrasco el más fecundo
de las laderas, con la encina de segundo.

 

EL QUEJIGO
El quejigo, por su parte, está presente
en las zonas con humedad de buena fuente.

 

Sus poderosas raíces cuidan del suelo,
protector de agentes erosivos su velo.

 

Suele recogerse su copa, poco densa,
con hojas simples y alternas, fortuna inmensa;
de color verde lustroso por el anverso,
más claro por el envés, reverso del verso;
el filo de sus bordes puede ser punzante.

 

Su bellota es fruto de cúpula galante,
de aterciopelado aspecto y grato talante.

 

Suele quejarse de las doce en adelante.

 

LA SABINA ALBAR
En las zonas más elevadas y rocosas
se muestra la sabina albar, reina de diosas.

 

Árbol con la cresta en los diez metros de altura,
de hojas y frutos de mayor envergadura
que los de la escueta sabina, triste y pura;
y más claro el color de su corteza dura.

 

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ESPECIES DEL MONTE SECO
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Otro tipo de arbusto y matorral se yergue
allá donde el agua escasa niega su albergue:

 

LA ALIAGA - AULAGA
La aliaga, también llamada aulaga, es planta
cuya espinosa altura en el metro se implanta.

 

Cuando sus hojas lisas, conclusas en púas,
tiernas están, son para el ganado falúas,
de lo bien que se las comen y entran en saca.

 

Y todo el resto de la planta se machaca
para darlo en pienso, molidas las espinas.

 

Para tentar a los insectos y la urraca,
sus amarillas flores se aprietan de esquinas.

 

EL BOJ
El boj, como arbusto de crecimiento lento,
en zonas frescas y umbrías, progresa al tiento.

 

EL BREZO
Otro arbusto, el brezo, cuya talla alcanza
los dos metros de altura, inscrito está en danza;
es muy ramoso, y sus hojas verticales,
lineales y lampiñas, con flores cordiales
y pequeñas, formando peñas axilares
de maneras blanco-verdosas o rojizas.

 

Su madera es dura, de laboriosas lizas,
para carbón de fragua sus gruesas raíces,
y pipas de fumador para hombres felices.

 

EL ESPINO ALBAR
El espino albar (espino blanco o majuelo),
como arbusto se alza a cinco metros del suelo,
en los ribazos. Una joya de belleza
con follaje lobulado de gran firmeza
perdido al regir la época de ley seca;
el haz de la hoja es verde, de negra mueca;
siendo su envés de una tonalidad más pálida.

 

Arbusto de floración primaveral cálida,
con cinco pétalos por flor, de color blanco,
agrupadas en corimbos de aroma franco.

 

Su fruto es una poma de rojo prodigio,
y su tronco recto madera de litigio,
con corteza gruesa y parda, con ciertas grietas
fuego naranja, y ramas de espinos prietas.

 

Sus extractos, don de su materia densa,
del insomnio y la menopausia son defensa.

 

LA JARA PRINGOSA
La jara pringosa es un arbusto leñoso,
de hasta dos metros de altura, harto precioso,
muy ramificado y con las ramas erectas,
de color pardo rojizo, líneas perfectas,
de ládano impregnadas, como la hojarasca
-ládano pringue, de las boticas potingue-,
que las protege del gorgojo que las masca.

 

Tristes hojuelas, tan alargadas y estrechas,
envainadas al tallo cual si fueran mechas,
endurecidas y soldadas por la base,
con su margen algo envuelto, sin que se pase.

 

El color del haz es verde oscuro, lampiño,
y el envés poblado de pelos, no de armiño.

 

De flores solitarias en punta del tallo,
que muy grandes y vistosas alegran mayo.

 

Sus cuatro pétalos blancos se visten de mancha,
amarilla y pequeña, a modo de cancha;
a veces, con otra purpúrea, superpuesta,
que polinizan insectos que van de fiesta,
dando a luz un fruto de cápsula globosa,
densa de pelos su cubierta pudorosa,
a la que abre la elevada temperatura,
de sus semillas de bandera haciendo jura,
liberándolas en crecidas cantidades,
por las brisas dispersadas sus nimiedades.

 

Nota:
Del lentisco, madroño y romero, más tarde,
en monte y sotomonte veremos su alarde.

 

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ESPECIES DE ROCAS Y FISURAS
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Especies que crecen en grietas y fisuras
de las verticales paredes de las hoces,
flora adaptada a la roca, a sus locuras,
como algunas especies de helechos precoces,
musgos, líquenes y arbustos que echan el ancla;
y cuyas raíces horadan con palanca.

 

EL HELECHO
Planta vascular sin semilla, el helecho
surge como cabezas de violín sin pecho,
dando lugar a grandes y frondosas hojas,
su encanto proclamando con tiras y aflojas.

 

No hacer flores de bellos pétalos lamenta,
tampoco frutos que pueda poner en venta;
reproducida por esporas, de los soros,
pequeños puntos del envés que cantan oros.

 

Su rizoma (tallo) se interna en los resquicios,
reteniendo la humedad, madre de sus vicios.

 

EL LIQUEN
Liquen es el resultado de la simbiosis
de los hongos con las algas, tenue sinopsis;
crece en espacios húmedos, sobre las rocas
y cortezas arbóreas, de costras no pocas;
entre el gris y el rojo sus esencia barrocas.

 

EL MUSGO
Goza el musgo de un organismo vegetal,
con capacidad de cubrir del humedal
superficies como rocas, troncos y suelos;
transportando el agua y nutrientes con sus pelos,
absorbiéndolos a través de toda su masa,
ayudando a regular la humedad escasa,
ante la carencia de vasos conductores.

 

Es componente importante, de los mejores,
en la prevención de la erosión de los cauces,
aportando cobijo a organismos audaces.

 

PINOS Y ENCINAS
Tan solo algunos pequeños pinos o encinas
en salientes rocosos dictan sus doctrinas,
esperando que su tronco el vértigo afronte;
perteneciendo más al monte y sotomonte.

 

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ESPECIES DEL MONTE Y SOTOMONTE
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LA ACACIA
La acacia se presenta como árbol o arbusto,
a veces armado de espinas que da gusto,
constituido por madera bastante dura,
con hojas compuestas dispuestas en cintura,
con flores olorosas en racimos laxos,
y frutos en legumbres de sabores falsos.

 

De algunas especies fluye la goma arábiga,
que de su tronco y sus ramas rebosa álgida.

 

LA ALADIERNA
La aladierna es un arbusto por siempre verde,
de unos dos metros de altura, que gana o pierde;
de hojas grandes, alternas, coriáceas y oblongas;
de flores sin pétalos, pequeñas milongas
blancas y olorosas, que el viento arranca y chuta;
y cuyo fruto es una drupa diminuta;
negra y jugosa, madura, que luego enjuta.

 

EL ÁLAMO
El álamo también por aquí se establece;
como ronda por el Cabriel, si se adormece.

 

EL BOJ - ESPANTALOBOS
Ser arbusto espantalobos, del boj se dice;
de alto cuatro metros, si nadie contradice;
con tallos firmes y derechos, muy ramosos,
con hojas persistentes, de lustres dichosos,
opuestas, elípticas, duras, sin espinas;
y de flores diminutas y blanquecinas,
con un perfume maloliente en sus axilas,
donde priman hacecillos en prietas filas.

 

Espantalobos llamado por el sonido
producido por las semillas en sus vainas
con forma de vejiga inflada, alarido
estimado horrendo por los lobos tontainas;
irónico sarcasmo de burla vestido.

 

Su madera amarilla es sumamente dura,
muy apreciada para grabar sin costura
obras de tornería y artes de moldura.

 

LA CARRASCA
La carrasca es una encina más bien pequeña,
o una mata de ella que a no crecer se empeña.

 

EL CHAPARRO
El chaparro es una mata de encina o roble
de muchas ramas, y altura bastante pobre.

 

LA COSCOJA
Se llama coscoja al árbol achaparrado,
parejo a la encina, de quermes inundado
(el que produce el coscojo, agalla sierva).

 

Inmóvil, todo aquello que sucede observa.

 

EL DIENTE DE LEÓN
El diente de león es una hierba de embargo,
de hojas radicales y lampiñas, de lóbulos
lanceolados y triangulares, cuyos glóbulos
son de blanco jugo lechoso, pizco amargo;
flores amarillas de pedúnculo largo,
hueco; y semillas con corona volante,
a las que el viento esparce sin mostrarse amante.

 

LA ENCINA
La encina es árbol de hasta doce metros de alto,
de tronco grueso y de muchos brazos no falto,
que alzan achispados su gran copa redonda,
cuyas hojas elípticas forman la fronda
que a sus pies se acumula, hospedando sombra.

 

Suele ser espinosa defendiendo su honra;
muy persistente; verdinegra por el haz;
más o menos blanquecina por su otra faz.

 

Sus flores son de un color verde amarillento;
bellotas dulces o amargas, su rendimiento.

 

Su madera es muy dura, compacta y con tiento.

 

EL ENEBRO
El enebro, arbusto de tronco ramoso
y copa espesa, de hojas de color verdoso
por el margen y el envés, y de haz blanquecino;
las cuales se apiñan como notas de trino,
rígidas y punzantes; flor parda rojiza
con los amentos axilares de nodriza.

 

Su fruto, la baya, entre elipse y esfera,
es de cinco a siete milímetros de jera,
de un color negro azulado, con tres semillas
casi ovaladas y de angulosas trencillas.

 

Su madera es rojiza, de olorosas quillas.

 

LA ESPARRAGUERA SILVESTRE
La esparraguera silvestre es la productora
de los espárragos trigueros, en buena hora;
que provista de un tallo herbáceo, muy ramoso,
con fajas de hojas aguzadas en reposo,
produce flores de color blanco verdoso,
con fruto de bayas rojas como guisantes.

 

De primavera son sus tallos elegantes,
de yemas rectas, comestibles y expectantes.

 

EL ESPARTO
El esparto es una perenne y útil hierba
de más de un metro de alto, al pedir reserva
a los vástagos que nacen de un mismo pie.

 

A las hojas rodea vaina de corsé,
endurecida, con margen algodonoso,
algo ásperas por el envés, bastante soso,
estrechas y largas, las cuales se autoenrollan,
porque así ni se las comen ni las embrollan.

 

Los tallos floridos son rígidos y recios;
en ellos las flores agrupan sus trapecios
de espigas, panículas llamadas, muy densas,
con grupos de pelos, de los nudos defensas.

 

Sobre ramillas gruesas, con capas de pelo,
aparecen también espiguillas en celo.

 

El fruto es seco, con forma de hueso en duelo.

 

Aunque se reproduce por semillas ciento,
se propaga, con intensidad y contento,
vegetativamente, gracias al rizoma
(yema del tallo) de porte y figura roma.

 

De cada rizoma o nudo surgen más tallos,
que galopan más deprisa que los caballos.

 

Se dice espartizal donde abunda el esparto,
que crece en terrenos secos, como el lagarto,
sobre suelos pobres, calizos y con yeso,
prestando pastos para el rebaño travieso.

 

EL ESPINO NEGRO
El espino negro no es un tierno arbolito
(que en la familia de las rosas está inscrito);
no, con sus hasta seis buenos metros de eslora
y el ingrato tropel que de espinas decora;
no, con sus hojas aserradas y lampiñas,
con los corimbos de flores blancas que apiña,
de olorosas yemas de trances y rapiñas,
con fruto ovoide vestido con piel rojiza
que encierra una pulpa dulce que el gusto hechiza,
con su casi esférico par de huesecillos.

 

Es de madera dura y corteza con brillos
de prensar tintes y curtidos en lebrillos.

 

EL ESPLIEGO
El espliego es una mata de las labiadas,
en torno al medio metro de alturas calladas.

 

Es de tallos leñosos y elípticas hojas,
casi lineales, de cano vello, pintojas;
del todo azules son sus flores en espiga,
cuyo pedúnculo largo y delgado intriga.

 

Su semilla elipsoidal es de gris color.

 

Toda la planta es de aromático amor,
extrayéndose de sus flores un aceite
muy usado en perfumería, ¡un deleite!

 

LA GRAMA
Planta que no podía faltar es la grama,
medicinal, que cura sin llegar al drama.

 

Suele ser de tallo cilíndrico y rastrero,
cuyas raicillas de los nudos prestan suero.

 

Tiene las hojas agudas, cortas y planas;
y flores en espigas de filiformes lanas,
de las que hasta tres o cinco salen con ganas
desde la extremidad de las cañitas sanas.

 

EL HINOJO
El hinojo es una planta de tallos largos,
erguidos, ramosos, con estrías sin mangos;
de hojas partidas en lacinias filiformes
de amarillas y pequeñas flores conformes
en sus umbelas terminales, me supongo.

 

El fruto, con líneas salientes, es oblongo,
prisión preventiva de semillas menudas.

 

De que es aromática planta, sobran dudas;
de gusto dulce para medicinas crudas,
es también condimento en comidas morrudas.

 

EL HISOPO
El hisopo es una mata muy olorosa,
de la familia de las labiadas, esposa;
con leñosos tallos rectos de medio metro,
poblados de hojas lanceoladas, vivo cetro,
lineales, pequeñas, enteras, glandulosas,
con corto vello en las dos caras orgullosas;
flores en espigas, azules o blanquillas,
con un fruto de casi lisas nuececillas.

 

De uso en medicina, perfumes y parrillas.

 

LA JARA PRINGOSA (bis)
Sentada su altura en dos metros, nunca pierde
la jara pringosa, arbusto siempre verde;
mostrando ramas de color pardo rojizo,
cuyas hojas de envés muestran velloso rizo,
un tanto blanquecino; con el haz lampiño,
de color verde oscuro, tentador de un guiño;
todas muy viscosas, opuestas y enfrentadas,
lanceoladas y estrechas, asaz afloradas.

 

Grandes pedunculadas, de corola blanca
y manchita rojiza en la petal zanca,
en las cinco bases del pentágono en flor,
perímetro amarillo que funde el color;
con diez divisiones el fruto capsular,
globoso, con las semillas para arraigar.

 

EL JAZMÍN SILVESTRE
El jazmín silvestre se tiene por arbusto,
provisto de tallos verdes, delgado busto,
flexible, con cierta cualidad trepadora,
sostén de su categoría directora.

 

Forman su haber hojas alternas y compuestas,
con hojuelas estrechas que no duermen siestas,
en números nones, duras y lanceoladas.

 

Brotan las flores, por los tallos invitadas,
blancas, sobre pedúnculos, muy olorosas;
botín para las perfumerías virtuosas,
ansiosas de sus cinco pétalos soldados
a su base, a modo de embudos jurados,
origen de sus bayas de negros trocados.

 

EL LABIÉRNAGO
El labiérnago, un arbusto de buen porte,
con expediente de buena nota de corte;
mimbreñas ramas de corteza cenicienta
con hojas verdinegras, plumas para imprenta,
simples, opuestas y estrechas, muy persistentes,
correosas, enteras o de aserrados dientes,
que en cortos peciolos sustentan sus humores.

 

Y en hacecillos axilares, blancas flores,
con cuatro sépalos y pétalos reunidos
en un tubo breve, productor de vestidos
para frutos semejantes a la aceituna,
drupas carnosas paridas al son de tuna.

 

EL LENTISCO - CORNICABRA
El lentisco, popularmente cornicabra,
es un arbusto en forma de mata, ¡palabra!,
siempre verde, con tallos leñosos de rango,
cuyas ramas poseen la almáciga del tango;
hojas divididas en un número par
de hojuelas coriáceas, exclusión del azar,
ovaladas, con la punta roma, lampiñas;
lustrosas por el haz, por el envés son tiñas.

 

De flores pequeñas, amarillas o rojas,
apiñadas en axilas, ¡que no las cojas!

 

Producen drupas casi esféricas por fruto,
que mutan del rojo al negro, tomando luto;
con las cuales paga aceite como tributo.

 

Su madera es rojiza, dura y aromática,
futuros muebles de utilidad matemática.

 

EL MADROÑO
El madroño arbustivo es buen ejemplar
de tallos con cierta altura de costillar;
hojas tiene en peciolos cortos, lanceoladas,
persistentes, con el color verde ataviadas:
lustrosas por el haz, claras por el envés;
con las flores en arracimados corsés
de corola globosa, de blanco o de rosa.

 

De comestible fruto esférico y pequeño,
rojo a la vista, amarillo en el ordeño;
con tres o cuatro semillas para el cigüeño.

 

EL MALVAVISCO
El malvavisco es una especie permanente,
con tallo de un metro, aproximadamente;
de muy suaves y vellosas hojas dentadas
con lóbulos poco salientes, ovaladas.

 

Axilares flores de color blanco sangre
y fruto como la malva; raíz palangre,
usada de emoliente, prensada y caliente.

 

Abundante donde la humedad se presente;

 

LA MANZANILLA
Una hierba de magos es la manzanilla,
de tallos frágiles, sentados en la orilla,
ramosos, con abundantes hojas partidas
en segmentos lineales de varias medidas,
agrupados de tres en tres, bancos de muelas.

 

Con olorosas flores en sus cabezuelas,
de solitarias concentraciones en su anca,
con centro amarillo, circunferencia blanca.

 

Utilizada de infusión contra la tranca.

 

EL MORAL - LA MORA
La mora, o el moral, es árbol centinela
con bastante envergadura desde la suela,
con tronco grueso y derecho, de holgada copa;
de ásperas y velludas hojas en la popa,
corazón con margen para lóbulos dientes.

 

Flores en amentos espigados en dos frentes:
a los machos de las hembras separa esquina.

 

De la mora, el fruto las miradas fascina:
de unos dos centímetros y ovalada forma,
que de glóbulos más pequeños es la horma:
carnosos, morados y agridulces, sin sorna.

 

LA MORQUERA
Morquera, hisopillo, saborea: mata,
familia de las labiadas que el tallo emplea,
para usar en condimentos, dado su aroma.

 

Como tónica estomacal también se toma.

 

De hojas pequeñas, coriáceas, verdes, lustrosas,
lanceoladas, lineales, enteras, nerviosas.

 

En verticilos laxos enseña sus flores
de rósea corola o blanca, de mil amores;
de su fruto seco son semillas menores.

 

LA NOGUERA - EL NOGAL
La noguera o nogal es un árbol dichoso
que peina los quince metros y da reposo;
su tronco es robusto, con vigorosas ramas,
que bajo su gran copa oculta melodramas.

 

De hechuras ovales, compuestas, son sus hojas;
con punta y dientes, con aromas a milhojas;
cocidas son importantes en medicina,
como astringente y contra golpes de propina.

 

De flores blanquecinas y sexos aparte,
la nuez que produce por fruto se comparte.

 

Es de dura madera, en rojizo pardo,
capaz de hermoso pulimento y buen dardo.

 

Pródigas nogueras, de nueces grandes fábricas,
cuyos envases devuelve a la tierra en lágrimas.

 

Fornidos troncos, las máquinas del nogal,
de oscuras hojas, fajos de verde postal,
que en la corteza terrestre hallan aval.

 

LA OREJA DE LIEBRE
La oreja de liebre, o mata de sanjuán,
una hierba con estopa de matacán,
frecuente de ver en caminos y ribazos,
es de tallos que al medio metro no echa lazos.

 

Orejas de liebre parecen sus hojuelas
verdes y ovaladas, antes de alzar las velas.

 

Bonitas flores amarillas, con sus cascos
de delicado olor a vainilla de frascos,
agrupadas en espigas, merced del viento.

 

Muy resistente, de rápido crecimiento.

 

Para las hemorroides, digno tratamiento
que el volumen permite subir del concierto.

 

LA ORTIGA
Una planta herbácea declara ser la ortiga,
de prismáticos tallos que buscan la liga
del metro; con hojas elípticas y opuestas,
agudas y aserradas por pasadas gestas,
cubiertas de pelos con un líquido urente,
que abrasa, aunque se lave con detergente.

 

Verdosas flores en axilares racimos,
con distinto pie para las primas y primos;
que producen frutos secos pero sin mimos.

 

EL PINO
El pino, en su terreno, forma pinares;
árbol de tronco elevado, en milibares,
recto y resinoso, de persistentes hojas
que como agujas son; para sus pies coscojas.

 

Esta especie de pino cuenta con su piña,
enjambre de piñones en platos que aliña,

 

La hojarasca de las horas, parvas del bosque,
alfombras teje para que el pino se enfosque;
sedosos cabellos de agujas picatoste,
que a perdices entregan su lecho sin coste.

 

EL PINO CARRASCO - PINCARRASCO
La especie pincarrasco (el pino carrasco)
prospera en los terrenos áridos, sin asco;
de corteza resquebrajada, de cenizo,
y tronco tortuoso color pardo rojizo.

 

Irregular y clara la copa de tinto
y hojas largas y delgadas, rígido cinto;
y las piñas de color canela las pinto.

 

Espacios repoblados de pino carrasco,
reservistas que claman por suave chubasco,
poco hospitalario en la parcela que habita,
que las demás especies encuentran maldita:
aquella que se interna acaba marchita;
la enorme acidez de sus pies lo garantiza,
aunque falte una raya pintada con tiza.

 

EL PLATANERO
El platanero, árbol que ofrece su sombra,
pierde tantas hojas en otoño que asombra.

 

Su corteza se desprende en placas marrones,
verdes y grises, de finas láminas clones.

 

Puede alcanzar los cuarenta metros de alzada,
y vivir tres siglos si el hacha no se enfada,
resistiendo a las temperaturas extremas.

 

De sus aquenios surgen transparentes gemas.

 

Ocho personas para abrazar su cintura
requiere el de Tamayo, ¡tamaña hermosura!

 

LA RETAMA
No, la retama no es una mata cualquiera,
la que con sus muchas verdascas se atrinchera,
esas ramas delgadas, largas y flexibles,
de color verde ceniciento en sus fusibles,
con escasas hojas, lanceoladas, pequeñas;
con flores amarillas, de racimos peñas.

 

Fruto de vaina globosa, la su semilla,
de negruzca apariencia, reina en su casilla.

 

EL ROMERO
El romero es un arbusto con mucha labia,
con tallos ramosos de deliciosa savia;
opuestas sus hojas lineales, desdentadas
(de acre sabor de esencias aromatizadas
y gruesas), enteras, lustrosas y lampiñas
de uso en medicina (de perfumes, las viñas);
verdes por el haz y de blanquecino envés;
de azuladas flores en racimos olés.

 

Fruto seco, de cuatro semillas cortés.

 

LA SABINA
Sabina, árbol o arbusto de poca monta,
siempre verde, de tronco grueso y rama pronta,
con la corteza de color rojo pardusco;
hojas casi cilíndricas, sin nervio brusco,
opuestas y unidas entre sí cada cuatro,
sin olvidar que son escamosas en trato.

 

Negro azulado su triste fruto redondo;
descarnada su madera, de porte orondo.

 

EL TÉ DE MONTE
El té de monte no es un arbusto discreto,
ya que puede alcanzar los tres metros de peto;
lo distinguen sus ramas cubiertas de pelos;
sus hojas alargadas, con puntas de duelos
y dentados bordes de compases de chelos.

 

EL TOMILLO
Tomillo, perenne planta, muy olorosa,
con blanquecinos tallos leñosos en glosa,
derechos y ramosos, de altura concisa;
con lanceoladas hojas pequeñas, sin sisa,
algo pecioladas y de revueltos bordes.

 

Lindas flores, con blancos o rosos acordes,
forman en cabezuelas laxas axilares,
que nos brindan sus tónicos estomacales.

 

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LAS ALGAS
En cuevas húmedas hay algas sudorosas,
que son entidades celulares piadosas,
que gestan clorofila y residen dichosas.

 

* * * * * * * * * * * * * * *

 

Entre las laderas del monte y sotomonte
es muy posible que la broza se confronte,
sin poder distinguir las hojas de las ramas,
cortezas y despojos que forman sus camas.

 

La hojarasca, conjunto de todas las hojas
precipitadas de los árboles, ya flojas,
y la inútil y excesiva frondosidad
que con el tiempo se acumula sin piedad.

 

La espesura que forman multitud de arbustos,
maleza se denomina, sin ser injustos.

 

Incultos campos, matorrales de garriga,
llenos de matas y malezas con intriga;
intrincado conjunto de espesura en liga.

 

* * * * * * * * * * * * * * *

 

***HOJAS SUELTAS***

 

Lidiando entre lo agrícola y lo forestal,
las ramblas y barrancos, en plan informal,
alimentadas desde la Ceja que mira,
arrojan sus aguas al Cabrieliño río,
sin demostrar en el hecho arranques de ira,
su caudal fortaleciendo con firme brío.

 

Abundante, con sus adecuados avales,
hay vegetación suspirando en los zarzales;
que, junto a los antes mencionados pinares,
reducen la erosión de suelos con pesares.

 

Muchos son los cultivos de almendros,
de olivos y de pistachos con dividendos,
que alegres cantan sus bondades financieras,
bien labrados, podados con firmes tijeras.

 

Con el pistacho acelerando en su parcela,
tomada de almendros con poca manivela,
convertido en príncipe de los frutos secos,
el acento en beneficios con buenos ecos,
se deja atrás el depender de las abejas,
ya sin que se arruguen por su escasez las cejas.

 

En otras partes del municipio, más planas,
viñedos de secano florecen con ganas,
educados en espalderas soberanas.

 

Muchas lenguas sacian su sed en el arroyo
con la vista, orejas y olfato de apoyo,
vigilando los periféricos arbustos,
posible escondrijo del predador astuto,
para no ser plato de sus violentos gustos;
no tarda en refrescarse ni medio minuto,
regresando a las laderas de arbórea audiencia,
que acorralan las orillas con advertencia.

 

Surgen juncos que toman medidas al río
siguiendo cauces revoltosos con trapío,
que aspiran con llevar al mar su sal escasa
dando sus bocanadas de oxígeno por tasa,
fluyendo de celdas de lechos carcelarios,
de cañizos enrejados en sus erarios,
amarrados a sus orillas, petulantes;
hojas transportando que van sin tripulantes,
dirigiendo sus compases en la corriente,
dejándose llevar de forma indiferente
con la respiración a la que arrastran bridas;
sin vaivenes en las vaguadas engreídas,
sin amarras que protejan de las cabriolas
que provocan los saltos de las cortas olas.

 

Saltan chispeantes bajo nubes tormentosas,
desfiladeros de gargantas orgullosas,
sedientos de su vaporosa y grata esencia,
que felices obtienen con firme sentencia
de líquido derrame sobre guijarrales,
tan afinados como espejos de cristales,
que raspan sombras de pragmáticos metales.

 

Los vientres algodonados de tales nubes,
eyaculan con tal ímpetu sus fluidos pubes,
que los brazos alzan los caballos del trueno
de la ruidosa tormenta que va sin freno,
con relámpagos de alta luminosidad,
amantes esporádicos de la beldad,
cuya pasión arrojan por metros cuadrados,
hidratando las secas tierras y sembrados.

 

Y el agua baja saltarina y rumorosa
por el lecho de su senda poderosa;
por los siglos grabados los distintos cauces,
que representan bocas de agua más que fauces,
donde el líquido serpentea sollozante,
bordeando los pétreos pechos del digno amante,
que alimenta cualquier arroyo tintineante
y todas las rugientes ramblas y barrancos
que prestan su caudal, depósitos de bancos,
sin haber formalizado triste hipoteca;
financiando las hijas a la madre hueca,
prietas aguas rompiendo con traviesa mueca.

 

Bajeles de nubes que mueve el viento airado
soltando van su gran equipaje embarcado
sobre los montes de las resinosas piñas
sujetas por los brazos de ramosas liñas;
barcas satisfechas de troncos de madera
expectantes de la brújula traicionera
que marca los rumbos que tripulan su estela,
inmutables al borbotón que hojas consuela,
que desfallecen con la más mínima racha;
árboles abatidos por golpes del hacha.

 

Observan los maderos nubes con desdén,
mientras los va desnudando tanto vaivén,
flujo que trota curso abajo sobre esponjas
de etéreas corrientes movidas sin lisonjas;
en alegres aguas viajando sin alforjas.

 

A contracorriente el cauce no rebobina,
siempre arrastra el desnivel un agua que trina
en presencia de artilugios con muela y diente
que girar ruedas con cubos haga evidente,
sobre los márgenes de secuestrados chorros,
haciendo de las aguas caudal de sus ahorros
en tanto que no encallen las palas en barro
que en las praderas del fondo llenan el tarro.

 

Frente a la roca inmóvil por la que discurre,
el agua circula inquieta, plena de curre,
de una orilla a la otra, umbral de su camino,
raspando arrugas su ruleta de casino.

 

Un caballete de ramas, atril del cauce
donde presumen las cañas, vigila el sauce
con insólitas lianas buscando la ducha;
lejano el almendro del agua, a la escucha.

 

Resuenan nombres, murmullo de agua que avanza,
en cuclillas sus claros, cuestión de confianza,
con cierto siseo, rugiente o susurrante,
en boca del cristalino elemento errante,
que busca hallar reposo en hormas del mar ancho;
larguísimo camino sin colgar del gancho
deambula el agua desde los altos parajes,
sin ser del telégrafo cuerpo de mensajes;
noble fruto de arroyos, ramblas y barrancos
que se suman a su caudal por ambos flancos.

 

En su sana añoranza por el litoral
recoge arroyos con reflejos de cristal,
duras pedrizas y barrancos pedregosos,
ramblas de madrigueras y escarpes rocosos;
lidiando entre pedruscos, lascas y carrizos,
con sonidos cortantes en saltos y rizos,
entre las líquidas alas efervescentes;
menguando las rocas de afilados torrentes.

 

Embalses con el agua serena y perpleja,
bañada por el sol y la luna pendeja;
con el deseo de abrazar, del mar hermano,
su desembocadura, con el rostro ufano;
al compás de las olas que tocan sus pechos,
anunciando el fin del viaje zafios helechos,
adquiriendo amplios márgenes de libertad,
hasta enrolarlse en nuevas nubes de metal
con el sonido del trueno de distintivo,
sin reflejar sus peripecias lo que escribo;
agua que se evapora rompiendo cadenas,
elemento errante que repite sus penas
entre rayos de corrientes de alto voltaje,
con el rumbo entre los soplos del viento paje,
que pugna entre las altas y bajas presiones,
con camisas de las que saltan los botones.

 

El río que cose ambas orillas despierta,
enhebrando sus ojos tras la noche tuerta,
a caballo la luz de las sombras del día
en su amanecer repleto de rebeldía.

 

Las horas pasan página, marcando ciclos
de días, meses, estaciones, años, siglos;
cantan las alondras y pían los autillos
cuando cubren el cielo nubes sin hatillos.

 

* * * * * *

 

La broza y la maleza se combinan ambas,
componiendo en la agreste superficie sambas
bajo el encanto de las escobas de bruja
y ángeles que surgen de la roca ramuja
en cuevas de auditivos pabellones sordos,
con mucho aceite virgen y pájaros tordos
precintados por aliagas y ortigas blondas;
precisando de buenas navajas de mondas
para paso abrirse las sendas de las ondas.

 

Se trenzan las laderas de raíces arbóreas,
como culebrillas ahuyentadas por el bóreas,
cosidas a los arbustos, dando firmeza
al seco suelo, husmeando en su riqueza,
del entramado atando cabos con destreza.

 

Caminos de herradura de arriesgadas rampas,
por donde los carros esquivaban las trampas
de rocas peligrosas, con las galgas prietas;
las ruedas evitando el roce de las grietas,
cuyas grandes cicatrices eran el colmo;
el viento levantando cortinas de polvo.

 

Capas de hojas acorchadas a flor de tronco,
para pétalos en flor, encamado ronco;
alfombras desprendidas de ramas y tallo,
refugio de los duendecillos sin desmayo
mientras el viento que se irrita no estornuda
para que dance la hojarasca que se embuda
y estribillos canten los nardos de retama
al compás de seguidillas que cardan grama,
a la ventisca rumoreando sus secretos
el susurro de las hojuelas con sonetos,
arremangadas y jadeantes en las ramas,
con los peciolos aguantando las soflamas.

 

* * * * * * * * * * * * * * *

 

De aquellos lejanos tiempos falta saber.
¡Tanto se ignora de aquel tan cercano ayer!

 

Es lástima que no pudiéramos hacer
un TAC o radiografía del bosque humano,
de la tierra indomable y del salvaje grano,
de cuyos descendientes habemos espigas
con las que obtenemos el pan y muchas migas,
cada día; y cepas que brotan de ombligos
que alimentan sus troncos, casuales mendigos;
y olivos que hablan en cuatro idiomas amigos,
almendros universitarios con sus mopas
y pinos embriagados por un par de copas,
rebosantes de agujas sus proas y popas.

 

Prestamista tierra que no derrocha dones,
cuyo gobierno no malgasta sus terrones
ni desparrama disipando sus recursos;
doctorada a distancia, primera en los cursos,
Conservatorio de Umbilicales Nutrientes,
que sirve de sostén a raíces sin dientes,
con mil historias en su propia carne escritas,
labrada de cardos y espigas ya marchitas,
y pétalos desprendidos de margaritas.

 

La fuerza del olivar está en su abundancia,
en su virginal aceite, en su fragancia,
que mantiene la llama viva, virgen y extra;
grasa líquida de cualidad ambidiestra,
que con el agua nunca se la ve de fiesta;
porque con ella se junta y no se amalgama,
aunque se deje llevar y flote en su cama.

 

Hojas de olivo que adornan de paz la rama,
sombra dando al fruto que les otorga fama.

 

Terruño secano de viñas y olivares,
almendros presos en sus patios ejemplares,
hojas fotosensibles de impresos circuitos,
ramas taquígrafas de la luz, a pasitos;
encadenados troncos a su fiel parcela,
abrazando la tierra que los cuida y vela,
además de mantenerlos en pie sin suela
gracias al don del equilibrio que articula;
en vista de lo cual ningún árbol recula.

 

Llanura de viñedos de largas hileras,
balcón del Cabriel de serpenteantes literas,
donde el término desciende yendo en su busca,
entre recovecos de media luna brusca,
con vueltas y revueltas La Sepulturilla,
que corre a Venta del Moro por la toquilla
para abrazo dar a su arrebatado esposo,
el hermano de sangres afines celoso,
con acentos sonoros del mismo perfil;
rapto de tesoros manchegos con fusil,
por tributos de guerras de gente hostil
que raptos de territorios tejieron mil.

 

Espigas doradas al sol, olas de mieses
que abaten unánimemente sus traveses,
todas a una, siguiendo estelas del viento.

 

Pero más luce el ababol su rojo tiento
protegido por las alas de sus estolas,
alas que son refugio de abejas pipiolas
que van buscando en la flor su néctar de amor,
mostrando su intimidad sin ningún pudor,
entre tantas espigas ensayando al son,
aquilladas con el fuego de la pasión,
trocadas en etílicas ascuas de rones,
las fatuas escobillas pidiendo perdones;
cosquillas son de la brisa que las perfuma,
con su columpio de aliento que resta y suma.

 

Llegado el tiempo de la siega campesina,
el mar de espigas, hecho montón sin esquina,
con sus atados haces cortados por hoces
que suplican las paces con los fieros roces,
futuro alimento de muelas de molinos
tras la tortura de trilla que alienta trinos;
las cebadas para el macho y para la mula,
que con la paja mezcladas serán su bula;
del establo cama y abrigo de animales;
el pan de avena y trigo para carcamales.

 

Solo nos resta autopsiar la brizna de paja
enhebrando el hilo roto de su migaja,
del que la existencia desprende de su faja.

 

Recogida tradicionalmente con la horca,
como ensartar fideos, tenedor que aporca.

 

Más eficaz resulta la maquina agrícola,
como fábrica de un trigo de cavernícola
que nos asegura en la mesa nuestro pan,
como bocadillo y para sopa de Adán.

 

* * * * * * * * * * * * * * *

 

Embaucadora noche, con temor de asalto
por el aullido del lobo, cuasi contralto,
o perro emparentado, que a redada llama
a la luz de la luna con cara que exclama
escuchando el eco de los ocultos broches
que de zozobra visten las lúgubres noches
y al azor despiertan, vigilante en su rama,
que por su parte del botín grita y reclama.

 

Otea la luna lambrusca el trigo verde,
y rebusca en el olivar la pisaverde,
el grano que engorda, el que nunca claudica,
del que se ha de obtener el fruto de almazara
y el aceite para ungir la ensalada clara,
desatado su sostén y hueso canica.

 

Alegra el rostro la faz de la luna llena,
convirtiendo en sombras la negrura que apena;
comenzando el acto ritual de la luciérnaga
que embellece su cuerpo en la asquerosa ciénaga,
abandonando su tristeza, ¡es valiente!,
en las noches de la locura intermitente;
resplandeciendo con flash propio en el cortejo,
con alegres destellos mirando al espejo
con el lenguaje de la luz codificada,
de proposiciones insinuantes cargada.

 

Cuando traduce el mensaje la hembra sin alas,
y gracia le hace, comienza el ritual de galas
con el macho amarillo pardusco elegido,
escarabajo de la marisma salido.

 

Aliento de las atmosféricas presiones
que en las piedras late llenando sus pulmones;
en su superficie silba el aire compacto,
a polvo reduciéndola siglos de impacto
de su densa mano, el dedo en los gatillos;
chasquido que golpea antenas de grillos.

 

En el abdomen grueso de la buena tierra,
se aglutinan los crecidos brotes de berra
que asoman su cuerpo por sobre la maleza,
invitando a picar al ave que bosteza,
mientras las hojas se baten contra la brisa
en las ramas de los álamos con sonrisa,
respirando los aires que las peinan tercos,
más valiosos que ocultos tesoros en cercos;
enredaderas ostentando sus collares,
desde los pies del tronco a las copas solares.

 

Algunas hojas en sierra siguen sus hábitos,
rumbo ascendente, segando ramas sin ánimos,
destejiendo marañas en busca del sol
que de las crestas hilanderas es crisol.

 

A la luz con sus anchas bocas abren paso
los chopos hojirrascos lamiendo el ocaso,
cayendo dormidos en el barranco del sueño
cuando falta la luna de aspecto trigueño.

 

Muchos árboles deja calvos el otoño,
expuestos a la intemperie, cortos de moño;
afeitados de inútiles ramas, sin celos,
que por la superficie rondan de los suelos
esas hojas tan precisas con el calor;
mas, ya les sobra tanta barba y tanto honor;
debiendo las máquinas parar su motor,
preparándose los troncos para el letargo
que anuncia la llegada de un invierno largo;
que pronto se entretendrá moviendo el hocico
de las ramas colocadas en abanico,
nunca visible; sólo así se hará notar;
y no pasará de largo sin saludar,
haciendo resonar sus caracolas rudas
sobre todas las desnudas ingles ramudas,
con cuyas puntas hacer ganchillo le encanta:
con hilvanes invisibles de porte y planta.

 

Insufla vida en las cepas la ígnea energía
del astro solar cuando enciende su bujía
en los pertinentes turnos meridionales,
activando procesos químicos carnales
cuando recorre los recovecos genéticos
que las hojas marcan con procederes éticos
sobre un sinfín de filigranas receptoras;
huésped siempre bienvenido para las floras,
gracias a lo cual montan cadenas de azúcares
con sus varitas mágicas de rayos júcares,
sin a la red de Iberdrola pagar factura
en este punto preciso de acupuntura,
bombón para bodegas sedientas de mosto,
que lo reclaman con eufórico regosto.

 

Desde su elevada cumbre, el astro rey
con sus flechas ardientes impone su ley,
haciendo resplandecer avenas y trigos
de frente y de soslayo, de la luz mendigos.

 

Caen las hojas, ralentizadas por caprichos
que el viento impone a ramas de elevados nichos,
domadoras de las ventiscas de la luz,
a su parcela abonadas, ramas en cruz,
apuntando a su diana los focos del rayo,
atenuados por sombras que visten su sayo.

 

Respiran melancólicas las dignas ramas
al dejarlas desnudas heladas derramas,
añorando su alto poder adquisitivo
cuando su follaje el sol no enfoca lascivo.

 

Escuchar esos traqueteos del sosiego
ante el grito callado de la tierra en juego,
el pulso a la baja de las ramas al tacto,
tallos con artrosis que quiebran al contacto
como maraña de pajillas del trigal
que ya no absorben el perfume del rosal.

 

Espesuras verdeoliva para anidar
son las ramas y pellejos del olivar,
con extractos de camomila para olfato
cuando se aderezan para gustoso plato.

 

El fruto de la parra amamanta lagares
que llenarán de mosto depósitos mares,
de sus uvas fruto, luz de sus hojas sanas;
granos a los que exprimir sus líquidas lanas,
futuro vino recorriendo las gargantas,
pronunciadas pendientes para firmes llantas,
tocando con alegría las campanillas
que anunciarán sensaciones en sus canillas.

 

Los campos de cultivo de altura modesta
están más despejados que los de alta cresta,
en cuanto a la altitud de miras se refiere,
con alguna encina o pino que los vistiere;
aquí y allá reforzando el paisaje campestre
con una incomparable pátina celeste.

 

* * * * * * * * * * * * * * *

 

Sin sacar sus pies de la tierra madreperla,
centenarios pinos jirafa, por quererla,
se doblan e inclinan en dura competencia
por la esquiva luz, que encarece su presencia
por la creciente demanda de adoradores
que la requieren para cubrirse de flores.

 

Mueven sus abanicos de agujas roqueras
pinchando del disco solar sus cabelleras;
diplomados en las laderas de los cerros,
salas de concierto de los pinos sinceros,
de los que no van a contrapelo del viento,
sin intentar desafiar su pulso violento.

 

A los que no se doblegan llegan las cuscas
con sus airados chorros de ráfagas bruscas,
quedando convulsos frente a la turbulencia
que les sacude con rigor en su imprudencia.

 

Han de enchufarse con ganas a las entrañas
de la madre tierra, con puntas que son lañas;
especialmente en las peligrosas vertientes,
donde a veces soportan piedras contundentes
desprendidas por la corrosión de las lluvias
que minan sus bases con persistentes gubias.

 

Barrancos que son quebraderos de cabeza
de pinos arraigaderos en roca jueza,
nudos atando cabos con sus prestas raíces
en cualquier apoyo que evite los deslices,
y les favorezca en su equilibrio precario
sin haber de recurrir al aval bancario.

 

Se aferran a la tierra sus largas serpientes,
en sus profundidades muelles e indolentes
buscando agarre sus uñas, las de escarbar,
retorcidas, tomando agua sin envasar,
poderoso bebedizo de manantial,
sorbiendo sus nutrientes sin ceremonial.

 

Raíces eméritas expuestas al sol,
arracimadas en el do, base de su rol;
exhibicionismo involuntario, sin voz,
desenterradas por el diluvio feroz.

 

Los unos con los otros pugnando, los pinos
en disputa por los territorios mezquinos;
por el pulso doblados unos, otros rotos,
en la frontera horizontal de los devotos,
que iluminación buscaron en las alturas;
trepadores de cuello largo sus figuras,
con cortezas de alzacuellos que el tiempo arranca
cuando no les fía la poderosa banca.

 

Estando en los brazos del viento caprichoso,
más que pinchar el aire, corcel revoltoso,
le saludan las ramas barbadas del pino
que le proponen su sombra como destino.

 

Sólo silban cuando el viento los zarandea,
con ráfagas que soplan durante la pelea;
que parten, doblan y derriban las ventiscas,
por las pérdidas provocadas por sus briscas.

 

Del pino encanecen sus flancos inferiores,
marchitada su función por los estertores
que le causan ramas que le restan el sol,
del que no se comen ni rosca de perol;
las nuevas ramas que despiertan en la cresta
toman con vigor el relevo que les presta
el proceso de calvicie en los bajos fondos,
cuyos ramajes acaban mondos lirondos,
y el suelo tapizado con su alfombra parda,
combustible futuro del rayo que carda.

 

Sus largos aguijones apuntan al cielo,
apiñados, disputando la luz con celo;
esas agujas de pino que zurcen piñas
tomando del viento solar hebras lampiñas

 

En los troncos de altura no admiten la Visa;
-¡Tarjetas no, por favor, que corra la brisa!

 

No verás, en las grietas de su encorchadura,
los botones, la pantalla ni la hendidura,
pues de energía solar no alquila montura.

 

Muy pronto asomarán sus dientes, ya retoños,
pinos nacidos de piñón, sin vanos moños,
en la tierra anclados con profundas raíces,
que emergerán componiendo verdes tapices
con sus agujas pacientes y habilidosas,
alabados por cuervos de voces ruidosas.

 

Y altas copas alzarán en brindis los pinos
con exquisita piña colada entre vinos
y cubitos de hielo si enrisca el pedrisco
ocultando el sol entre las nubes su disco;
las horquillas usando contra la ventisca,
en vano intento de frenar su fuerza arisca;
las ascuas expandiendo los ocasos rojos
para deleite de vista y descanso de ojos.

 

* * * * * * * * * * * * * * *

 

Viejos árboles visten sus trajes de corcho,
tapones de la vejez en forma de poncho;
con las ramas extensas en cuerpo chaparro,
atacadas de artrosis, con manchas de sarro,
tronchadas y secas, calendarios sin hojas,
causando en los ánimos penas y congojas;
valiosos refugios sus fisuras y huecos
de animalejos sin antibalas chalecos.

 

Jefes de filas de lustrosos batallones,
en formación en desnivelados bastiones,
veteranos que su vecindario corea,
fijos a tierra con hebillas y correa,
con sus varas suplicantes de cara al cielo.

 

Radiación solar van demandando con celo
mientras narran sus historias, hoja por hoja.

 

De la vida, diccionario se nos antoja,
a mano escrito con la pluma iluminada
por la faz del sol, de satisfecha mirada.

 

Las fuerzas de ocupación aerotransportada,
saliendo despedidas de su madre ajada
-pelusas de las flores del álamo-chopo,
diente de león y especies de frágil tropo-,
parten buscando su palmito de terreno
para poder arraigar en cálido seno.

 

En tanto, cenizos con sabor a repulgo,
errantes, sin dirección, destino ni freno,
revolotean por los campos sin repugno.

 

* * * * * * * * * * * * * * *

 

Las cigarras, al calor del verano espeso,
orquestan su orgasmo vibratorio y obseso
desde las copas de árboles que son su hogar;
de ensordecedor morse amoroso altar;
diurna cantinela persistente que cesa
cuando el horizonte se traga el sol que besa.

 

Le toma el relevo el grillo trasnochador,
oculto en las sombras de la noche de amor,
con sus acordes de estridente melodia
enviando esemeeses para la orgía.

 

Dobladores de las titilantes celestes,
a las que dan voz con sus perfectos encestes
de tres puntos, desde la distancia infinita;
ellos, deseando obtener amorosa cita
con las hembras predispuestas para el cortejo
que se dejan seducir por su voz con dejo
y son capaces de encontrar su posición
en el oscuro tablero de la pasión.

 

El grillo coraza negra, oculto en grietas,
raspa sus alas para las citas secretas,
con el chirrido de su cricrí por tarjeta,
de su guitarra monocorde feliz saeta.

 

El grillo saltador por las noches teclea
al piano su hermosa canción de melopea,
a las estrellas acunando su jalea.

 

Mientras van creciendo la ortiga y el romero,
ante la mirada atenta del cuervo austero,
muestra la noche sin tregua su oscuro manto,
haciéndoles mascullar un "aquí me planto".

 

* * * * * * * * * * * * * * *

 

Carentes del servicio de guardarropía
donde a las agotadas hojas dar cobijo,
habrán de rebrotar nuevas prendas un día,
ajado ya el invierno, con gran regocijo.

 

Hasta diluirse en brazos del amanecer,
del postrer invierno la noche autoritaria,
sin frialdad suficiente, se rehará el crupier,
al juego floral adicto como urticaria,
haciendo en verdes haces de hierba campestre
columpiarse los pétalos centrocampistas,
intentando convertir en cuestión ecuestre
los vencimientos de las ruletas juerguistas.

 

Los capullos despliegan sus hélices formas
pulsando botones de prodigiosas hormas,
al dictamen de leyes vigentes y normas
aplicables a las dignas flores con aspas
a las que el viento frota y alisa de raspas.

 

Espadillas galantes se yerguen de punta
en el césped que al cielo su verdor apunta,
si no pasa el peine del viento y las ondula,
espacioso colchón que descansos procura.

 

Se dobla la espiga elevada cuando grana
si no encuentra sujeción en la espiga hermana;
y al paso lento de la segadora verde
con la que en sus guadañas la cabeza pierde.

 

Los pulgares de las ramas saben a tabla
que de multiplicar hojas y flores habla,
dividiendo compases de rayos solares
utilizando las hojas como pilares,
con sus dedos sumando y restando millares,
sacando raíces de parcelas cuadradas
y el cuadrado de las hojas embelesadas.

 

Triste otoño, con rayos con sabor a plomo:
aparece el astro entre nubes, por asomo,
doce horas de abierta oficina, por decoro,
sonando graves timbales de piel sin poro,
que van recortando su estancia cada día,
hasta quedar comprimida su melodía,
a nueve horas reducido su final triste
de alba de alargadas sombras y poco alpiste;
invasoras las del ocaso que el sol viste.

 

Se corren los colores al rojo y ceniza
en las hojas caducas que el árbol desliza.

 

De bellas flores queda el campo sin botín,
sin que rasgue el grillo su afilado violín
con acompañamiento de gruesa cigarra,
cuyo do de pecho murió sobre la barra.

 

De hojas que no son libros, libreprensadoras
son las cabras montesas, sus devoradoras
de letras, que su hambriento estómago aprovecha,
antes de que sus memorias pasen de fecha.

 

Las trompetas del otoño claman en bando
que los tambores del invierno van llegando:
-Árboles sin hojas, preparad el letargo,
se aproxima un invierno imputado de cargo.

 

Y brindan las pintas de la flor del almendro,
por su fruto, queriendo incitar al encuentro
a los insectos que se adentran en sus pétalos,
los que pululan en invierno. ¡Respétalos!

 

A veces, el cielo cubre la blanca manta,
desbordado por nubarrones su carril,
nubarrones grandes, de incuestionable planta,
a los que no ahuyenta ni tiro de fusil.

 

Nubes transportistas que rompen con los moldes,
a granel, sin envases, tapujos ni acordes,
libres rebaños, a los que no achuchan varas,
conducidos entre pasiones isobaras
por los canales de cuchillos y cucharas;
besando el agua la tierra por donde pasa,
material docente del aula que la amasa.

 

Componen la primavera versos de vista,
fragancias para olfato, música de artista;
declamado placentera sus atributos,
moviendo ramas al compás de los minutos.

 

LA FOTOSÍNTESIS
En la horma clorofílica que la hoja doma,
se ensamblan, por los dictados del cromosoma,
carbohidratos de seis seguros eslabones;
fotosintética operación de patrones
efectuada bajo antenas cuyos pigmentos
son complejos colectores de luz hambrientos,
sorbetes de fotones azules y rojos;
mientras los verdes empapelan sin sonrojos
sus fachadas exteriores, señal de paso
para carbodióxidos al raso.

 

Media docena de oxidrovejas decentes,
de las humedades del suelo procedentes,
surtidas por cañería que las apenca
y coloca con la mirada puesta en Cuenca,
delante de seis carbodióxidocaballos
en formación de corro circular sin tallos,
capturados del exterior con buenos tratos,
siendo procesados como series de datos
en una computación cuántica compleja
que forja el carbohidrato, hilo de madeja;
difícil operación, por mil multiplicada,
resuelta sin operarios, a la callada,
entre fogonazos remachando las partes,
con microscópicas artes.

 

Fotones rojos marcan las oxidrovejas,
del par hidrógeno esquilándolas sin quejas;
a fuego lento arráncanles sus hidropieles
y cuantos de su energía, como las mieles,
que con fotones azules y buenos tinos
uncirán a la media docena de equinos,
formando nueva estructura molecular:
el carbohidrato, como perla de collar,
que se encaminará, sin dedo los anillos,
circulando por laberínticos pasillos,
que son asombrosas redes de nanotubos,
sin hacer uso de garrucha ni de cubos,
al punto donde se demande su presencia,
con la máxima urgencia.

 

Mientras, las seis desnudas oxigenovejas,
emparejadas cual tejas y bocatejas
para evitar su toxicidad corrosiva,
escupidas serán, igual que la saliva,
vertidas por las bocas de las escotillas
(su red de alcantarillas).

 


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LA FAUNA DEL CABRIEL
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Hábitat excelente para la fauna local,
con aves rapaces de garras y pico mortal;
y otras normales, luciendo distintos plumajes,
con ecos de cantos de amorosos lenguajes.

 

LA CABRA MONTÉS
Pero es la cabra montés su más firme valor,
bóvido semejante al ciervo, algo menor;
emblemático animal de nuestra España,
de ocre pelaje con escasa maraña
en tan imponente cabeza cornuda;
en ambos sexos decoración sesuda;
multiplicada por tres la del macho,
cuernos y nudos de la edad capacho;
y además, bajo la mandíbula, su barba,
de muchos días sin afeitarse la escarda.

 

De patas cortas y fuertes, salva las pendientes
sin esfuerzo, sigilosas, sin inconvenientes,
merced a sus antideslizantes pezuñas
impermeables, de duras y afiladas cuñas
que permiten su agarre en grietas y resquicios;
para otros mamíferos altar de suplicios.

 

Rondan por los pastizales y matorrales
de arbolados y peñascos ricos en sales
-cuyas piedras lamen-, y otros ricos arbustos;
siendo herbívoras rumiantes de buenos gustos.

 

Brotes, frutos, hojas, ramas y corteza
componen su dispar dieta, sin cerveza;
bebiendo el agua de charcas y arroyos,
que no las emborrachan con embrollos.

 

Son más activas durante mañana y tarde;
y noches de verano, si el sol hace alarde.

 

Separadas por sexos forman sus bandadas:
crías y jóvenes con las hembras honradas;
reunidos en sus clubes los señores machos,
fortaleciendo sus cornamentas y cachos.

 

A finales de año, en la época de celo,
celebran sus torneos de cornudo duelo
después de las berreas preliminares;
son las justas de los machos alfa rivales
para merecer hembras de primera fila
que montar entre ramos de amapola y lila.

 

No son migratorias, pero en los inviernos rudos
de turismo van, para comer los pastos crudos,
dotadas de excelente olfato fino
y orejas de puro lino.

 

EL JABALÍ IBÉRICO
Demuestra agallas el jabalí ibérico,
de aspecto rudo y carácter colérico;
siendo de complexión más frágil y ligera
que sus afines del norte, de más solera;
discurriendo el peso con que marca estilos,
entre cincuenta y ciento cincuenta kilos;
hasta un tercio menos la hembra sin pupilos.

 

Dispone de su propia berrea de celo,
de otoño-invierno, donde brama el macho, lelo;
en época distinta cierran los labios
y gruñen para solventar sus agravios.

 

Es denso su pelaje, de color pardo oscuro,
o negruzco, con tonos grises o rojo puro;
con las crías en corto pelaje de presidiario,
excelente camuflaje en el bosque solitario.

 

Tiene la cabeza alargada y robusta,
con un hocico fuerte que mucho asusta,
adaptado para hozar el terreno
y buscar trufas entre tierra y heno.

 

Componen su dieta raíces, tubérculos,
hierbas, bellotas, hayucos, frutos péndulos,
castañas, insectos, roedores y lombrices,
reptiles, huevos y carroña de infelices.

 

Son de orejas pequeñas, cubiertas de pelo,
y cola corta, con penacho de flagelo.

 

Los machos desarrollan prominentes colmillos,
bien curvados, que sobresalen de los carrillos;
armas de defensa de su vida y territorios;
los de las hembras son un tanto menos notorios.

 

Sus cortas y fuertes patas le brindan socorro
para correr y moverse en terreno matorro;

 

Disponen de cuatro dedos por pata,
aunque solo dos son de buena cata,
los centrales, que al caminar tocan el suelo.

 

Se adapta a bosques densos, de tupido velo,
y matorrales, dehesas y zonas de cultivo,
con densa cobertura vegetal, siendo esquivo,
donde hallar refugio y alimento en guarro,
además de adorar revolcarse en barro
y rascarse las espaldas en los troncos
con gustosos quejidos de sordos gongos.

 

Salvo que haya escasa presencia humana,
gustan de salir en las horas de la nana,
detestando estar en el punto de mira
de las escopetas cargadas con ira.

 

Por conseguir vivir en grupos suspira,
liderados por hembras duchas adultas
que saben dirigir sin hacer preguntas:
jefas de piara distinguidas y amadas,
protectoras de las tandas de camadas.

 

Tras gestar durante cuatro meses invernales,
las madres dan a luz sus bandadas de chatos,
compuestas de uno a cinco pares de jabatos
que sorben la leche de sus pezones cordiales
en holgado nido con jergón mullido.

 

Para su pesar, se sirve bien cocido.

 

EL ZORRO IBÉRICO
El zorro ibérico, más pequeño y liviano
que los de latitudes más altas del plano,
arroja de peso de tres a siete kilos;
las hembras menos que los machos intranquilos.

 

No superan los cuarenta centímetros de altura,
y miden, entre morro y cachas de andante postura,
no más de tres cuartos de metro, con creces;
mientras su tupida cola, según jueces,
se queda en la mitad de dicha cantidad.

 

Es de pelaje denso y suave, en verdad;
el dorso entre rojizo y pardo fuego,
lo mismo que la cola de blanca punta;
el vientre gris de semilla de espliego;
de negro el arco que sus patas junta,
y tras amplias y erectas orejas
de excelsa audición, libres de quejas,
en triangular y puntiaguda cabeza
de hocico largo movido con destreza.

 

Amarillos o anaranjados son sus ojos,
de elípticas pupilas de férreos cerrojos.

 

Dispone de blandas almohadillas en sus plantas
para caminar con sordas pisadas tunantas,
de óptimo agarre para diferentes terrenos;
contando sus manos con cinco dedos amenos,
y sólo cuatro sus patas, sin retráctiles uñas.

 

Consta su dentadura omnívora de fuertes cuñas,
de filos caninos, que sujetan y desgarran,
y molares que trituran las presas que agarran.

 

Pequeños mamíferos de su menú forman parte,
no sólo conejos y roedores, que se reparte,
también aves acepta, anfibios y reptiles;
sin despreciar frutos e insectos, que devora a miles,
huevos y carroña (si el hambre aprieta sus ramales).

 

Recorre los bosques, matorrales y pastizales,
zonas de montaña y puntos de humano cultivo,
en busca del diario sustento, zorro furtivo,
al amparo de las sombras marcando territorio.

 

Solitario, suele aparejarse como un tenorio
al final del invierno, principios de primavera,
con ánimo de réplica, no con zorra cualquiera.

 

Antes de dos meses se produce el parto
en su madriguera mullida de esparto,
dando a luz una camada de hasta seis cachorros;
durante varias semanas bajo sus socorros.

 

Son dispersores de las semillas de los frutos,
equilibrando el ecosistema, muy astutos.

 

EL TURÓN
Notable devorador de conejos y roedores
es el turón de antifaz blanco, curado de horrores.

 

Del marrón oscuro al negro tiende su pelaje,
con blancos donde el disfraz altera su encaje.

 

De cabeza pequeña, ancha y algo aplanada,
con hocico redondeado, de triste mirada,
de largos bigotes insensibles a las penas
y chicas orejas que sobresalen apenas.

 

Sus patas de cinco dedos, cortas y fuertes,
de uñas afiladas en que apoya las muertes
que componen su menú y usa para excavar
y subir a los árboles que suele trepar.

 

Su largo y delgado cuerpo, de piernas ligeras,
le posibilita el acceso a las madrigueras
y un rápido ajetreo en vegetación densa,
quedando sus víctimas en pésima defensa.

 

A medio metro no llegan su cuerpo y cabeza,
si no contamos la cola, larga y de una pieza,

 

Los machos son algo más grandes y pesados
que las hembras de las que están encandilados.

 

Prefieren zonas con vegetación y escollos,
proximas a riberas de ríos y arroyos,
zonas pantanosas y bosques de ribera,
y praderas conejiles con madriguera;
evitando zonas montañosas y áridas
entre las cuales se desbordan sus lágrimas.

 

Son carnívoros, con una dieta diversa,
firme, cuyo botín de presas no malversa,
y con ratas de agua entre sus preferencias;
pero de otros platos también firma sentencias
en sus picos de actividad depredadora
durante el amanecer y en la oscura hora.

 

Fuera de la actividad reproductora,
son solitarios defensores de la aurora;
pero cuando se les incrementa el celo
e irrumpe la flor despedazando el hielo,
el macho se torna muy agresivo,
atacando a las hembras 'sin motivo'.

 

Éstas, tras una gestación de mes y medio,
de dos a siete crías paren en su predio;
las cuales nacen ciegas, faltas de pelo,
dentro de las huroneras, en el suelo.

 

Tras dos o tres meses de asistencia,
proclaman su libre independencia.

 

Nadan y bucean con maestría absoluta;
y cuando por la tierra determinan su ruta,
se les suele arquear ligeramente el lomo,
debiendo andar con ellos con pies de plomo;
pues, por sus ocultas glándulas anales,
liberan secreciones poco cordiales.

 

EL ÁGUILA
Poco abundantes son las águilas del entorno,
contada la real, la mayor de las rapaces,
realmente majestuosa, sin excesivo adorno;
de las más capaces.

 

Siendo de tamaño mediano la perdicera;
y la calzada la más pequeña de las vistas,
que más bien debería llamarse ratonera,
de las más listas.

 

La envergadura de la real, de largas alas,
planear le permite en las ondas del viento suave,
a sus anchas, durante su ronda sin escalas;
en sus ojos la clave.

 

Anchas y cortas baten las de la perdicera,
de sus facultades gustosamente felices;
de coloración distintiva, no una cualquiera,
igual a las perdices.

 

El águila calzada, la de menor tamaño,
se distingue por su agilidad sobresaliente
y sus patas emplumadas de nevado paño
que no mancha imprudente.

 

Sirve el plumaje del águila real adulta
para realeza otorgar a su cabeza culta;
y con patas emplumadas de pardo rocío
se protege del frío.

 

De mayor alzada son las hembras que los machos,
curvado el pico negro, fuerte como las garras;
sin que adornen sus cabezas, de tristes penachos,
con código de barras.

 

Poseedoras de una vista aguda en alto grado,
útil para detectar sus presas a distancia
y lanzarse a por ellas como se lanza el dado,
sin fallar por jactancia.

 

Con maña -su dieta no se les sirve en bandeja-,
de toda pieza elevable suponen azote;
y en vuelo, la real su poderío refleja:
es muy veloz, por dote.

 

Siendo encofradora de los pilares celestes,
de planeos prolongados en la brisa esposa,
cae picando durante sus cazas agrestes,
de las presas celosa.

 

En acrobacias la perdicera sobresale,
y por su enorme rapidez cuando al vuelo ataca;
y cazando en pareja, cuya presencia avale,
pronto llena la saca.

 

Más ágil en el vuelo es la de los botines,
que fácilmente toma sus presas por las crines
en las zonas boscosas de media montaña
y matorral con caña.

 

Entre barrancos se acomoda la perdicera,
gustosa del terreno abrupto entre matorrales,
donde sus nidos construye y en secreto vela
de enemigos mortales.

 

La de elevados vuelos gusta para la caza
de grandes espacios abiertos, su mejor baza,
con árboles de talla y escarpado terreno,
corto en refugio ajeno.

 

En las ásperas rocas otean vigilantes
y en arboledas y retamares elegantes,
sin perder un solo detalle su aguda vista
de las presas que alista.

 

Con árboles revestidos de yedra y cardo,
y pinos anidados de escobas de bruja,
alimentan al pollo que más puja
en sus nidos leotardo.

 

La presencia del ser humano las espanta
y el cuervo ataca su garganta.

 

EL BÚHO
El cárabo común, búho de cuerpo robusto,
el mayor de todos los que rondan por la zona,
se ceba con las presas ocultas en arbusto,
a las que no perdona.

 

De gran cabeza y penachos que son orejas,
con un disco facial que canaliza el sonido
y le permite escuchar, moscas sobre tejas,
los despojos del ruido.

 

Sus ojos grandes, dotados de visión nocturna,
extraordinaria visión con la que está al acecho;
desde su oculto observatorio, que nadie turna,
vigilando amplio trecho.

 

A sus presas atrapa con silencio mortuorio,
gracias a la sedosa estructura de sus plumas,
cuando sobre ellas cae desde su promontorio
para salir de ayunas.

 

Seres melancólicos de los bosques profundos,
que con sus "hu-hu-hu-huuu" erizan nuestra piel;
y más si la pareja entabla dúos fecundos,
los dos juntos, ella y él.

 

Territoriales sedentarios, sin escritura,
se apegan a su parcela con uñas y dientes
sus cuerpos de hierro y bronce, serena escultura;
okupas nunca ausentes.

 

- - -

 

En su salvaje parcela habita el búho chico,
con plumas ocres y pardas, con manchas y rayas,
perfecto camuflaje para devorar rico,
saliendo de las sayas.

 

Entre las sombras preñadas, expertos en caza,
con su típico pico de las aves rapaces,
emplumadas sus garras con aislante a la taza,
con umbrosos disfraces.

 

Sus plumas almidonadas amortiguan roces
dotando a su vuelo de silencioso donaire,
atrapando sus presas sin levantar sus hoces
el menor pelo de aire.

 

Busca nidos sin dueño para instalar su hogar,
sentándose un mes sobre los huevos que empolla,
por ambos nutridos hasta que saben volar
y se van de tramoya.

 

La luna entre nieblas, dispersos por la retama,
su suave y melancólico canto mete miedo;
por la brisa transmitido, sin cambiar de rama,
espanto para un Credo.

 

- - -

 

El autillo, apenas más grande que un gorrión,
de ojos amarillos brillantes, parda o gris pluma,
en las cercanías del río silba burlón,
suave como la espuma.

 

Quieto durante el día, camuflado entre árboles,
aprovecha la noche para obtener sustento,
en silencioso vuelo, sin brillos de mármoles;
sus presas en lamento.

 

Diminuto y poco resistente al frío,
emigra en el estío.

 

EL ARRENDAJO
Anida en la zona el llamativo arrendajo,
menor que una corneja, con más desparpajo;
superando en tamaño a la presta urraca,
pero muy distinta en colores su casaca.

 

De vuelo ondulado y lento, y áspero canto
de estridente sonoridad y cierto encanto,
con graznidos y chasquidos diversos;
excelente 'recitador de versos'
e imitador de sonidos del entorno
y cantos de otras aves, como colmo;
replicando incluso gritos de animales,
voz humana, sonidos artificiales...

 

Inteligente, cauteloso y esquivo,
muy difícil de observar por tal motivo.

 

EL MARTÍN PESCADOR
Caza el martín pescador en el agua dulce,
limpia y plácida, en cuya corriente zurce,
con arena y tierra donde excavar sus nidos,
entre caudales que deleitan sus sentidos.

 

Espectacular ave, compacta y pequeña,
pero de gran cabeza, alegre y risueña,
de brillante y colorido plumaje
en azul turquesa de alto voltaje
desde la coronilla hasta la cola,
incluyendo alas, espalda y corola;
de naranja rojizo su vientre y pecho.

 

Su vuelo es rápido, de directo trecho,
con rápidos y vibrantes aleteos,
buscando en el agua pececillos reos;
siendo capaz de detenerse en pleno vuelo
antes de lanzar al agua su pico anzuelo.

 

Son agudas y cortas sus llamadas: un "tsi-tsi"
penetrante y metálico que agrada a su gachí.

 

EL CHOTACABRAS
Es el chotacabras ave de postal,
en tamaño similar al de un zorzal,
pero de más estilizada silueta,
de estirado aspecto, largas alas, quieta.

 

Se camufla entre corteza y hojarasca,
donde de los peligros se desatasca.

 

Es durante el día cuando duerme y reposa.

 

De cabeza pequeña, planea dichosa,
con ágil vuelo, errático y silencioso,
de suave aleteo su planeo nervioso,
hábil para maniobrar hilando sombras,
y cazar insectos con fúnebres honras,

 

Es de ojos grandes, reflectantes y oscuros,
para una visión nocturna sin apuros;
en cambio, su pico débil y pequeño,
al manipular, le hace fruncir el ceño.

 

Su vida entre los brezales transcurre;
entre duna y matorral no se aburre;
y en los claros del bosque y zonas de tala
de sus inmensas virtudes hace gala.

 

Busca terreno ameno con suelo desnudo,
arenoso, para excavar su nido-embudo;
o pastizales secos y hojarasca en crudo,

 

Su trino es suave, vibrante y duradero
-que puede durar como sermón de clero-,
definido como zumbido o ronroneo,
con llamadas cortas y suaves, de deseo,
en las noches en que narran su historia.

 

Es un ave estival y migratoria.

 

EL PICAPINOS
Hallar al picapinos en este paraíso
-muy fácil de identificar, con su permiso-,
era de esperar, pues es buen carpintero;
y toca el tambor con redoble ligero,
compás que marca su huella digital,
impresión que no es de delito fiscal,
con un pico recto de fuerte descarga
que no deja casquillos ni se recarga;

 

Resalta por su plumaje negro y blanco,
con una franja roja en el vientre franco
-en ambos sexos-, y una banda en la nuca,
también roja, en el macho que se educa
en canto variado, manteniendo el tipo
con llamadas cortantes de teletipo,
con un "chik chik" repetido como el hipo.

 

EL ACENTOR COMÚN
El acentor común, otro morador virtuoso,
de tamaño a la par del gorrión (más numeroso).

 

Ave pequeña, de vuelo ondulado y corto,
en su canto musical casi siempre absorto:
un gorjeo fino y discreto, más bien largo
trino de suave acento, defendiendo el cargo.

 

Es su plumaje pardo y gris membrete
y pinta su garganta en azulete.

 

Se mueve astuto por la vegetación densa
donde insectos y semillas su pico prensa.

 

Tan complejo es su sistema de apareo
que será mejor que hagamos escaqueo.

 

EL AGATEADOR COMÚN
Ave chica también, este 'regateador'
(mayor que el reyezuelo, de talla menor).

 

Suele instalar su hogar en las arboledas,
trepando a los troncos como sobre ruedas,
en espiral, usando su cola como apoyo,
en vuelo breve y rápido, de sinuoso enrollo.

 

Canta con un trino agudo y musical
un "tsii-tsii-tsii" que recorre el matorral.

 

Sus plumas le otorgan camuflaje mimético,
acechando en la espesura con gusto poético
los insectos que atrapa su pico frenético.

 

EL ZORZAL COMÚN
El zorzal común es de mediano tamaño;
pintando su alto plumaje de pardo un baño,
y todo el resto blanquecino amarillento,
con manchas oscuras en su pecho contento.

 

Sin que su cuerpo setenta gramos geste,
es, con la claridad, activo y terrestre,
moviéndose con característicos saltos
por el denso sotobosque de hojas y espartos,
con húmedos suelos donde alimento busca;
rompiendo las conchas sobre la piedra brusca
-las de caracoles y babosas de su dieta-;
e insectos y lombrices que atrapa y come,
además del fruto carnoso que asome.

 

Su canto es melodioso, rico y repetitivo,
con frases claras y variadas, ¡amado divo!
que al alba entona sobre árboles en copa,
desde donde el día despide con copla.

 

EL CUCO
Del tamaño de una pequeña paloma bravía,
es la silueta del cuco esbelta en simetría,
con generosas y puntiagudas alas
y redondeada y larga cola de galas;
con plumas grisáceas poco tardas,
aunque algunas hembras son pardas.

 

Su vuelo es rápido, sin fricción,
recordando al de un pequeño halcón.

 

Es famoso por su parasitismo de cría,
colocando sus huevos en nidos sin vigía.

 

Al eclosionar el polluelo del cuco,
del huésped expulsa huevos sin cayuco,
y arroja todos los polluelos al vacío,
asegurándose alimento con hastío
de sus inocentes padres adoptivos,
tan pacientes que no pierden los estribos.

 

Al macho le distingue su "cu-cu";
envuelto en su disfraz de canesú.

 

Usa también la variante de tres notas
para comunicarse con sus devotas,
las cuales tejen un saludo burbujeante:
"kuik-kui-kui-kui-kui" o "pip-pip-pip" más vibrante.

 

También emiten sonidos ásperos y roncos
con la sombra de la amenaza sobre los hombros.

 

De adultos son astutas aves solitarias
que alojan en su buche varias presas diarias.

 

En África disfruta de invernales vacaciones,
sin privarse del plato caliente en sus degluciones
ni tener remordimientos por sus malas acciones.

 

EL RUISEÑOR COMÚN
Ave ilustre por su canto de jolgorio,
muy complejo, con extenso repertorio
de silbidos claros, trinos, gorgoritos
y aflautadas notas surcando infinitos.

 

Principales cantores, de grata melodía,
que a las hembras atraen en época de cría,
lo mismo cantando de noche como de día.

 

Similar en tamaño al de un gorrión,
tan esbelto que sube un escalón.

 

De plumaje pardo rojizo discreto,
excepto el rojo de cola, más coqueto.

 

Con célebre agilidad se anda por las ramas,
entre la vegetación densa de retamas,
enmarañados matorrales con setos
y zarzales de agudos espinos prietos;
siendo más fácil de oír que de contemplar,
por su esencia vergonzosa, fácil de ahuyentar.

 

Con frágiles materiales construye su nido,
que monta en la espesura del suelo protegido.

 

Y al pollito que con el pico abierto le achucha,
de insectos y mosquitos le llena la bocucha.

 

EL PETIRROJO
Es ave muy familiar el petirrojo europeo,
fácil de reconocer por su rápido aleteo,
de tipo rechoncho, más liviano que un gorrión,
y vuelo rasante entre la vegetación.

 

Con canto melodioso y variado se luce,
con trinos y notas aflautadas, en cruce.

 

Canta incluso en inviernos faltos de calma;
imitando también alertas de alarma;

 

Confiado y curioso, suele acercarse a la gente;
y estar posado en las ramas que forman tridente,
bajas o cercanas al suelo, postura erguida,
con pecho y cara de rojiza naranja herida.

 

EL SERÍN VERDECILLO
También hallamos al serín verdecillo,
pintado en colores verde y amarillo,
comedor de semillas, hierbas y brotes
(siendo polluelos, de insectos se dan lotes).

 

El macho tararea rápido y agudo
un gorjeo de patrón estridente y rudo,
y un trino crepitante, objeto de deleite,
semejante al sonido de freír el aceite.

 

Igual canta mientras vuela febril
como posado en elevado atril,
siendo el pregonero de la primavera.

 

De alma gregaria, es ave sin frontera
que bandadas forma con propios y pardillos,
jilgueros y verderones, golfos y pillos.

 

EL CARBONERO COMÚN
Aun siendo de los más grandes carboneros,
no se presta el común a llevar sombreros;
más bien, se identifica por su gorra
y su babero de negra mazmorra;
es de mejillas blancas y dorso verdoso,
con un vientre amarillo listado y hermoso.

 

Se desplaza rápido por entre troncos
con movimientos de súbitos bailongos,
yendo en busca de orugas, escarabajos y arañas
(ni las diminutas chinches escapan a sus mañas);
y engulle semillas, bellotas, frutos y bayas.

 

Adereza un variado repertorio vocal,
con numerosos cantos de llamada y señal;
bien parece que corte con sierrecilla
hasta los pelos ponernos de puntilla.

 

EL JILGUERO
El jilguero común de por estos lares,
algo menor que gorriones ejemplares,
es de colorido típico y modales;
el rostro pintado de roja máscara,
las alas negras, de amarilla cáscara,
y el dorso pardo de armónica belleza.

 

Canta alegre, con asombrosa viveza,
lo que lo encumbra entre las aves más preciadas;
cantor frecuente de melodías bailadas,
gorjeantes y agradables, con líquidos trinos
recordatorios del burbujeo de los vinos.

 

Social y gregario, forma pequeños bandos
en busca de su condumio de trigos blandos
y semillas de girasol, con ágiles vuelos
entre la vegetación que brota por los suelos.

 

Y para serenar las hambres de sus polluelos
busca las semillas de los cardos borriqueros,
llevando insectos a sus picos lisonjeros.

 

LA LAVANDERA BLANCA
La lavandera blanca no es la que lava la ropa:
es un pájaro esbelto que navega viento en popa;
algo más pequeño que un gorrión común resuelto;
en plumas blancas, oscuras y grises envuelto.

 

Forman parte de su menú de elevados gustos
larvas, moscas, mosquitos, gusanos y moluscos;
aunque suele comer semillas en invierno,
cuando no encuentra de su gusto bicho tierno.

 

Ingenua y activa, corretea por el suelo
entre rías y charcos, dispuesta al ágil vuelo.

 

Entona, con gorjeo musical repetitivo,
tintineantes notas y trinos de canción en vivo.

 

Un agudo "tsii-tsii" usa de saludo,
la bandera blanca bordando su escudo.

 

EL MOSQUITERO COMÚN
El mosquitero común, de pico fino y suave,
es una activa, pequeña y felicísima ave
que ronda en la báscula los nueve gramos.

 

Su dorso pardo-verdoso lo adoramos;
de patas oscuras y rabadilla amarillenta,
que vive a lo grande a pesar de su escasa renta;
suele envalentonarse su cola parda
al enfrentarse a la asquerosa moscarda.

 

Especie que se distingue por su canto,
con identificación de seña y santo,
que es una serie de monótonas sílabas,
como monedas sonando en latas jícaras,
euros rebotando en la hucha de las pensiones.

 

Mosquitos y arañas de bajas emisiones,
sin plomo, rebusca entre la mata parda,
y de frutillos, néctar y polen, farda.

 

En primavera y en verano pasa lista;
después, es muy difícil seguirle la pista.

 

LA ZARCERA POLÍGLOTA
La zarcera es un pequeño pájaro,
similar en tamaño de párrafo
a la mosquitera común o curruca.

 

Después del estío, o migra o caduca.

 

Viste uniformado y discreto plumaje
de pardusco y amarillento visaje.

 

Se oculta entre la vegetación densa
sin asistir a las ruedas de prensa,
siendo más fácil de escuchar que de ver.

 

Rápido gorjeo canta por doquier,
grato, ligero, variado y melódico,
con amplio repertorio de periódico,
con muchos cambios entre agudos y graves;
imitando hasta los cantos de otras aves.

 

LAS CURRUCAS
La curruca capirotada lleva capucha:
negra gasta el macho, en tanto que su catrucha
es de castaño rojizo, sin causa de queja.
Satisfacción refleja.

 

Entre marrón, gris o blanco, duda su plumaje;
circulando entre árboles y arbustos del paraje
esta imitadora de pájaros vecinos,
cuyas melodiosas notas y bellos trinos,
desde su elevado atril y oculta garita,
la proclaman dueña y señora del territorio,
tentando a las hembras dispuestas a la cita
¡al curri desposorio!

 

En la época de cría se alimenta de grillos,
además de otros insectos, arañas y larvas,
con los cuales se suele atiborrar los bolsillos,
buscando entre las parvas.

 

- - -

 

La curruca cabecinegra, más elegante
y pequeña que la capirotada, radiante
por su cabeza negra brillante, con anillo
ocular rojo albillo.

 

Una sombra gris en su cabeza la hembra muestra,
que la protege del riesgo que evitar demuestra,
al habitar zonas de vegetación cargada,
propensa a ser cazada.

 

El gorjeo rápido del macho, si recela,
como notas rasposas de áspera manivela,
resultan ser menos melodiosas y aflautadas
que de capirotadas.

 

También disfruta cantando desde alto peldaño
con la misma intención que atestigua su pariente.
Si el tiempo acompaña, de emigrar se evita el daño,
resguardada y paciente.

 

LOS HERRERILLOS
Así llamados por el chirrido metálico,
como de martillo, que su canto vocálico
remeda contra el yunque, idas y retornos;
residentes en los arbolados entornos.

 

Se mueven ágilmente entre las ramas,
realizando acrobacias sin programas
para buscarse su alimento en fajo,
a menudo colgando boca abajo.

 

Herrero, herrerillo, herrerete,
¿dónde cueces tu nido pucherete?
Tu cuna elaboras en cazuela de barro,
con retallos remachada, en árbol charro;
alimentándote sones que mucho comes:
entre orugas, larvas, arañas y pulgones;
y semillas, frutos de enebros y piñones.

 

- - -

 

El herrerillo común, el azul,
más pequeño que un gorrión de abedul,
es un ave atractiva, fácil de identificar,
dado su gorro azul brillante, asunto de azar,
sus mejillas blancas y su vientre amarillo.

 

A su repertorio vocal le saca brillo
con llamadas agudas y melodiosas.

 

Son tan activos que desgajan las rosas
adiestrando peñas de miembros curiosos
con capital social de fondos nudosos.

 

- - -

 

El herrerillo -de segundo, capuchino-
es un elegante pájaro, buen vecino,
algo más grande que el herrerillo común.

 

De cresta blanca con negro borde betún
y un babero negro sobre el pecho blanco
denotan que en su comer es algo zanco.

 

Elige sus alas redondeadas y cortas,
en gris azulado, con dos barras absortas
cuya blancura resalta en sus ojos finos.

 

Amplía su canto con gorjeos y trinos
intercalados con ásperas notas, pero
muy similares al mugido de un ternero.

 

Nos recuerdan sus llamadas de reclamo
las de un reyezuelo convertido en amo,
siendo sus negocios de distinto ramo.

 

LA GALLINETA
La polla de agua, gallineta común,
es ave acuática o terrestre, según;
de tamaño similar a la paloma bravía,
tan dispuesta que no la disuade el agua fría.

 

De plumaje negro, con flancos de blanca lista
(también visible bajo su cola perilla),
de amarillo-verdoso sus dos patas de artista
y un piquillo rojo con la punta amarilla.

 

Aunque su vuelo es torpe, sin dirección ni mando,
de baja altura, con las dos patitas colgando,
con soltura se mueve en la tierra y en las aguas
para saciar las hambres de su boca paraguas.

 

Con su vaivén de cabeza, tímida y esquiva,
se apresura a esconderse para no ser cautiva,
si la amenaza presiente, entre los arbustos,
cautelosa, donde es ella la que mete sustos
jugando al trato o treta.

 

En el comer, observa la mejor receta,
siendo omnívora, abierta a todos los gustos,
consume plantas acuáticas, frutos, semillas,
insectos, moluscos, huevos de otras avecillas,
pequeños peces y carroña sin regustos.

 

Ruidosas y ásperas son las llamadas que lanza
para convocar las gallinetas a la danza
cuando el amor hace acto de presencia
y se incuban los huevos con decencia.

 

Es ave migratoria de la corta distancia,
que en invierno visita Cádiz antes que Francia.

 

EL MITO
El mito, de remota dinastía hidalga
(también conocido por moscón de cola larga,
con la cual su longitud dobla, puede que más),
utiliza sus alas de medida y compás;
pues con siete mitos se alcanza el metro completo;
desplazándose en ruidosos bandos, con respeto,
en un vuelo ondulante y rápido, muy eléctrico,
con aleteo corto y práctico, leve ejército.

 

Evidencia un cuerpo redondeado, casi esférico,
cabeza de pico corto y sistema numérico.

 

Su plumaje blanco y negro y los hombros rosados,
evidencian un mito que se mueve por los prados.

 

Trepadores hábiles, se cuelgan boca abajo
y cazan insectos sin hacer mucho trabajo;
también arañas degustan, semillas y brotes

 

De suave gorjeo son sus musicales dotes,
difícil de captar por la débil transmisión;
más conocidos por sus reclamos de salón
y bellos siseos agudos, como de frotes.

 

EL MIRLO
El mirlo común, ave de tamaño mediano,
más pequeño que una paloma de juicio sano.

 

El adulto macho, negro es por completo,
salvo su óculo visual y pico prieto,
que son de color amarillo indiscreto.

 

La hembra es parda con manchas en el pecho,
y se anda por las ramas buscando techo.

 

Los mirlos vuelan con cortos aleteos;
les mola más ser de sus andares reos.

 

El macho utiliza su aflautada melodía
para ilusionar a su señora con la cría,
intentando demostrar auténtico valor
desde las altas ramas, ¡adorable tenor!

 

Y cuando siente la amenaza, llama a las armas,
emitiendo sus cortantes y ásperas alarmas.

 

De insectos se alimenta, y gusanos, lombrices,
caracoles, frutas y semillas, ¡por narices!

 

EL PINZÓN VULGAR
El macho del pinzón vulgar, en nupcial plumaje,
es lo más llamativo que ha parido el paisaje:
noble cabeza gris azulada, pecho rojo
y espalda pardo rojiza, extasian el ojo.

 

Su canto melodioso, de mucha variedad,
con series aflautadas clamando libertad,
finalizan en trinos de peculiar floreo;
cada macho cuenta con su propio tintineo,
aunque conservando los patrones generales.

 

Emiten señal en sus elevados sitiales,
apuntalando su territorio propietario,
a las hembras atrayendo a su salón plenario.

 

Siendo omnívoro, se nutre de carnosos frutos,
de semillas, de yemas, de brotes y cañutos;
y para alimentar sus nidadas de polluelos
echa mano de insectos de suelos y subsuelos.

 

EL PAPAMOSCAS GRIS
El bueno del papamoscas gris, de cuerpo esbelto,
pequeño, delgado y erguido, pronto y resuelto,
es de cabeza grande, con ancho y plano pico,
y una larga cola que le llega hasta el hocico;
en balanza de azafrán, veinte gramos no pesa.

 

Con su discreto plumaje mil moscas apresa
desde su promontorio escudriñando en cielo
el paso de los insectos que van en vuelo.

 

Su intento de canto gregoriano es un gorjeo,
poco melodioso, de áspero y soso chirrido,
intercalado con trinos de ardiente deseo,
intentando de su soledad sacar partido
y migrar con consorte de corto picoteo.

 

EL REYEZUELO LISTADO
Pájaro pequeñín el reyezuelo listado,
que en su diminuto tamaño se halla enquistado;
de verde oliva brillante su hermoso plumaje,
con código de barras en sus alas de encaje;
y su coronilla de mecánica naranja,
llamativa boina la que en los machos se franja;
toca amarilla la que luce la hembra y consorte.

 

Tasado entre cuatro a seis gramos su peso al corte.

 

Devoto residente de arbolados y bosques,
en los que en su garra engarza insectos picatostes,
en constante movimiento, activo y nervioso;
hurgando hojas y ramas con insistente acoso;
con revoloteos y cuelgues cabeza abajo,
inspeccionando del follaje cada legajo.

 

Es de sabor extrafino su agudo gorjeo,
en tan crecidos tonos como exige el deseo,
de ascendentes y breves series de notas,
que el humano supone roces de gotas.

 

Sus nidos construye con ánsias devotas.

 

EL GALÁPAGO LEPROSO
Galápago leproso, simpática tortuga
que de su ovalado caparazón no se fuga;
oscila el de los peques entre el gris y el marrón,
con resguardo de cabeza que no es de almohadón.

 

Contiene patrones lineales su yelmo duro,
de marca registrada, que salva de un apuro
ante los depredadores, a los que hurta cara,
patas y cola, hambrientos y con la cuchara.

 

Adaptado a la natación no competitiva,
de las hembras gusta que gastan poca saliva;
especie que por menú de carne se decanta,
y que traga todo cuanto admite su garganta.

 

Es activa mientras la sombra no se lo impida,
su existencia dedicada a buscarse la vida
y a tomar sus baños de sol en el tiempo muerto,
regulando su calor como pepino en huerto.

 

Durante los meses en que el frío se descarga,
bajo el fondo de las aguas se aletarga,
o bajo el barro, que no le amarga.

 

EL GALLIPATO
Don gallipato, una salamandra gigante,
robusta y alargada, con elegante cola
que usa para nadar y ocultarse en un instante.

 

Emparentado con el tritón de cresta-estola.

 

Del metro es casi un tercio, desde rabo a cabeza;
con membranas entre dedos que le dan destreza
para dentro del agua establecer su morada.

 

Es de extremidades cortas y gran cilindrada,
rugoso y aplanado, de redondeado hocico,
cuyos ojos oscuros despliega en abanico.

 

Destaca por mecanismo que impide su caza
al sentir de oscuras intenciones la amenaza,
que le permite proyectar sus finas costillas,
por huecos abiertos en remeras escotillas,
como flechas, untadas con deliciosa ponzoña.

 

Como el galápago, no descarta la carroña,
y semejantes son sus costumbres invernales,
ocultos debajo de las piedras o en los troncos,
o entre las vegetaciones, sin suspiros roncos,
sumergidos en el fondo de aguas maternales;
siendo más activos de noche y al crepúsculo,
y todo el resto del día descansan músculo.

 

Coloniza fuentes, charcas, lagunas, arroyos,
y balsillas, acequias, abrevaderos, tollos...

 

Cuando se reproduce no florece la rosa,
siendo su cortejo nupcial de lo más complejo,
tanto que se pueden definir en verso y prosa
sus movimientos de exhibicionismo y festejo.

 

A la flora acuática adhiere copiosos huevos,
individuales o en grupos de a cuatro a relevos.

 

Las fluviales larvas, con branquias y formatos,
desarrollan en semanas vivos retratos
de sus padres gallipatos.

 

LA SALAMANQUESA
Un reptil fascinante la salamanquesa,
lagartija pequeña, que ágil busca presa;
de cinco a quince centímetros de longitud
en cuerpo robusto, de extraordinaria virtud.

 

Larga y aplanada, de suave piel con escamas
de coloración variable, en distintas tramas
que le facilitan un soberbio camuflaje

 

Dotada de redonda cabeza en triangulaje,
donde párpados fijos descubren grandes ojos,
que para mantener limpios de polvo y rastrojos
con su larga lengua le dibuja las pestañas.

 

¡Oh, felinas pupilas verticales, tacañas!,
durante los cortes de luz tan eficaces,
que cuando el ocaso llega niegan las paces
a sombras espesas que cubren la oscura noche
a la que el crepúsculo antecede y pone broche.

 

Dotadas sus patas de láminas adhesivas,
les permiten caminar por paredes lascivas,
incluso techos, de cualquier superficie,
tenga pelos o la distinga calvicie.

 

De longitud similar su cilíndrica cola,
mayor incluso que su cuerpo, la deja sola,
desprendida, como mecanismo de defensa,
para escapar del depredador con hambre inmensa;
aún así, se sigue moviendo provocadora,
en la boca presa del glotón que la devora.

 

Más tarde, se saca una nueva de la chistera,
de gran ayuda para tumbar invertebrados,
insectos cazando con su lengua lanzadera,
ágil de movimientos y para echar los dados.

 

Durante las luminosas horas de los días,
sentada al sol, carga plácida sus baterías;
si advierte peligro, se esconde entre las grietas,
debajo de las piedras o en simas discretas,
abundantes entre las hoces y los cañones.

 

Pero también la encontramos entre los bastiones
y trincheras del matorral y sotomonte,
donde es más factible que el peligro desmonte.

 

EL BARBO IBÉRICO
Poblador del Cabriel, el ibérico barbo,
de un tamaño moderado y con mucho garbo;
de prominente hocico de forma ovalada,
robusto y alargado como hoja de espada,
poseedor de cuatro excelentes barbillones
alrededor de la boca, en sus mentones,
para su alimento detectar del fondo.

 

Su dieta es de insecto mondo lirondo,
de crustáceos, gusanos, larvas,
vegetales, detritus y algas.

 

De vida fugaz, sin entierros ni lápidas,
las aguas prefiere de corrientes rápidas
con prósperos fondos de roca o arena
que aseguran su tienta y gran verbena.

 

Cubren escamas su cuerpo con aletas,
con las que navega sin llevar maletas.

 

Los jóvenes barbos se agrupan en bancos;
de adultos son más solitarios y francos.

 

A la depuración de aguas contribuye,
mejorando el ecosistema que fluye.

 

LA TRUCHA
Con su fusiforme cuerpo, la trucha
soporta fuertes corrientes de ducha,
ayudada de aletas en pecho y pelvis,
en escamas enfundada su epidermis.

 

Ostenta un buen tamaño de boca,
con mandíbulas de pura roca,
sostén de su afilada dentadura,
cuya articulación aprecia dura.

 

La cadena lateral que lo recorre,
vibraciones detecta como una torre
y cambios en la presión del agua
que la rápida corriente fragua.

 

Suelen ser de dorsos menos blancos
que se difuminan en los flancos;
más claros, con manchas de colores
sus vientres plateados de valores.

 

Habitante del río y sus arroyos,
de lagos y manantiales pimpollos,
prefiere el agua bien clara y dulce
cuando fría y oxigenada surge;
constituyendo su presencia gala
que la calidad del agua avala.

 

Ansía migrar al mar, como es de ley,
y volver, colgando al cuello un agnusdéi;
ya que por sus propios medios no puede,
le presta ayuda ecologista sede.

 

LA MADRILLA
Endémica, la madrilla del Júcar,
amante de sus aguas con azúcar
(sin sal, para que todo esté conforme);
es también una especie fusiforme,
de cuerpo estirado, sin vista al frente
y algo comprimido lateralmente.

 

No pasa de veinte centímetros de largo;
su aguda y pequeña cabeza, sin embargo,
con la boca por debajo del hocico,
le permite cebarse en fondo abanico.

 

Su labio inferior es de córneo borde,
cortacésped para su santo engorde;
raspa algas y organismos del sustrato
si nota buen sabor con su fino olfato;
no siendo especie de picar el anzuelo,
por mucho que el peligro se tape en velo.

 

Sus escamas la protegen de los roces
para que disfrute del agua y sus goces;
su dorso es gris o marrón verdoso,
sus flancos plateados, modo grosso,
y blanco su vientre, en feliz reposo.

 

Habita el río y arroyos de aguas claras,
libres de mugre y concurridos de jaras;
con corrientes de moderadas a rápidas
y fondos con guijarros y arenas ávidas.

 

Se decanta por tramos con ribera vegetal
donde refugiarse si suena la alarma y señal.

 

Siendo gregaria, activa durante el día,
suele organizar pequeños bancos con guía.

 

Su reproducción tiene lugar en primavera,
desarrollando los machos bulbos sin mollera
en cabeza y aletas, de nupcias vainica,
con los cuales su lujuria se intensifica.

 

Y en las zonas de freza, fondos de grava fina,
desovan las hembras, ocultas bajo pretina.

 

EL BLENIO DE RÍO
Otro pequeño pez de las aguas dulces,
el blenio de río, de pocos lustres,
pues su cuerpo carente de escamas
es de piel desnuda en varias tramas.

 

Al ser más prolífico en el mar profundo,
por el río vaga como un vagabundo,
y los arroyos que le dan aporte
con sus aguas limpias libres de porte.

 

Cuerpo en forma de estirado rulo,
en cabeza que no es de garrulo;
grande y robusta en machos adultos,
de perfil frontal escurrebultos,
por su forma casi vertical.

 

Y en la feliz época nupcial,
desarrollan una cresta de buen señor,
carnosa y prominente corona de honor.

 

Como periscopios son sus grandes ojos,
en lo alto de la cabeza, sin anteojos,
con los que cosecha una visión de altura,
librando sus espaldas de la conjura;
ojos que a tentáculos dan albergue,
filamentosos y prontos al yergue,
semejantes a señuelos para la caza;
para alimentarse importantísima baza;
pero no la doctoran en aguja gancho,
pese a los brocados que abundan en su rancho.

 

Tiene la boca grande, con labios gruesos,
armada con dientes de filos traviesos
que puede proyectar hacia adelante,
atrapando sus presas al instante.

 

Su forma le faculta para ágiles tretas
en las rocas y refugios de las grietas,
emboscándose para sorprender a sus presas,
las que componen su dieta de larvas burguesas,
acuáticos insectos, crustáceos diminutos
y otros organismos de las rocas y cañutos.

 

Sus grandes y fuertes aletas pectorales
-como un abanico al soplo de las branquiales-
las utiliza de apoyo en el fondo rocoso,
para moverse con salto corto y vigoroso.

 

Sus aletas pélvicas, en posición yugular,
le permiten adherirse al sustrato medular,
firme frente al paso de la rápida corriente,
de la que tan adicto es en cribarla solvente;
siendo su presencia señal de nobleza,
de casta y salud del agua, con certeza.

 

EL SAPILLO PINTOJO IBÉRICO
El ibérico sapillo pintojo,
es un pequeño anfibio sin antojo,
característico por su presencia vistosa,
los ojos prominentes de pupila golosa,
como gota invertida, corazón vertical,
que por videoconferencia recibe señal.

 

Su longitud de los seis centímetros no pasa,
listón que rebasan las hembras de tabla rasa.

 

Su cuerpo es de robusta forma galáctica,
adaptado a vivir en la tierra acuática,
en prados húmedos, con comodidades y lujos,
en los bosques caducifolios, por sus embrujos,
en los bosques de ribera, entre pastizales;
en los matorrales y en las charcas temporales;
en los arroyos, fuentes y puntos de suministro,
en cuyas saunas oficia de pícaro ministro.

 

Su piel lisa, ligeramente granulosa,
de más llamativos colores que la rosa,
de su peligrosa secreción tóxica avisa.

 

Su dorso suele ser de un marrón como la brisa,
con fogosos tintes verdosos o amarillos,
con manchas irregulares de oscuros brillos,
incluso rojizos, que la proclaman "pintoja";
su vientre se aclara mientras los restos arroja.

 

Dotado de extremidades cortas y robustas,
con las delanteras con cuatro garras adustas
y de cinco dedos unidos las traseras,
estilo paraguas, con membranas remeras.

 

Ante la sequía, suele enterrarse en vida,
en barro embalsamada, sin estar dormida.

 

Y si las temperaturas bajan en exceso,
al estado de hibernación activa proceso,
despertando con la dama del cálido beso.

 

Se alimenta de insectos, invertebrados,
hormigas, moscas, escarabajos sagrados
y arañas que captura su lengua pegajosa,
que sin estirarla mucho es habilidosa.

 

Durante el día se oculta en la hojarasca;
es por la noche cuando su lengua zasca.

 

En la época reproductiva de primavera,
los machos emiten 'clics' en mecánica hilera
que a las hembras encantan sobremanera.

 

Suelen depositar sus nutridos huevos
en el fondo de las aguas, no de cebos,
donde se desarrollan los renacuajos
hasta travestirse en sapillitos majos.

 

LA ANGUILA
Constituye la anguila un serpentiforme pez
privado de aletas pélvicas y cualquier sandez;
fusionadas las dorsales, caudal y anal,
en una única línea, continua y cordial;
pequeñas y lobuladas las pectorales,
justo posteriores a las branquias joviales,
aberturas que a su cuerpo dan respiro.

 

Es su piel escurridiza como un tiro,
lisa y cubierta de escamas pequeñas;
y es tan difícil observar sus señas
que da la impresión de virgen desnuda.

 

De tamaño austero es su boca ruda,
con prósperas dentadas mandíbulas,
que retienen sus presas ridículas,
ignorantes que en sus tretas cayeron presas.

 

Migran al agua dulce jóvenes promesas,
del mar procedentes -sin nada que declarar,
pues son un transparente y delicioso manjar,
con la denominación de anguilas de cristal-,
pasando buena parte de su ciclo vital
en el río, estanques y canales,
creciendo poco a poco en sus caudales,
mientras su dorso pintan marrón o verdoso
y su vientre amarillo (o blanquecinoso).

 

Al alcanzar la plena madurez sexual,
se preparan para migrar de vuelta al mar,
reproduciéndose en su espacioso corral,
donde la coloración les vuelve a mudar,
tomando tintes que son de la plata reflejo.

 

Las hembras incuban dentro del propio pellejo,
durante un mes, multitud de huevos sin barbas;
al cabo del cual nacen transparentes larvas,
de unos cinco milímetros de longitud,
pudiendo superar el metro con salud
si en su larga vida son buenas alumnas,
con buen tacto para redadas nocturnas.

 

Su estirada dieta consta de insectos, larvas,
pececillos, gusanos, moluscos con valvas
y crustáceos con pinzas y anchas espaldas,

 

LA CULEBRA VIPERINA
La culebra viperina tiene relación estrecha
con el río Cabriel y sus alrededores, donde pecha
su alimento de peces, anfibios y demás.

 

Su cabeza triangular y patrón en zis zás,
tal vez con manchas, de víbora tiene pinta
sin ser venenosa, dicho de buena tinta.

 

Es muy frecuente verla cerca del agua,
refrescándose del calor que se fragua
en los recovecos de la maleza.

 

Con hambre, presas busca, con certeza.

 

LA CULEBRA DE ESCALERA
La culebra de escalera, serpiente que trepa,
perfectamente lisa, sin dar lugar a chepa;
reconocible por las líneas paralelas
de su cuerpo, como peldaños de escalera;

 

De adulta adquiere unos tonos de color similar.

 

Ágil y terrestre, son los roedores su manjar;
sin ser venenosa, ¡no juegues con ella al billar!

 

LA CULEBRA LISA MERIDIONAL
La culebra lisa meridional
resulta ser serpiente muy cabal
y discreta, cuyo tamaño no impresiona;
de aspecto liso, muy tranquila y bonachona;
de coloración variable, gris o parda,
marcada con manchas en toda su espalda.

 

Su alimento son los vertebrados pequeños,
como lagartijas y reptiles risueños.

 

Aunque suele mudar de piel, no es venenosa;
muerde, no obstante, toda mano que le acosa.

 

LA CULEBRA BASTARDA
La culebra bastarda es de las más grandes,
desde la Península Ibérica hasta Flandes.
Las adultas suelen ser de color verdoso,
parduzco tal vez; y su carácter furioso.

 

Una protuberante uve la identifica,
de la nariz a los ojos haciendo vainica,
dándole apariencia de enfado ceñudo.

 

Ronda los dos metros de largo, sin nudo.

 

Si se siente amenazada, la cabeza eleva,
lo mismo que una cobra, siseante la manceba,
tratando de amedrentar a su oponente;
si no lo logra, intenta hincarle el diente.

 

Aunque venenosa, sus piezas inyectoras
del interior de su boca son las señoras;
siendo inofensiva para el ser humano.

 

LA VÍBORA HOCICUDA
La víbora hocicuda, de entre las de la zona,
es, por venenosa, la que ostenta la corona;
con un apéndice córneo en su temible hocico.

 

Su mordedura, incrustada como a pico,
aunque muy dolorosa, es rara vez mortal
en adultos sanos llevados al hospital.

 

Es chiquita, pero mejor no le pidas cita.

 

Habita en pedregal que a vegetación invita,
no muy alejada del río, de sangre sedienta.

 

Ser precavido ha de tenerse en cuenta
entre las rocas u hojarasca mugrienta.

 


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LOS PUENTES DEL CABRIEL-MANCHUELA
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1. EL PUENTE DE VADOCAÑAS

 

Era Vadocañas lugar de paso
por donde vadear el río Cabriel,
de aguas de fuerte caudal y rebaso,
desde antiguos tiempos de alto nivel;
transitado por personas y ganados,
amén de mercancías de mercaderes;
siendo incluso desde Toledo allegados
con sus lentas carretas y sus haberes.

 

Importante acceso en época romana
de una vía secundaria -desde Iniesta
conectando con la Requena hermana-,
estratégica calzada bien dispuesta,
importante enlace de la Meseta
de la Castellana tierra con el Levante;
por un tramo, el que menos inquieta,
el menos dificil a ojos del caminante,
comparado con las restantes rutas.

 

A dos vías romanas impolutas
servía de encaje: a la de Antonino,
procedente de la noble Iniesta,
y a la que contorneaba, en su camino,
el mediterráneo, Augusta ésta.

 

Vadocañas pudo tener su origen
en una senda ibérica anterior,
del Alfar, de cerámicas rotor,
que las Casillas del Cura erigen
en Venta del Moro; cuyo trazado
utilizado fue por la Cañada Real
de La Mancha, también San Juan llamado;
el término venturreño de tribunal.

 

En las cercanías de Jaraguas empalmaba
con la vereda de la Serranía de Cuenca,
resultando ser de importante tránsito esclava:
de caminantes, ganados y arrieros con penca.

 

-1514-
El trasiego habitual puso a Iniesta en la tesitura
de afrontar la construcción de un puente a prorrata
por el antiguo camino real, de piedra dura,
por Vadocañas hacia Requena; cosa que trata,
harta de ver destrozados los de madera,
cada dos por tres, por las fuertes avenidas;
presas fáciles del agua trocada en fiera,
imposibles de sujetar con recias bridas.

 

El concejo de Iniesta, entrada la primavera,
decide costearlo con un 'repartimiento justo'
entre todos los vecinos censados a su vera,
incluidos los hidalgos (risas), pese a su disgusto
(¡no pagaron ni el diezmo de la parte pechera!).

 

Próximo al lugar del viejo puente romano,
cuya fortaleza sucumbió a las aguas bravas
a pesar de ser de piedra, y de salud sano,
por cruel tormenta que desgajó como a las habas.

 

-1540-
El trece de agosto, una terríble tempestad
destrozó los caminos y puentes de Pajazo,
Vadocañas, Castilseco... y demás, sin piedad;
las comunicaciones cortando de un plumazo.

 

-1547-
Antes de que el puente de piedra fuera concluso,
consta, en este año, que los vecinos de Iniesta
habilitaron uno de madera, difuso,
unos cien metros río abajo, con porte en cesta,
para caja hacer con los beneficios del uso.

 

-1554-
Fue en este año cuando el Concejo de Requena
protestó formalmente ante los vigentes reyes,
cuyas cabezas visibles puestas en escena,
las que habían de aplicar y hacer cumplir las leyes,
eran las de Juana I de Castilla
y Carlos I de España, hijo suyo
(por primera vez sienta el título en la silla),
alarmados ante semejante barullo.

 

Al parecer, y algo más, los vecinos de Iniesta
les cobraban “pontaje” por pasar el puente
de madera de Vadocañas, a mesa puesta;
cortado el del Pajazo, lamentablemente,
que estaba situado a caballo de Contreras,
en las cercanías del actual Cerro del Castillo,
donde la Nacional III puso las agüeras,
tres túneles tapando las vistas del cuchillo.

 

“Hay otro puente más arriba, en el mismo río,
distante una legua, que dicen de la Puenseca,
muy angosto, hasta siete pies, alto, sin fío,
de pretil raso, con ojo que ha menester beca,
muy delgado, en parte áspera, de rajola y roca
unidas con yeso, para gente de a pie y ganados,
que se aventuran a pasar sin mojarse la toca;
con edificio antiquísimo de tiempos pasados."

 

Entre las quejas del Concejo de Requena,
por su Corregidor cursadas, esta amarga:
“para aumentar un derecho que nos apena
rompen de la Puenseca sus palos de carga,
ques una puente muy antigua e franca;
debiendo cruzar el suyo, con tranca”.

 

También cortado el paso de Pajazo,
lo mismo que lo estaba el de Castilseco,
el tráfico de gentes cayó en el lazo,
sin poder pasar por ningún otro hueco
ganados y mercancías, con enojo,
por ser el Cabriel un difícil 'tajo',
debiendo, para no acabar en remojo,
ir soltando por prudencia del fajo.

 

Opinaban los de Villanueva de la Jara
“que los trajineros y pasajeros
que desde el reino de Valencia van de cara
hacia Su Majestad la Corte y cleros
o las ciudades de Toledo y Sibilla,
u otras partes donde están los tratos
más jugosos y más gruesos contratos,
es forzoso que crucen a la otra orilla
sin peligro, sin tierra arrodear, derecho,
por la vía de Vadocañas del río Cabriel,
de la villa de Iniesta término y lecho;
por donde, sin tiempo perder en guerras sin cuartel,
pueden viajar con muy mayor comodidad
que si lo pretendiesen hacer por Castilseco,
por ser como tierra quebrada y sin piedad
y de muy grandes alcores y cuestas en seco,
casi inexpugnables, sin atajar, en verdad... "

 

Finalmente, el Consejo Real concedió la razón
al Concejo de Requena, ordenando los reyes
al Concejo de Iniesta que no cobrara por la acción:
"...fuese lo qual visto, para dictaminar las leyes,
por los del nuestro Consejo, acordado fue mandar,
en esta nuestra carta para vos, el veredicto,
con la siguiente justicia: por río sea o sea por mar,
ordenamos por bien, finalizando así el conflicto,
no consintáis los dichos derechos de pontaje
del dicho puente en modo alguno ni lenguaje.”

 

Se requería para cobrar pontaje
una autorización o privilegio
por parte del Rey o Señor de linaje
en cuyo puente sonara su arpegio;
derecho que aportaba pingües frutos
al recolector de tales tributos.

 

Pecando en este caso de la falta
de tal privilegio o licencia;
por lo cual, la provisión real la descarta,
admitiendo las quejas por su ausencia.

 

Siete años cobrados indebidamente
por atravesar el puente de madera
de Vadocañas -que clavaba el diente
en la bolsa del que cruzaba su vera-;
a no más de cien metros ubicado
del actual puente, aguas abajo,
con las mejores piedras diseñado,
con muchos sudores y trabajo.

 

También cruzaban por otros vados,
balsas, puentes someros de madera
y arremangando sus pies cansados,
para salvar el cauce como fuera.

 

También se acepta que fuera vadeado
mediante troncos ligados o barcazas,
práctica habitual, lo mismo que a nado,
en distintas épocas, pueblos y razas.

 

-1575-
Después de muchos años, con importantes gastos,
se inaugura el nuevo puente, de piedra tallada,
en sillería de gran calidad, nada de trastos,
con buen acabado, robusto contra la riada;
de impresionantes dimensiones de orilla a orilla,
con único ojo de 'ciento y veinte piés en güeco';
es decir, que treinta y tres metros de luz ensilla,
de gran altura, 'carente de adornos u fleco'.

 

En su ojo forma un medio círculo muy perfecto;
y aunque el río que anilla podía ser caudaloso,
con soberbias avenidas, se mantuvo erecto,
sin hacer resentimiento, galante y hermoso;
del pasajero en camino lugar de reposo.

 

Una de las mayores obras de ingeniería civil
del obispado de Cuenca y Reino de Castilla,
puente entre Iniesta y Requena, con seguro pretil,
ambas del mismo obispo y rey en cada orilla.

 

Haber sobrevivido cuatrocientos años de aguas,
previos a la construcción de la presa de Contreras,
avala el mérito del forjador de su paraguas,
cuya inteligencia sorteó tamañas riberas:
'Dicen ser el mayor y mejor de todos los puentes
del reino, con las piedras más grandes y mayores,
procedentes de las mismas rocas de sus corrientes.

 

Transitan carros, gentes y bestias superiores,
de Toledo y de otras partes, hacia Requena,
preludio de la aduana que Valencia ordena.'

 

Es interesante comprobar cómo el puente
conserva todos sus elementos originales,
aun los más frágiles, observados con lente;
como el pretil, con viejas inscripciones y señales,
marcas con casi cinco siglos de historia;
sus fechas, cruces y huecos para soportes,
recorren el pretil, huella de memoria,
sobre todo en su centro, señales y cortes.

 

Es un puente típico, de clásico perfil
de “lomo de asno”, limitado a un solo carril.

 

El puente de Vadocañas se ubica
actualmente entre el término de Iniesta
y el que la Venta del Moro mastica;
divisoria del río muy bien dispuesta.

 

El paraje en cuestión (vado de cañas)
se encuentra justamente a la salida
de las Hoces de infranqueables sañas,
cuando el río ensancha su avenida
y sus aguas se remansan sumisas.

 

Antes del magnífico puente de roca
que hoy contemplamos con amplias sonrisas,
existieron otros de importancia poca,
endebles, sucesivamente depuestos
por las del Cabriel riadas terribles,
y de los que no han quedado ni los restos
-la corriente quemó sus fusibles;
del romano incluso, de fuertes arrestos-.

 

-1760-
En esta época destaca que hubo
un balneario de aguas minerales:
'fuente de Vado-Cañas', con cubo;
por Requena avaladas sus sales.

 

2. EL PUENTE DE CONTRERAS
-1845 a 1851-
Hasta esta fecha no hubo un puente decente,
que no fuera el magnífico de Vadocañas,
para burlar del Cabriel la fuerte corriente
que pocas veces era de las más tacañas.

 

Se construyó bajo dirección y prospecto
del Ingeniero de Caminos Lucio del Valle,
abreviando de Madrid a Valencia el trayecto.

 

El 'Ciempiés' denominado, por su largo talle,
en el paraje de las Cabrillas,
de la carretera en campanillas.

 

Acabó siendo el puente de Contreras,
justo aguas abajo de la represa,
por donde aguas libera prisioneras,
donde la que se va ya no regresa;
construido en los años señalados.

 

Para bajar los tramos inclinados
en zigzag, construyó la carretera
desde el llamado puerto de Contreras.

 

-1972-
Y, por los altos bordes del pantano,
de la Nacional III tendió la mano.

 

3. EL PUENTE DE LA PUENSECA
-siglo XVI-
“Hay otro puente, arriba del mismo río,
distante una legua, que dicen la Puenseca,
muy angosto, de siete pies de regadío;
alto, sin ningún pretil, rasa su rebeca,
de un ojo muy delgado, en áspera parte;
con entradas para gentes de a pie y ganados,
de piedra, rajola y yeso, sin que resalte
su antiquísimo edificio por los costados;
enigmático puente del que no hay memoria,
estando su ubicación en clara disputa
entre Iniesta y Minglanilla, a mayor gloria".

 

En tanto Minglanilla situaba su ruta
como a kilómetro y medio aguas arriba
de Vadocañas, para Iniesta era una legua,
es decir, inmediato al valle que lo esquiva,
el de la Fonseca, en discordia sin tregua.

 

Asunto poco baladí, pues dicho puente
marca la división entre los dos municipios;
y que, según donde se ubique su batiente,
gana terrenos y ratifica sus principios
una u otra villa; siendo que poco hacía
que Minglanilla se independizó de Iniesta,
pretendiendo de su autoridad ser valía;
y su anterior dueña dice no estar dispuesta.

 

Era, con certeza, el puente de fábrica
más antiguo del Cabriel, en mojón lápida,
que otorgaba el paso por la comarca.

 

De quien lo hizo no hay noticia ni marca
y su paso era franco; no se cobraba
ningún derecho a señor, gallo o pava“.

 

-1565-
Según cuenta don Jesús López Montoya,
desoyendo las protestas de Iniesta,
coloca Minglanilla su mojón joya
de la 'Puente Vieja', luciendo cresta,
muy cercano a Vadocañas, y lo empolla.

 

-1618-
Gran finca fue la de la Puenseca,
del señor don Bartolomé de Soria;
aguas arriba de Vadocañas su rueca,
donde hubo un puente que pasó a la historia;
en el siglo pasado ya muy antiguo.

 

La dicha finca no estaba en cultivo,
sin mostrarse en la antigüedad tan exiguo,
pues de venta y batanes fue motivo;
y sus molinos, que se movían con brío,
fueron destruídos por las olas del río.

 

En este año se traspasó la finca
a don Alonso Pajarón de Soria,
cuando el Concejo de Minglanilla brinca
al no soportar la deuda tan notoria
generada por sobre su estructura
por una de las crecidas del Cabriel.

 

La extensión de esta finca se asegura
en la de Vadocañas sobre el papel.

 

-10 de noviembre de 1889-
El mojón entre Iniesta y Minglanilla
cerca de Vadocañas estando sigue,
como si sentado se hallara en silla,
sin haber topado rastro que lo ligue
o vestigio que corrobore y certifique,
manteniendo con Iniesta un continuo pique.

 

Dicho paso se encontraba libre de peaje,
y según contaba el Concejo de Requena,
lo destrozaba Iniesta de forma salvaje;
por económicos motivos de alta pena,
mostrando un comportamiento de claro ultraje.

 

4. EL PUENTE DE PAJAZO
-Siglo XV-
El Puente de Pajazo estaba en Contreras,
cerca del actual Cerro del Castillo
por donde la Nacional III limita fronteras
recorriendo tres bocas sin colmillo,
entre Valencia y Castilla la Mancha,
en un camino real de exigua cancha;

 

Fue para ambas un paso principal,
siendo atribuida su obra magistral
al maestre Pere Compte, gran arquitecto
del gótico civil valenciano:
-¿El artífice de la Lonja?, -¡Correcto!,
y otros edificios de arte urbano.

 

Este puente gozaba del derecho,
en buena ley, al cobro del 'pontaje';
del Concejo Requenil su provecho
por medio de arrendador de vasallaje;

 

-24 de marzo de 1553-
Estando impracticable para el paso
de personas, productos y ganados,
con Domingo Cabra se acuerda el caso,
y con Miguel Gadea; encargados
de su reparo a costa del arrendador
del beneficioso derecho del pontaje,
Miguel Sánchez del Río, con sumo dolor
pese a figurar en contrato dicho gaje.

 

-13 de septiembre de 1554-
Pero año y medio después, por disposición,
rehacer decide el Concejo de Requena
el puente de madera de Pajazo, ¡acción!;
que los ganados herbajasen sin pena,
a costa del Concejo los oficios
y del nuevo arrendador, sin resquicios.

 

El Puente de Pajazo ahora duerme
bajo las aguas del Embalse de Contreras,
junto a la antigua Venta, también inerme,
de Pajazo; sumergidas sus calaveras
cerca de la confluencia de los tres términos
de Villargordo, Mira y La Pesquera.

 

Y el camino real que cruzaba sin vértigos
aún muestra en estado de primera
su tramo por las Cuestas de Pajazo.

 

Antes de alzar el embalse su brazo,
ya el Puente se quejaba del trastazo.

 

5. EL PUENTE DE CASTILSECO
-...1640-
Se encontraba el puente de Castilseco
media legua abajo del de Pajazo,
permitiendo pasar en salvo y seco;
de piedra entero, pedazo a pedazo.

 

Actualmente desaparecido del mapa,
se encontraba entre los lomos de Contreras,
próximo al Cerro del Castillo, que lo tapa,
donde la Nacional III cuelga sus seras.

 

Deshecho el de Pajazo por el río,
a pesar de lo elevado de su coste:
veinticuatro mil ducados, ¡y ni un poste!,
el de Castilseco cantó su pío
por mucho mejor paso y más llano.

 

Para afrontar la obra, dividir se ordena
su gasto entre las ciudades a mano,
villas y lugares a la redonda plena
de veinte leguas de su cuna y plano:
cinco mil quinientos ducados sonoros
(en maravedíes más de dos millones)

 

-3 de junio de 1641-
Sin embargo, Iniesta estalla en lloros
y hace saber su protesta y sus razones
para negarse a contribuir en la labor:
el verdadero puente útil para ellos,
vetando la comisión del Corregidor,
era el de Vadocañas, sin atropellos;
no apreciando del proyectado utilidad
a su villa, por ser paraje fragoso,
despoblado y áspero, a decir verdad.

 

Esta era su protesta, saliendo airoso.

 

6. EL PUENTE DE TAMAYO
-1878-
El puente de Tamayo -citado en la memoria
del río Cabriel, de Martorell, don Antonio-,
que era de madera, de troncos con mucha euforia,
arrastrado era por las riadas del demonio,
en la última de las cuales le sustituyó
uno de vigas de hierro y cemento, ¡chapó!

 

7. EL PUENTE DE VILLATOYA
-1910, carretera N-322-
El puente existente de madera pulida,
en los albores del siglo vigésimo,
dando paso al balneario de Fuente Podrida
por Villatoya (Albacete), pésimo,
en la carretera de Córdoba a Valencia,
su sustitución reclamándose estaba
tras el conflicto armado, con no poca urgencia.

 

-1944-
Se hizo de hierro, el pie puesto en la aldaba
del proyecto de don Luis Dicenta,
del cual noticias hubo de imprenta.

 

Unos sesenta y tres presos con altas penas
a trabajar llegaron en el nuevo puente,
mano de obra barata, presa con cadenas,
dirigida por el látigo reluciente,
en condiciones infrahumanas, sangrantes,
dentro de campanas en el agua hundidas,
que les provocaron muertes fulminantes
por pulmonías y dolencias sentidas.

 

Debido a las malas condiciones de los presos,
fueron frecuentes los traslados y relevos;
dato confirmado en el registro de los huesos
y relatos de sobrevivientes longevos.

 

-1949-
Una crecida sañuda, el maldito puente
se llevó por delante, y la cuenta pendiente.

 

-1952-
Se da por finalizado el puente de hormigón
que actualmente Villatoya pisa con pasión.

 

-Siglo XXI-
Un excelente viaducto señorea, además,
próximo a Villatoya, ¿qué se puede pedir más?.

 

8. EL PUENTE DE LOS CÁRCELES
-1940-
Este puente obra fue de los vecinos,
al quedar inacabado e impracticable
el viaducto de una línea en desatinos,
férrea vía Baeza-Utiel; fallo: ¡culpable!

 

Ubicado en isleta central del río,
salva, dividido en dos partes parejas,
el par de ramales del río cabrío,
con sus barandas de hierro por orejas
y suelo con traviesas de madera en frío.

 

 

9. EL VIADUCTO DE CONTRERAS
-1988-
Entre Villargordo del Cabriel y Minglanilla,
diseño del ingeniero Javier Manterola,
construído mediante voladizos de puntilla
sustentados mediante tirantes de cabriola
y afirmados con hormigón ultrarresistente:
un magnífico puente con balada de viola.

 

Nueve kilómetros mide el tramo de la A-3,
y consta de tres viaductos sobre la corriente:
del Istmo, del Embalse y del Barranco Ciempiés
-que dicen de la Vid por su vértigo impaciente-;
entre los cuales tres túneles perforan roca:
el de la Hoya de Roda, viniendo de Cuenca,
el del Rabo de la Sartén, que fobias provoca,
y el de la Umbría, cuyos Molinos apenca.

 

El del Barranco, o de la Negra Cuesta,
sus doscientos veinte metros nos apuesta
en un descenso que le aproxima
al del Embalse, que mucho estima.

 

Se construyeron de hormigón y acero,
formando dos viaductos gemelos
en empresa de placentero esmero;
libres de las aguas y los celos
sus más de equiscientos metros de largo
y sus no sé cuántos de luz central.

 

El de la Sartén, Túnel del Rabo amargo,
la península atraviesa en canal,
generada dentro del mismo embalse,
sin que por ello haya que mojarse.

 

Dirección Valencia, a su salida,
de dos calzadas gemelas ceñida,
encontramos el Viaducto del Istmo,
de una gran longitud sobre el abismo,
con ochocientos treinta metros lisos
y de hasta sesenta y seis metros sus pilas
de altura de apoyo, siendo precisos.

 

De hormigón armado, en aguas tranquilas,
el Viaducto del Barranco de la Vid
aflora los trescientos metros de lid,
alcanzando los noventa y seis de altura.

 

Apuros orográficos supera
este conjunto de mano de obra dura
de viaductos dispuestos en hilera;
excluido del plan el antiguo itinerario
de la zona de Las Cabrillas, por precario;
evitando el terreno montañoso
que estas agrestes regiones separa,
salvando el embalse en vuelo precioso
cual si digna mariposa lo trazara.

 

El Viaducto del Embalse, de dobles calzas,
junto a los otros dos confirma sus alianzas
para dar el paso por sus carriles
a vehículos públicos y civiles.

 

Las obras requirieron mover siete millones
de metros cúbicos de tierra, en los desmontes,
y emplear quinientas mil toneladas de arpones
de aglomerado asfáltico sobre aguas sin montes.

 

10. EL VIADUCTO DEL AVE-CONTRERAS
-2010-
La línea ferroviaria de alta velocidad
conecta Valencia con lo mejor de España,
potenciando cohesión social y movilidad,
con tres viaductos y tres túneles de caña,
con el privilegio de salvar el embalse
sin el temor a descarrilar y volcarse,
de mejor vista gozando que desde la A-3,
salvando las aguas como vara de Moisés.

 

El tramo ferroviario creado entre Contreras
y Villargordo del Cabriel -de longitud
más de seis kilómetros francos de barreras,
con viaductos y túneles dando salud-
es, de hormigón, el mayor arco ferroviario
existente en Europa y récord de España;
con un viaducto de la mayor luz usuario
(de doscientos sesenta y un metros de caña).

 


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LAS PRESAS DEL CABRIEL
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Las poblaciones al río Cabriel aledañas,
aprovechando los caudales de sus entrañas,
construyeron multitud de embalses y presas,
sistemas de riego para henchir sus mesas,
además de ingeniosos molinos y batanes.

 

Y gracias a estas infraestructuras de titanes
que explotaban la fuerza de la corriente,
cambió su agricultura al cuarto creciente
en lo tocante a hectáreas de regadío,
con la horticultura mamando del río.

 

Al abrigo de su recorrido fecundo,
serpenteante cauce más o menos profundo,
con anchura variable entre sus orillas,
hasta seis presas hubo, todas en cuclillas,
favoreciendo la implantación de cultivos
en las tierras anegadas por sus activos;
sin suponer inconveniente a los tránsitos
de las maderadas en sus lomos rápidos.

 

Los Cárceles, Molino de Abellán, Palomarejos
-yendo de norte a sur las presas con sus aparejos-,
Cuevas Blancas, Presa Quemada y Tamayo
figuran entre las que cantaba el gallo.

 

1 - LA PRESA DE LOS CÁRCELES
Entre Villamalea y Venta del Moro
-de antigüedad remota, probado tesoro-,
se encontraba esta presa de obra regular
-como Presa Quemada y Molino Abellán-,
con portillo habilitado en la margen derecha
para el paso de las maderadas por la brecha;
de ancha dos metros; dos veinticinco de altura;
del Molino de Los Cárceles fiel dulzura,
de cuatro piedras cuadradas y un cubo
que la orilla villamalense mantuvo.

 

Sesenta hanegadas de huerta, con decoro,
regaba en la orilla venturreña del Moro.

 

El citado portillo usaban los gancheros
para conducir los troncos a sus senderos,
río abajo, procedentes de las sierras
de San Martín de Boniches; para las guerras.

 

Pasaban por los Fuertes de Boquilla de Roque,
el salto de Víllora, como piedra de toque;
seguían por los túneles del Gallinero
-desfilando los maderos con gran esmero-,
por el caz del marquesado, el paso del Peñascal
y por el término de Enguídanos, como un vendaval.

 

Por Mira, Minglanilla, Villargordo, Villamalea,
Casas Ibáñez, y más, con los varones sin librea,
hasta Cofrentes; y por el Júcar, hasta Cullera,
donde, cargados en atarazana o galera,
seguían el viaje hasta Valencia o Denia
donde convertirlos en naves se ingenia.

 

2 - LA PRESA QUEMADA
Situada a orillas de las Casas Quemadas,
esta vieja presa de anchuras preñadas
aguanta el río de buenas maneras,
con pilotaje, durmiente y carreras,
de mampostería formando cajones;
en seco, sin excesivas pretensiones:
con tres sesenta metros de anchura,
sondada en dos setenta su altura.

 

Con una rueda vertical de gavetas
regaba de Villamalea las vetas
de mil hanegadas de preciadas huertas.

 

Y allí se afincaban diez casas despiertas.

 

3 - LA PRESA DEL MOLINO DE ABELLÁN
Su construcción remota no está censada.

 

De dimensiones como Presa Quemada,
movía las aspas del Molino de Abellán,
edificado con cuatro piedras y un batán.

 

Contaban con cinco casas de labranza
los márgenes del río, con semejanza.

 

4 - LA PRESA DE PALOMAREJO
Situada en la Cañada de Palomarejo,
y parecida su construcción, como espejo,
a la de Presa Quemada, aunque más modesta
en cuanto a sus dimensiones, pero bien dispuesta:
dos metros de ancho por uno treinta de altura,
regando en la orilla venturreña, se figura,
las cuatrocientas hanegadas de cultivo
de sus cinco caseríos, según archivo.

 

5 - LA PRESA DE CUEVAS BLANCAS
Hecha a imagen de la de Presa Quemada,
a tres metros limitaba su ancha grada,
con dos veinte de altura, bajo cielo abierto;
regando quinientas hanegadas de huerto
en la orilla villamalense, sin complejo.

 

Entre esta presa y la de Palomarejo
se contaban siete casas de campo
con sus cultivos de verdura al palpo.

 

6 - LA PRESA DE TAMAYO
Esta presa estuvo en el puente de Tamayo.

 

Como Presa Quemada construída sin fallo,
regaba cincuenta hanegadas de huertas
moviendo un molino harinero con vueltas,
hecho con tres piedras de buenos calzones
y una rueda vertical con sus cajones.

 

* * * * * * * * * * * * * * *

 

7 - LA PRESA DE CONTRERAS - 1972
En otros municipios hubo otras presas
como las sillas dispuestas en sus mesas;
pero la que posiblemente las jubiló a todas
fue la de Contreras, inspirada en profundas odas.

 

Esta importantísima presa, de riadas solución,
en la confluencia de los ríos Cabriel y Guadazaón
-entre las provincias de Cuenca y Valencia sita,
donde Villargordo y Minglanilla se dan cita-,
se halla encajonada entre afilados cortados,
facilitando el paso sus brazos cruzados
del Mediterráneo con el centro de España.

 

Multitud de riachuelos le brindan pestaña
con sus caudales de la Cuenca serrana,
siendo el Cabriel el que en la presa derrama;
siendo que, aguas arriba, otros son joya,
como lo son el de Mira y el de Moya,
el arroyo de San Martín, etcétera,
que le entregan su fortuna etérea.

 

Exhibe una superficie de tonos turquesa
de dos mil setecientas Hectáreas, cuya artesa
admite los novecientos Hectómetros cúbicos;
entallada en ciento veintinueve metros súbitos.

 

Una central hidroeléctrica se erigió aneja,
para turbinar un gran caudal de la madeja;
debiendo modificarse su facultad
para adaptarla a la modesta realidad,
derivada de razones de estabilidad
que pudieran ser causa de tragedia.

 

Se manifestó su aportación media
como de seiscientos Hectómetros cúbicos/año,
sin obtenerse más de cuatrocientos por su caño,
al haber tenido que limitarse su volumen
al veinte por ciento de la cabida que presume,
debido a la permeabilidad de la roca
sobre la que una segunda presa se embroca,
a unos quinientos metros de la principal,
al oeste, cuyo embalse cierra su portal.

 

Esta segunda presa, la del Collado,
se mueve, y nadie sabe anclar su estrado
a tan difícil geología, puerta de establo,
que puede atribuirse al mismísimo diablo.

 

Pero es que, además, el pantano sin cabeza
tiene filtraciones que nos dejan de una pieza,
al salir en el cauce del Cabriel cascajo,
aunque catorce kilómetros más abajo;
lo que obligó a encajar un nuevo aliviadero
para reducir su peligro traicionero,
como de auténtica espada de Damocles,
si de la presa se sueltan los estoques.

 

Abastece de agua al Canal Júcar-Turia,
salvando a Valencia de sed y penuria.

 

8 - LA PRESA DE PAJAZO
Del puente de Pajazo se utilizaba un ojo
como presa, mediante barrera-cerrojo,
que impulsaba su doble rueda de cajones
en vertical, cumplidora de sus funciones;
con la cual se regaba una antigua huerta
en la orilla conquense, cosa bien cierta;
y los colonos de la huerta expuesta
albergue habitaban de forma honesta
con tres habitaciones para siesta;
y para el ganado sus tres corrales
cuyas aguas escuchaban joviales.

 

9 - LA PRESA 'X'
Otra presa, de olvidado nombre, había,
seis kilómetros más arriba de la encía
que el Puente de Pajazo suponía;
formado de estacas su chaleco;
caballos, fajina y piedra en seco.

 

Trescientas hanegadas en fleco
regaba en la margen izquierda,
sin subir el agua con cuerda,
misión de la rueda vertical de cajones
que la remontaba con atrayentes sones.

 

10 - LA PRESA DE VICENTE
Dos kilómetros arriba del agua brava
del puente de Pajazo, se cultivaba
en las conquenses orillas risueñas.

 

De pura mampostería de peñas,
urdida con pilotaje y caballos,
con tres metros de escarpa sin desmayos;
y análoga la contraescarpa de campaña,
cuyos dos metros y cuarto de altura araña.

 

Con portillo central para las maderadas;
del molino de Vicente alas de palas,
hecho con cuatro piedras y cajones en rueda;
siete hanegadas regando entre la arboleda.

 

11 - EL PRESON DE LA FONSECA
Entre Minglanilla y Venta del Moro, el nido
de este pequeño presón de ramaje y estacas,
que las aguas elevaba con rueda sin jacas,
con cajones verticales de barro cocido.

 

Regaba cuatro hanegadas de abierto poro,
situadas en la orilla de Venta del Moro.

 

12 - LA PRESA DE LOS CUCHILLOS
Enclavada entre los Cuchillos de la Fonseca,
de cuyo caserío, entre la caña hueca,
distaba tres kilómetros aguas arriba.

 

De perfecta construcción arcaica nativa,
de mampostería en seco su sayo,
afirmada con estacas y caballo;
de unos tres metros de irregular anchura
y los dos y cuarto rozando su altura.

 

Motor de dos ruedas verticales de cajones
y de un molino harinero de dos muelas peones,
en la margen este, las aguas reintegrando al rio.

 

Regaba ciento cincuenta hanegadas de plantío
en la orilla manchega, y cien en la valenciana.

 

Cuatro caseríos con casa de labranza y gana
había entre ambos márgenes en cresta,
de Venta del Moro, Villargordo e Iniesta.

 

13 - LA PRESA DE VADOCAÑAS
Don Miguel Risueño, inesteño, propietario
de esta Importante obra, sin subvención del erario;
a base de estacas, durmientes y carreras,
con cajones de relleno, como galeras,
de seca mampostería; variable su anchura,
de tres a cinco metros dispuestos en cintura,
y de dos con veinte su altura estimada,
el paso abierto para la maderada.

 

A caballo entre Iniesta y la Venta del Moro,
de antigüedad generacional sin desdoro,
al estar dotada de excelente portillo,
del Molino de Vadocañas motorcillo
(construído con cuatro piedras y un rodete,
tamizador del trigo su recio ariete).

 

En la orilla albaceteña dispuesto,
frente a un batán en el margen opuesto.

 

14 - LA PRESA DEL MOLINILLO
En las Casas de Cárcel, de Requena,
antigua construcción que el agua llena;
reforzada de estacas y caballos
su recta mampostería sin callos,
más su enfajinado de cauce lateral
que aportaba dos metros de holgura fluvial
por uno coma treinta de alzada en canal.

 

A noria de doble rueda vertical,
que elevaba las aguas en cajones,
marcha daba, regando sus salones
de doscientas sesenta hanegadas
con sus corrientes apresuradas.

 

15 - LA PRESA DE LOS TRANCOS
Entre Casas-Ibáñez y Requena,
del Conde de Cirat, agua serena.

 

De construcción inmemorial, se dice,
de pilotes, durmientes sin deslice
y carreras en seca mampostería,
con anchos cajones llenos de alegría;
de tres metros de ancho por dos de alto;
de la Acequia del Retorno su santo
(a sus siete mil metros prestando bautizo
para regar sus hanegadas de hortalizo
en seis grupos de campos libres de carrizo).

 

16 - LA PRESA DE LA TERRERA
De Casas Ibáñez la presa de La Terrera;
es también de antigua construcción, en su ribera,
como la de Los Trancos previamente citada,
siendo de cuatro metros de anchura su mirada,
por uno y cuarto de alzada en el reguero.

 

Motor de un batán y un molino harinero
de tres muelas en la margen ibañesa,
donde se utilizaban de forma expresa.

 

17 - LA PRESA DE VILLATOYA
Otra presa de construcción remota.

 

De estacas, enfajinado marmota
y parte de mampostería en seco.

 

Recaudaba el dueño por hacerse el sueco
los derechos de autor a las maderadas.

 

Y regaba ciento sesenta hanegadas
de las dignas huertas de Villatoya,
para hervidos y cocidos en olla.

 

18 - EL AZUD DE MIRASOL
Entre los años mil novecientos treinta y cuarenta,
a un kilómetro de los muros de la sedienta
presa de Contreras, los que atesoran calmas aguas,
antes de alzar con trompetas semejantes enaguas,
se construyó el azud de Mirasol, infraestructura
para alimentar la central eléctrica futura
-con la toma de aguas del río
mediante canal de desvío-
de Contreras-Mirasol, puesta en servicio doce años
antes del dos mil, con el fuerte salto de sus baños
sobre sus correspondientes grupos generadores,
con los cuales acabaron las obras con honores.

 

© Diego Tórtola Descalzo
(5 octubre 2024/28 noviembre 2025)

 


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