LA VOZ DEL CABRIEL

Voz Cabriel




LA VOZ DEL CABRIEL

FLORA DEL CABRIEL

SONETOS FLORALES

FAUNA DEL CABRIEL

PUENTES DEL CABRIEL

PRESA DE CONTRERAS


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LA VOZ DEL CABRIEL
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EL CABRIEL, ESPEJISMO DE PLATA
El Cabriel es párpado / de un clavel herido,
que bebe cristales / de un sueño profundo;
se muerde la vista / con un aire ungido,
abriendo sus ojos / al fin de este mundo.

Gigantes de piedra / que prestan avales,
a bosques que flotan / en nubes de arena;
son bibliotecas / de musgos vitales,
que escriben el tiempo / con voz de cadena.

Rosarios de asfalto / que escupen diamantes,
suspiros de mercurio / en un aire ciego;
son flechas de iris / en pulsos vibrantes,
cenizas de agua / que juegan con fuego.

Serpiente de plata / que arrastra la luna,
buscando en el Júcar / su lengua perdida;
no acepta del tiempo / ninguna fortuna,
y borra los pecios / de una vieja vida.

ANATOMÍA DE UN RÍO
En valles de acero / la presa suspira,
Enguídanos quema / sus dedos de arcilla;
el agua es un cuervo / que el cielo retira,
hiela la mejilla.

Desciende el Cabriel / lamiendo costados,
sus hígados rojos / son mapas de viento;
los saltos de espuma / son peces helados,
vago pensamiento.

La piedra es un libro / de cales mordientes,
la frágil calcita / descalza el camino;
florecen los huesos / de antiguos ausentes,
muerto es el destino.

El sauce es un nervio / que busca la sombra,
el chopo es un grito / clavado en la arena;
la alfombra de esporas / al mundo le asombra,
sangre de sirena.

Las viejas banderas / son ojos con lentes,
el aire es un pulpo / de ramas y barro;
se duermen las sombras / de todos los puentes,
humo de un guijarro.

Meandros de vidrio / devoran la tierra,
el Cabriel es perro / que lame la herida;
la hoz es un arco / que al alma se aferra,
cárcel de la vida.

Fonseca es un nido / de piedras sonrientes,
su huevo de cal / se rompe en el pecho;
el río es un párpado / de luces calientes,
pálido deshecho.

El tiempo es un talle / de cuerdas y nudos,
el agua es la lengua / que lame el abismo;
los riscos son reyes / de rostros desnudos
bajo el espejismo.

RELOJ DE CUARZO Y ESPUMA
El Cabriel degüella / relojes de cuarzo,
un piano de espinas / devora el paisaje;
la nube derrama / un silencio descalzo,
huesos de celaje.

Los musgos galopan / sobre lunas fritas,
el hueso del agua / se rompe en la boca;
las manos del tiempo / son perlas marchitas,
la sombra se toca.

El sauce se peina / con dedos de almena,
un pez de grafito / dibuja el olvido;
la tierra se bebe / su propia condena,
el sueño perdido.

El río es un ojo / que mira sin cara,
los bosques de vidrio / bostezan granizos;
la sed de las rocas / se vuelve mampara,
rotos los hechizos.

Un arco de azufre / derrite la piedra,
el Cabriel es hambre / de azúcar y bruma;
el verde columpio / se enreda en la hiedra,
olas de espuma.

La Hoz es un grito / que muerde los lomos,
el aire se viste / con piel de serpiente;
los siglos de arcilla / se vuelven de plomos,
frío impaciente.

La noche se empolva / con greda y Fonseca,
un huevo de sombra / se rompe en el río;
la lengua del agua / se queda muy seca,
de un escalofrío.

EL FILO DEL AGUA Y LA PIEDRA
El río es diapasón / que muerde la pendiente,
las peñas tienen ojos / de vidrio y de espuma,
se rompe su cintura / de plata y serpiente,
baila sobre la luna.

Un coro de goteos / ensaya en la garganta,
la roca es un cuchillo / que duerme en la media,
el grito del abismo / de pronto se amamanta,
ríe su propia tragedia.

Los puentes son costillas / de sueños hundidos,
el agua abre vitrinas / de vidrio sin nombre,
escuchan los guijarros / los ecos perdidos,
sombra que busca al hombre.

El bosque es una barba / de pinos y llaves,
existe un ventanal / que respira en vacío;
se guardan los tesoros / en nidos de aves,
sangre de metal frío.

La tierra saca sables / de caliza dura,
los cerros son puñales / que buscan el cielo,
se corta la neblina / con gran dentadura,
nubes rotas de hielo.

Ya llega el afilador / con chispas de rayos,
su muela es un planeta / que muerde la sombra,
despiertan los truenos / en verdes desmayos,
la tormenta lo nombra.

EL SACRIFICIO DEL CABRIEL
El águila cose / relámpagos rojos,
la Torre es un párpado / de piedra y de sed,
el buitre devora / la luz de los ojos,
cae sobre la red.

Turquesa es el pulso / que late en el cobre,
el sol es un piano / de cuerdas carnal,
la roca se baña / en su música pobre,
grito de manantial.

Las ramblas son venas / de un mapa dormido,
señores con traje / devoran el sol,
el bosque de Hórtola / se siente herido,
bajo un sucio control.

Molinos mastican / los sueños del agua,
la noria secuestra / la luz del ayer,
el hierro se funde / en su líquida fragua,
sed de tanto beber.

Culebras de barro / dibujan los campos,
el Júcar desenvaina / un sable de luz,
el río Cabriel va / perdiendo sus mantos
con apuntes de arcabuz.

El puente de hierro / es un mazo que mata,
la central escupe / vapores de hiel,
el nombre del río / se funde en la plata,
muere el dulce Cabriel.

EL CABRIEL Y EL AFILADOR
En el umbral del tiempo / sueña la piedra fría,
trota el Cabriel descalzo, / vena de luz y espanto,
el reloj de los siglos / su pulso desvaría
bajo un cielo que sangra / sobre el negro quebranto.

Serpiente de mercurio / que lame las costillas
de águilas que devoran / espejos de amargura,
la espuma se contuerce, / rompe sus zapatillas,
en el aire de vidrio / danza la dentadura.

Cuchillos de obsidiana / muerden el firmamento,
el mundo tiene un filo / de garganta cortada,
brotan de la caliza / gritos de pensamiento
y el eco de los buitres / es una puñalada.

El gigante mastuerzo / afila la tormenta,
chispas de castigo / son astros de metales,
su muela de grafito / la lluvia alimenta
mientras el trueno ruge / tras los ventanales.

Hombres de traje gris / con manos de ceniza
roban la savia azul / con gélidos compases,
el agua en sus probetas / gime y se martiriza
y el poder es un buitre / que vuela entre fases.

Se lucía el río, serpiente de plata líquida,
enamorando peñas / con voz asonante y nítida,
mientras en sus rampas, / el agua, loca y pura,
rompía con rumores / de remolino y bravura.

Baila el Cabriel descalzo / con rabia en la boca,
escribe sus mensajes / con dedos de marea,
el afilador aguarda / sentado en la roca
y el alma del abismo / bajo el sol parpadea.

Cruza el Vadocañejo / con su antifaz herido,
la noria es una boca / que masca su reflejo,
llega al Júcar-Caín, / hermano del olvido,
muriendo por su garra / colgado de su espejo.

Iba al matadero, / destino harto cruel,
cursaba tranquilo, / sin caricia ni miel.
Bajo cumbres de águilas / y buitres peregrinos,
bordó su destino / entre cantos y espinos.

LA FLORA
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ENTRE EL CABRIEL Y LA HACIENDA
El pistacho es un príncipe con corona de escarcha,
que devora los campos de un almendro suicida,
mientras la Ceja parpadea y detiene su marcha,
sangre verde vertida.

Los barrancos informales escupen sus cristales,
el Cabrieliño es un nervio que al mar quiere morder,
suspirando en la sombra de los viejos zarzales
con ansia de poder.

Los olivos son bancos de plata y dividendos,
tijeras de relámpago podan la geografía,
cantan las finanzas con acentos de estipendios
bajo la luz del día.

El olfato es un gato que vigila los arbustos,
lenguas de arena beben el arroyo prisionero,
huyendo de las fauces y los violentos gustos
de un tigre de lucero.

Juncos miden la fiebre del cauce carcelario,
bajeles de nubes eyaculan su alto trueno,
bebiendo del oxígeno su flujo mercenario,
al galope sin freno.

Espejos de metal raspan sombras de guijarros,
la pasión es un metro cuadrado de beldad,
nubes pubes derraman sus espumas y sus barros,
gran luminosidad.

Muelas y dientes giran el ahorro del casino,
una marea de esporas viaja sin alforjas,
raspando las arrugas de un camino repentino,
movidas sin lisonjas.

Lianas de insólitos caballetes buscan duchas,
camisas que revientan sus botones de metal,
mientras el mar espera con sus olas y sus luchas
un sueño de cristal.

El río cose ojos en la noche que está tuerta,
autillos en hatillos de luz de rebeldía,
sobre la página de una gran orilla abierta,
a la espera del día.

Luchando entre la azada y el pulmón de la roca,
las ramblas son gargantas de un bostezo abismal,
la Ceja nos observa con su lengua en la boca,
un rito mineral.

El Cabriel es un nervio que al abismo se arroja,
sin ira corre el llanto de un gigante dormido,
la savia de la tierra su garganta despoja
con brío de latido.

Vegetación que reza sus plegarias de espinas,
en zarzales que muerden los tobillos del viento,
los pinos son columnas de esmeraldas divinas,
mudo consentimiento.

Abrazan los pesares de la tierra que llora,
detienen la hemorragia de los suelos cansados,
la raíz es el ancla que el desierto ignora
en cerros olvidados.

Cultivos de aleluyas de un almendro lunático,
olivos que son ojos de una plata de ley,
el campo es un tablero de un ajedrez estático,
donde el minero es rey.

Cantan las geometrías bondades financieras,
con labios de pistacho y un balance de cobre,
podando los destinos con metálicas tijeras,
para que el tiempo sobre.

Acelera el pistacho su corcel de parcela,
al almendro le roba su corona triunfal,
convertido en un príncipe que el mercado tutela,
fecundo y animal.

Ya no esperan el beso de las abejas muertas,
ni se arrugan las cejas por un aire de ayer,
hay voces de bonanza tras las sombras abiertas,
con ansia de tener.

En las llanuras lánguidas las viñas son esclavas,
educadas en hierro por espalderas de oro,
bebiendo los secanos bajo lenguas de lavas,
en un mudo tesoro.

Saciando sed de lenguas en el cauce de un peño,
el olfato es un lobo que vigila el arbusto,
donde el miedo se esconde como un pequeño sueño,
con un sabor injusto.

Escondrijos de sombras del astuto pecado,
para no ser el plato de un violento festín,
el agua es el refresco de un cuerpo condenado,
antes de su motín.

Surgen juncos que miden el pulmón de las olas,
revoltosos de un cauce que no sabe mentir,
bocanadas de oxígeno que se quedan a solas
por miedo a sucumbir.

Aspirando al alba de los océanos mudos,
escapando de celdas de un lecho de proscrito,
los erarios de caña sueltan nudos desnudos
en un hondo infinito.

Hojas que son bajeles de una flota sin dueño,
tripulantes de aire en un río indiferente,
dirigen sus compases en el mar de un empeño,
con bridas en la frente.

Sin amarras que frenen cabriolas de espumas,
vaguadas engreídas de un espejo moral,
cortas olas despiertan bajo un manto de brumas
un sueño colosal.

Bajo nubes de hierro saltan chispas de rabia,
desfiladeros beben su vaporosa esencia,
la garganta del monte de una líquida savia,
declara su sentencia.

Sobre los guijarrales afinan sus cristales,
raspando las oscuras sombras de un metal frío,
derrames de esperanza por los cauces fluviales,
en un eterno río.

Vientres algodonados de nubes lujuriosas,
eyaculan el trueno de un caballo sin freno,
descargan sus pasiones de manera impetuosa,
en un rincón sereno.

Relámpagos que son amantes de la hermosura,
hidratando las tierras con su fuego mojado,
metros de agua bendita pora siembra futura
en el campo agobiado.

Baja el agua saltando por un lecho de historia,
rumorosa gimiendo su sendero de luz,
grabando en la garganta la señal de la gloria,
cargada con su cruz.

Bocas que no son fauces en el lodo que gime,
líquido que serpentea por un pecho de amante,
sollozante el arroyo que la roca deprime,
como un puñal errante.

Ramblas que son depósitos de bancos de arena,
financiando a la madre con un caudal de vida,
hipotecas de agua que no arrastran cadena
por la senda elegida.

Bajeles de nubes en un viento borracho,
soltando el equipaje de una lluvia infinita,
resinosas las piñas en el brazo del macho;
son del aire tiritas.

Barcas de troncos vivos en la orilla del tiempo,
brújulas traicioneras marcan rumbos de racha,
inmutables al miedo de un oscuro contratiempo,
en la primera gacha.

Etéreas corrientes sin maletas ni alforjas,
aguas que no rebobinan su trino de cristal,
vibrando con el eco de metálicas forjas
su sueño mineral.

Artilugios de muelas con sus dientes de hierro,
secuestrando los chorros de un caudal de ahorro,
ruedas que son cubos de un antiguo destierro,
bocas bebiendo a chorro.

Encallan las palas en un barro de olvido,
llenando con paciencia los tarros del abismo,
frente a la roca inerte de un silencio perdido,
con un hondo cinismo.

Caballete de ramas atril de la corriente,
vigila el sauce lianas que buscan seca ducha,
lejano el almendro con el oído pendiente,
ganando cada lucha.

Deambula el agua desde los altares del cielo,
sin ser del telégrafo mensajes de metal,
noble fruto de ramblas que no tienen consuelo,
en un sueño fatal.

Añoranza del faro del salitre perplejo,
bañada por la luna de una clara madeja,
escarpes rocosos que reflejan su consejo,
miedo que no se aleja.

El agua se evapora rompiendo sus cadenas,
enrolada en las nubes de un rayo de voltaje,
repitiendo el ciclo de sus hondas penas,
con el viento por paje.

El río cose orillas con la noche ya tuerta,
enhebrando sus ojos en la luz de la vida,
marcadores de ciclos con la puerta entreabierta,
por la senda florida.

Broza y maleza danzan sambas en la roca,
mientras escobas de bruja barren el suelo;
ángeles de ramuja besan su blanca boca
bajo un blondo pañuelo.

Cuevas sordas escuchan gritos de tordos ciegos,
aceite virgen precinta las ortigas sordas;
navajas de la luna cortan los dulces ruegos,
distrayendo las ondas.

Laderas se trenzan con culebras de madera,
raíces que husmean el oro de la riqueza;
el Bóreas ahuyenta la luz de la pradera,
con destreza y fijeza.

Caminos de herradura suben rampas de espanto,
carros esquivan trampas de rocas asesinas;
las galgas prietas sudan un lúgubre quebranto,
entre mil cicatrices.

Cortinas de polvo levanta el viento mendigo,
hojas acorchadas mesan el tronco ronco;
el bosque se deshace como un viejo testigo,
en el fondo del tronco.

Duendes sin desmayo duermen en las alfombras,
la hojarasca se embuda en un baile de luto;
los nardos de retama cantan entre las sombras,
el secreto del fruto.

Ombligos de la tierra alimentan al pobre,
olivos políglotas hablan idiomas mudos;
almendros con mopa son el mejor cobre
en los tiempos desnudos.

Pinos embriagados beben copas de resina,
agujas en la proa de un barco pura danza;
la tierra prestamista su tesoro domina,
con su fiel balanza.

Conservatorio de nutrientes umbilicales,
gobierno de terrones que no gasta recursos;
raíces sin dientes beben en los manantiales
de los primeros cursos.

Historias escritas en la carne de la arcilla,
cardos y espigas marchitas son sus poemas;
margaritas que lloran sobre la vieja trilla,
bajo oscuros esquemas.

Poderoso olivar en su fragancia de virgen,
llama que no se apaga en la grasa ambidiestra;
aceites filtrados buscan su propio origen
en su danza maestra.

La llama viva del aceite virgen extra,
líquida grasa de cualidad maestra;
con el agua nunca se la ve de fiesta
en la mesa nuestra.

Flota en su cama aunque al agua no se una,
hojas de olivo que adornan la blanca paz;
fruto que da fama bajo el brillo de la luna,
con su propia faz.

Hojas de romero con impresos circuitos,
ramas taquígrafas que roban luz al día;
troncos encadenados a los pasos benditos
de la geografía.

Abrazan la tierra sin suela pero con paso,
ningún árbol recula frente al don del abismo;
viñedos que son literas para el ocaso,
con un hondo mutismo.

Raptos de tesoros con fusiles de espanto,
tributos de guerras en el perfil sonoro;
la gente hostil se envuelve en fúnebre manto,
mientras llora su oro.

Olas de mieses que abaten sus traveses,
unánime caída bajo el brazo del viento;
espigas doradas sueñan durante dos meses
el final del tormento.

Luce el ababol su gran corona de estola,
alas que son refugio de abeja pipiola;
en la madrugada de una roja corola,
bajo la farola.

Ensayan al son con el fuego de la pasión,
ascuas de rones en las escobillas fatuas;
la brisa perfuma el columpio del corazón,
como bellas estatuas.

Llegó la siega con sus hoces de mordisco,
un mar de espigas que no tiene ni una esquina;
el montón se eleva como un mudo obelisco
hacia la neblina.

Muelas de molinos tras la trilla del trino,
cebadas para el macho con su bula de paja;
pan de avena y trigo para el viejo destino,
que del tiempo se desgaja.

Autopsia de la brizna en el hilo del hambre,
la existencia desprende su faja de trofeos;
ensartar el mundo como un gris enjambre,
con tristes rodeos.

La máquina es una fábrica del cavernícola,
asegura en la mesa el bocadillo de Adán;
trigo que es un feto de una estirpe agrícola,
dentro de su pan.

Noche embaucadora con su aullido de lobo,
contralto de perro que a redadas camina;
la luna exclama bajo el lúgubre robo,
que el miedo ilumina.

Ocultos broches de zozobra son velo,
el azor despierta vigilante en su rama,
tomando el botín bajo el lúgubre cielo,
mientras lo reclama.

Otea la luna el trigo que se hace verde,
busca en el olivar el grano de almazara;
pisaverde que al tiempo nunca jamás muerde,
con su risa clara.

Aceite para ungir la ensalada de espejos,
desatado el hueso de su canica interna;
luna llena que borra los tristes reflejos
en la noche eterna.

Ritual de luciérnagas en ciénagas de asco,
embellece su cuerpo de luz intermitente;
valiente se mira en el cristal de un frasco,
frente a la corriente.

Flash de un lenguaje de luz muy codificada,
insinuante mensaje que la hembra traduce;
macho de escarabajo con su faz malhadada,
que al deseo luce.

Aliento de piedras que llenan sus pulmones,
aire compacto que silba sobre el tacto;
polvo de siglos con dedos en los gatillos,
en un fiero pacto.

Chasquido que golpea antenas de grillos,
en el abdomen grueso de la tierra buena;
berras que se aglutinan bajo los estribillos
de la luna llena.

Brotes que invitan al ave que bosteza,
hojas que se baten contra brisas de acero;
álamos con sonrisas de una extraña belleza,
en el desfiladero.

Enredaderas ostentan sus collares de oro,
desde pies del tronco a copas solares;
ocultos tesoros guardados con decoro
en los manantiales.

Hojas en sierra siguen sus crueles hábitos,
segando las ramas que buscan el sol alto;
crestas hilanderas de hilos muy dramáticos,
sobre el fiel asfalto.

Chopos hojirrascos lamen el dulce ocaso,
vigila el sauce lianas que buscan garrucha;
luna de trigo que detiene su gran paso,
en su eterna lucha.

Árboles calvos que el otoño desnudó,
expuestos a la intemperie sin ningún moño;
inútiles ramas que el tiempo ya segó,
al final del otoño.

Barba y honor sobran en los viejos suelos,
máquinas que paran su motor de ceniza;
agujas de frío que bajan por los celos,
mientras el sol graniza.

Invierno largo mueve su hocico de escarcha,
ramas en abanico que nadie puede ver;
el caracol resuena y comienza la marcha
hacia el amanecer.

Ingles ramudas desnudas por el ganchillo,
puntas invisibles de un porte de palillo;
hilvanes de seda que cierran el pasillo
del cielo amarillo.

Doctorada a distancia la tierra no derrocha,
primera en los cursos de umbilicales jugos;
pinta su milagro con la punta de una brocha,
lejos de verdugos.

Labrada de cardos y de espigas ya marchitas,
mil pétalos de margaritas en el suelo;
historias de carne en las piedras infinitas,
bajo el negro velo.

Llanura de viñas en literas serpenteantes,
balcón del Cabriel con sus lunas de perfil;
vueltas y revueltas de recuerdos caminantes
con un gran candil.

Pipiola la abeja busca el néctar del amor,
mostrando su intimidad sin ningún pudor;
espigas ensayan al son de un viejo fragor
bajo su calor.

Atados de haces cortados por frías hoces,
futuro alimento de las muelas de molino;
suplican las paces tras los violentos roces
de su triste destino.

Cebadas y pajas son la bula de la mula,
abrigo del establo contra el viento cruel;
el pan de los campos que en tiempo se modula
en su propia piel.

Autopsia de paja en el hilo de migaja,
la existencia desprende su faja de rodeos;
la horca recoge lo que el destino desgaja,
en lúgubres deseos.

EL ÚTERO DE ACERO
La máquina es un útero de acero y de frío,
fábrica de un trigo que es un feto mortal;
Adán come en su mesa un bocadillo de río,
metal del pan ancestral.

Embaucadora noche con su lengua de asalto,
el lobo es un contralto con garganta de imán;
la luna tiene un rostro de mercurio y cobalto.
Sombras de perros vendrán.

Escuchan los latidos de los broches de sombra,
zozobra de ramajes con un lúgubre arnés;
el azor es un ojo que la noche no nombra.
Vigila el tiempo otra vez.

Otea la luna lambrusca el trigo esmeralda,
pisaverde que busca la canica del hueso;
el aceite es un río que desprende su falda.
Almazara del exceso.

Alegra la negrura con la faz de la luna,
ritual de luciérnaga en la ciénaga de gas;
el cuerpo es un espejo sin luz de fortuna.
Brillo que mira hacia atrás.

Mensaje de la hembra sin sus alas de seda,
macho de escarabajo con un traje de miel;
la marisma es un sueño que la luz no concede.
Ritual de gala en la piel.

Aliento de presiones en pulmones de piedra,
el aire es un martillo que silba su metal;
siglos de impacto sobre brazos de hiedra.
Dedo en gatillo fatal.

Álamos con sonrisas de un tesoro de plata,
peinan los aires tercos con collares de sol;
enredaderas beben una luz de escarlata.
Crisol de un alto farol.

Hojas que son sierras segando todos los ánimos,
destejiendo marañas sin un rumbo de luz;
crestas hilanderas de hilos muy dinámicos
cargan liviana testuz.

Los chopos hojirrascos lamen el dulce ocaso,
bocas que se abren a la luz del desmayo;
caen en el barranco del sueño paso a paso.
Luna de trigo y de rayo.

Muchos árboles quedan con el moño rapado,
otoño es un barbero de inútil honor,
afeitando las ramas de un invierno helado.
Sin el ruido del motor.

Troncos que se duermen en el largo letargo,
hocico de escarcha que se mueve al pasar;
abanicos de ramas con un trino muy amargo.
Nadie se puede salvar.

Caracolas rudas en las ingles copudas,
el invierno teje su ganchillo moral;
hilvanes invisibles de conciencias desnudas.
Porte de planta animal.

Bujía del sol que insufla vida a la cepa,
procesos de un rito que busca el raudal;
la luz es un insecto que por las venas trepa.
Beso de un manantial.

Filigranas de hojas son antenas de ensueño,
varitas de azúcar de un rayo de mar;
Iberdrola no paga al astro trigueño.
Su dulce cadena es solar.

Acupuntura de un rayo que cura la sed,
bombón de bodegas que reclaman el mosto;
pesca de luz viva con una mágica red.
Hambre de un eterno agosto.

Flechas del sol reinan sobre el trigo y avena,
ley de fuego impuesta por un arco voltaico;
mendigos de chispas en la noche de arena.
Brillo del rayo arcaico.

Hojas ralentizadas por caprichos oscuros,
ventiscas de luz que la rama ya domó;
focos de rayos que desvisten los muros.
Sombras que el tiempo besó.

Ramas melancólicas bajo heladas derramas,
añoran el oro de un follaje taller;
el sol es un amante de las pálidas camas.
Sin el poder de querer.

Traqueteos de huesos en la tierra en juego,
tallos con artrosis de un trigal de metal;
maraña de pajillas con un tacto de fuego.
Sin el olor del rosal.

Espesuras de oliva son el nido del bostezo,
pellejos de aceite con sabor a jazmín;
camomila que endulza el final de un tropiezo.
Olivas en el festín.

El Cabriel es un ojo que devora el espejo,
bajo el rayo de un mundo que ya nace viejo.

EL MERCADO DE LA SABIA
El fruto de la parra amamanta a los mares,
volcando uvas de luz en depósitos fieros;
lana de alcohol recorre gargantas solares,
¡beben los campaneros!

Escenarios de arcilla con altura modesta,
tienen miras de vidrio bajo el pino y la encina;
una pátina azul en el campo se acuesta,
vuela la golondrina.

Pinos jirafa doblan sus cuellos de madera,
por la moneda esquiva de una luz de mercado;
compiten por las flores en la azul frontera
de un sol resucitado.

Abanicos de agujas pinchan discos solares,
en las salas de música de cerros flauteros;
el viento es un violín que recorre los mares
de verdes aguaceros.

Las cuscas traen ráfagas de mangueras bruscas,
sacudiendo la carne de una imprudente rama;
convulsos los ramajes en los que te ofuscas,
es su lúgubre fama.

Enchufados con rabia a la entraña de tierra,
con puntas que son lañas de un herraje demente;
la lluvia con sus gubias el cimiento destierra,
de la vieja vertiente.

Barrancos que son nudos de cabezas de roca,
pinos jueces que atan sus raíces de espanto;
el equilibrio huye de su amarga boca,
sin aval ni quebranto.

Serpientes de madera buscan muelas y garras,
sorbiendo el bebedizo de un cristal sin envase;
bebiendo los nutrientes de las rocas bizarras,
antes que el tiempo pase.

Raíces en el "do" de un rol sin la palabra,
exhibicionistas desenterrados por saña;
el diluvio feroz que la montaña labra
en su lengua de patraña.

Alzacuellos de pino que la banca no fía,
trepadores de cuellos que buscan las alturas;
fronteras de devotos con la corteza fría,
motas en sus figuras.

Brazos del aire loco, corcel de la aventura,
saludan a las barbas de un pino sin destino;
ofrecen a la brisa su sombra más oscura,
al borde del camino.

Silban cuando los dedos del vendaval pelean,
doblando ventiscas con sus cartas de brisca;
las pérdidas del bosque los troncos clarean,
en la montaña arisca.

Encanecen los flancos por los rayos de sombra,
mientras la cresta toma su relevo de acero;
el suelo es una alfombra que al rayo renombra,
combustible somero.

Aguijones que zurcen las piñas con el cielo,
tomando del sol hebras de luz muy lampiñas;
disputan la corona con un gélido celo,
entre verdes campiñas.

No se acepta la Visa en los troncos de altura,
¡que corra la energía de una brisa sin nombre!;
no hay botones ni pantallas en la encorchadura
que limiten al hombre.

Los dientes del piñón ya muerden la arcilla,
emergiendo tapices de agujas pacientes;
cuervos de voz ruidosa cantan en la orilla
sus verdes expedientes.

Alzarán las copas con piña colada y vino,
con cubitos de hielo de un pedrisco de acero;
horquillas contra el viento de un fúnebre destino,
bajo el sol prisionero.

Las ascuas de la tarde expanden ojos rojos,
deleite de una vista que el ocaso desata;
descanso de pupilas en los viejos rastrojos,
de una luz escarlata.

Líquida lana corre por todos los lagares,
bebiendo de los mostos de un depósito ciego;
gargantas que son tubos de espejos y azares,
con un pulso de fuego.

Jirafas de madera que buscan las estrellas,
doblando sus cinturas en la danza de flores;
la luz es una virgen que no deja huellas
a sus adoradores.

Muelles e indolentes las serpientes del fango,
buscando con sus uñas el agua sin envase;
bailan en el abismo un lúgubre tango
con director de clase.

Agujas de coser los relámpagos del viento,
alfombras de pardo que el rayo ya carda;
el bosque es un reloj con su propio tormento,
que la noche resguarda.

El sol es un disco que se esconde en el risco,
mientras el hielo muerde la piel del pedrisco.

TIEMPO DE GRILLOS
Viejos árboles visten sus ponchos de corcho,
en su cuerpo chaparro que el frío acorrala;
calendarios de sed con un sabor de bizcocho,
donde el tiempo exhala.

Jefes de batallones en bastiones de arcilla,
fijos a la tierra con hebillas de hierro;
veteranos que gritan sobre la mansa orilla,
lejos del destierro.

Radiación solar que el árbol pide con celo,
narrando sus historias en un libro de seda;
diccionario de luz con su pluma de cielo,
donde el sol se enreda.

Fuerzas de ocupación que del álamo saltan,
pelusas de los chopos buscando su terreno;
dientes de león que por el aire se exaltan,
en un cálido seno.

Cenizos sin destino, sin freno ni repulgo,
revolotean campos con un hambre cerrada;
errantes sin rumbo en el rastro del vulgo,
bajo la mirada.

Cigarras orquestan su orgasmo de verano,
morse de los altares en la copa del sueño;
cantinela que el sol devora siempre en vano,
con un mudo empeño.

Le toma el relevo el grillo trasnochador,
oculto en las sombras de una noche de orgía;
esemeeses de luz para un mundo de amor,
en su melodía.

Dobladores de estrellas en el tablero oscuro,
encestes de tres puntos desde el brillo infinito;
la voz de los grillos contra el tiempo más duro,
con un dulce grito.

Coraza negra oculta en las grietas secretas,
guitarra monocorde de una saeta impura;
raspan sus alas muertas para citas inquietas,
bajo la llanura.

El grillo saltador que por la noche teclea
el piano de jalea para arrullar al frío;
canción de melopea que la estrella marea,
lejos del vacío.

Ortiga y romero bajo el cuervo de acero,
mascullan su sentencia de "aquí me planto";
manto de la noche que se viste de lucero,
un mundo de llanto.

Brazos del amanecer en la noche autoritaria,
un crupier floral con urticaria de verde;
pétalos centrocampistas con ley estatutaria,
donde el tiempo pierde.

Ruletas juerguistas de los brotes de aspa,
capullos que despliegan sus hélices de horma;
vientos que pulsan botones en piel de raspa,
bajo cualquier norma.

Espadillas galantes que se yerguen de punta,
césped que al cielo su gran verdor inclina;
peine de los vientos que a la luz se le junta
en la oscura neblina.

Se dobla la espiga cuando el grano le pesa,
buscando la mano de su hermana de arcilla;
la segadora verde con su lengua de fresa
rasura su mejilla.

Guadaña que muerde la cabeza del trigo,
paso lento de un metal que no sabe de paz;
la muerte de la espiga es un fúnebre castigo,
tras su propia faz.

Pulgares de ramas con sus tablas de cálculo,
multiplicando hojas con los dedos del sol;
dividen compases de un extraño obstáculo,
bajo un gran farol.

Pilares de hojas que suman mil millones,
raíces cuadradas de las parcelas eléctricas;
embelesadas hojas en sus propios rincones,
con sus dialécticas.

Otoño de plomo con sus rayos de oficina,
timbales de piel en un invierno de acero;
el astro se asoma con su faz de mandarina,
desde el sumidero.

Nueve horas de estancia con su triste alpiste,
alba de sombras que el sol viste de plata;
invasoras del ocaso que el mundo resiste,
mientras el sol mata.

Colores que corren al rojo y la ceniza,
hojas caducas que el árbol desliza al vuelo;
metamorfosis que el invierno profetiza
bajo el negro velo.

LA COMPUTACIÓN CUÁNTICA DE LA HOJA
El campo se ha quedado sin su botín de flores,
el grillo ya no rasga su violín de metal;
muere el do de pecho de los viejos tenores
en la barra fatal.

Libreprensadoras de hojas y de memorias,
las cabras son estómagos que devoran letras;
comen diccionarios y mastican las glorias
en sus tripas inquietas.

Trompetas de otoño claman un bando fiero,
tambores de invierno vienen ya de camino;
árboles desnudos bajo el cielo de acero,
ante su destino.

Brindan las pintas de la flor del almendro,
incitando insectos al pétalo de altar;
respetad al bicho que busca el encuentro
bajo el frío polar.

El cielo se cubre con su blanca mortaja,
nubarrones grandes de planta de fusil;
ni un tiro de plomo su sombra rebaja
en su oscuro carril.

Nubes transportistas que rompen los moldes,
rebaños de agua que el viento no achucha;
pasiones isobaras con locos acordes,
en la eterna lucha.

Canales de plata de cuchillo y cuchara,
besando la tierra con agua que la amasa;
el aula del monte da su clase clara
por donde ella pasa.

Fragancia de vista que el artista declama,
la primavera mueve su verde batuta;
horma clorofílica que el genio amalgama
en su propia ruta.

Dictado de eslabones que el cromosoma une,
seis carbohidratos en danza de imanes;
operación de luz en la noche inmune,
con sus mil planes.

Antenas de pigmento, colectores rojos,
sorbetes de luz que beben los fotones;
mientras los verdes pintan sin sonrojos
todos los balcones.

Fachadas de clorofila para el gran paso,
carbodióxidos duermen al raso del frío;
oxidrovejas que vienen del ocaso,
desde el hondo río.

Llegan por tuberías que el suelo coloca,
mirando hacia Cuenca las ovejas decentes;
seis caballos de gas muerden fértil roca,
en las mil vertientes.

Capturados del aire con sus buenos tratos,
procesados como series de datos humanos;
computación cuántica de hilos y de platos,
en los verdes planos.

Difícil proceso por mil multiplicado,
resuelta a la callada la gran operación;
remachando partes en el fuego sagrado
de la creación.

Fotones rojos esquilan la piel de nieve,
arrancan hidrógenos a fuego muy lento;
mieles de energía que la luz promueve
bajo el pensamiento.

Perlas de carbohidratos de un collar fino,
circulan por redes de fiel nanotubo;
sin garrucha ni cubos siguen su destino
por el verde tubo.

Oxigenovejas de toxicidad viva,
emparejadas cual tejas en la escotilla,
escupidas serán como amarga saliva
por la barandilla.

La hoja es un servidor que no admite quejas,
tejiendo vida sus mil alcantarillas;
el invierno nos resta sus maravillas
con gélidas rejas.

EL SUEÑO DE LA CLOROFILA
Un ojo de verde / que el tiempo vigila,
anillo de plata / donde arde el magnesio;
la cola de fitol / de la clorofila,
amarra con luz / al ser adefesio.

Al agua del suelo / le arrancan los ojos,
paredes de mármol / que el sueño requiebra;
la planta rechaza / los viles antojos,
urdiendo el camino / que el sol desenhebra.

Seis sombras de aire, / seis lágrimas puras,
la atmósfera entrega / su pan invisible,
la luz se enriquece / en sus ligaduras,
obteniendo el azúcar / de algo imposible.

Descorchan relámpagos / líquidas gotas,
Jericó se hunde / en un vaso de arena,
el agua es un pájaro / con ases y jotas,
que suelta el hidrógeno / y olvida su pena.

Soldando el suspiro / al fantasma del aire,
la dulce fructosa / se vuelve un destino,
mientras el oxígeno, / con mucho desgaire,
se expulsa del tallo / por un flujo fino.

SONETONE FLORAL
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EL AGUA VIVA
El agua es de plata, / espejo del cielo,
el barbo remonta / con paso prudente;
se siente el latido / del cauce corriente
que busca en la roca / su eterno consuelo.

La trucha se agita / con raudo desvelo,
su lomo es diamante / de luz rutilante;
el río le dicta / su ley más constante
y envuelve la vida / con fresco pañuelo.

Bajo los guijarros / la vida despierta,
el cangrejo habita / su cueva sagrada,
donde el barbo duerme / su danza soñada.

La ninfa en el lodo / mantiene la puerta
de un mundo profundo / de calma labrada,
y el alma del agua / se siente halagada.

LAS COPAS ANIMADAS
La cándida alondra / su vuelo levanta,
buscando en la rama / seguro refugio;
el ave no sabe / de trampa o subterfugio,
y al son de las hojas / alegre nos canta.

En altos columpios / de verde garganta,
el herrerillo juega / con sabio artilugio;
la vida se esconde / sobre firme rucio,
mientras el paisaje / de luz se imanta.

El mirlo en el soto / silba melodías,
la oropéndola esconde / su nido colgante,
tejiendo entre sombras / sus dulces alegrías.

Las alas palpitan / al sol radiante,
llenando de música / las horas y días,
en este universo / de verde vibrante.

EL ESTÍO DE AZUFRE
El sol es un yunque / de cobre encendido,
que aplasta las rocas / con golpe y rugido;
el aire es un muro / de azufre embebido,
que busca en el polvo / su paso perdido.

El río es mercurio / de pulso abrasado,
un espejo cojo / de vidrio quemado;
el pez es un dardo / de lomo olvidado,
en pozas que hierven / el tiempo agotado.

Cigarras que fraguan / su sierra de acero,
serrando la luz / por un desfiladero,
donde el horizonte / es solo un brasero.

Las sombras son grietas / de un negro agujero,
y el monte es un sueño / de sed y de cuero,
que espera la lluvia / como un prisionero.

LA FRAGANCIA Y LA ESPINA
Hay varias clases / de flor trepadora:
la madreselva / con alma de aurora;
esparce el perfume / que el aire enamora,
mientras la ribera / sus luces decora.

Aromas sedientos / de fe seductora
fragancia que invade / la flora sonora;
en bosques cercanos / la paz atesora,
y el campo de flores / al sol condecora.

El rosal silvestre / de tallo sarmentoso,
trepa entre el follaje / con rayos de celo,
buscando en el borde / su sitio dichoso.

Con mucho cariño / se enrosca en el suelo,
brindando un color / que es puro y hermoso,
y viste la orilla / con flores de cielo.

EL GALOPE DEL CABRIEL
El río es un tigre / de verde esmeralda,
que salta los riscos / de falda en guirnalda;
el agua es un cuello / que busca la gualda,
cosiendo la luz / con su propia espalda.

Los chopos son flautas / de dedos de hoja,
que tocan un aire / que el cielo despoja;
la flor es un párpado / que el sol ya deshoja,
y el polen es oro / que al viento se arroja.

Las piedras son nubes / que han caído al lecho,
y el aire es un vidrio / de azul satisfecho,
que rompe sus lentes / de un golpe en el pecho.

El cauce es un pulso / de nudos estrecho,
donde late el mundo / con todo derecho,
en un laberinto / de verde provecho.

LA NIEBLA DEL MUNDO
La niebla es un gato / de humo y de seda,
que lame los pinos / y el tiempo enreda;
el monte es un barco / que ya no se hospeda,
en mapas de cal / donde nada queda.

Se borra el camino / con blanca moneda,
y el río es un eco / que el aire remeda;
no hay muro de piedra / ni vieja vereda,
que el paso del blanco / no atrape y exceda.

Los chopos son sombras / de manos ausentes,
buscando el abrazo / de luces durmientes,
bajo una mortaja / de nubes urgentes.

Un mundo de leche / sin ojos ni dientes,
donde los silencios / se vuelven corrientes,
y mueren los nortes / de todos los puentes.

EL OTOÑO ALQUIMISTA
El otoño llega / con manos de sastre,
cosiendo al camino / su dulce desastre;
el verde se rinde / sin pena ni lastre,
vistiendo de rojo / de noble alabastre.

El río es un arca / de antiguo tesoro,
que guarda en su cauce / monedas de oro;
las hojas del chopo / son rimas de un coro,
que flotan de viaje / con paso sonoro.

La luz es una uva / de miel transparente,
que gotea sus sombras / por toda la pendiente,
mientras el verano / se aleja indolente.

El bosque es un templo / de fuego latente,
donde el tiempo acuña / su paz insolente,
con sellos de cobre / de un sol decadente.

LAS RAÍCES Y LA ESCAMA
Entre los arbustos, / el rastro se esconde;
ese jabalí / con paso discreto,
la gineta espera / su turno secreto,
donde el viejo cauce / al monte responde.

La nutria se interna / del soto en el borde;
buscando la cueva / de un techo concreto;
el erizo guarda / su espino completo,
mientras el silencio / nos dicta su acorde.

Veloz el lagarto / al sol se presenta,
la sierpe se enrosca / buscando la grieta,
en este universo / que vida alimenta.

Zarzas y raíces / son cuna y receta,
donde cada rastro / su paz representa,
y en sombras la fiera / su huella interpreta.

LA RIBERA Y EL ROQUEDAL
En Hoces del Cabriel / el agua se asienta,
vistiendo el paisaje / de verde y de gala;
la hiedra que trepa / su ascenso regala
y en cada ribera / la vida se cuenta.

Los chopos y sauces / que el viento alimenta,
prestan sus soportes / cual firme escala;
la luz en las hojas / sus brillos instala
y el alma del bosque / la paz experimenta.

En zonas sombrías / de juncos y helechos,
el denso matorral / se vuelve guarida,
echando la flora / su mística ancla.

En riscos y laderas / de abruptos trechos,
la vida se aferra / con fuerza atraída,
calzando la piedra / con cuñas de chancla.

EL SUEÑO HELADO DEL CABRIEL
El río es un brazo / de vidrio enterrado,
que duerme en invierno / con arnés helado;
el frío es un ojo / de vista cansado,
en cauces de plomo / que el tiempo ha borrado.

La luz es un hacha / de filo oxidado,
que corta el silencio / del monte callado;
el chopo es un hueso / de cal despojado,
que escribe en el cielo / su nombre olvidado.

Se visten las piedras / de lanas de frío,
y el viento es un perro / que busca el vacío,
mordiendo las sombras / del cauce sombrío.

Reloj de burbujas / que pierde su brío;
el agua es un sueño / que ya no es de río,
sino una mortaja / de blanco albedrío.

EL TAMBOR DEL TRUENO
El cielo es un lomo / de hierro y de ira,
que sobre las Hoces / con odio se gira;
el rayo es un látigo / que el miedo respira,
un tajo de plata / que al monte delira.

El trueno es un carro / que el silencio gira,
un golpe de mazo / que el eco suspira;
el agua es un arco / que al suelo se tira,
flechando la tierra / que el sol ya no mira.

El río se vuelve / de barro y de fiera,
un monstruo de espuma / de ronca madera,
que arranca los nudos / de toda la vera.

Se rompe la calma / de la cordillera,
y el cielo es un yunque / de negra bandera,
donde el rayo escribe / su ley verdadera.

* * *
LA ACACIA AROMÁTICA
Árbol o arbusto / de ruda estructura,
de espinas armado / de gran compostura;
su madera es recia / de mucha cordura,
y hojas compuestas / en sabia cintura.

Flores olorosas / de racimos laxos,
que cuelgan del aire / sin tiempos ni atrasos;
frutos en legumbres / de delgados saxos,
que guardan semillas / en rústicos vasos.

De su tronco fluye / la gomosa arábiga,
que brota en sus ramas / de forma nostálgica,
con esa su esencia / tan pura y tan álgida.

Sombra de verano / de luz estratégica,
que adorna los bordes / de forma mágica,
sembrando la tierra / de paz enérgica.

LA ADELFA Y LA HIEDRA
La adelfa se extiende / por cálidos tramos,
restando del río / sus aviesos ramos;
baladre o laurel / que en flor encontramos,
y en rosa de flores / su nombre cuadramos.

Laurel de romanos / de gloria bendita,
trinitaria es ella / de estirpe infinita;
clemátide trepa / con alma de estrella,
de tallo rojizo / que el monte destella.

Su hoja es dentada / y el verso campana,
perfume que es terso / de azul de violeta,
curando los males / de cada mañana.

La hiedra se suelda / con fe de poeta,
al tronco y la roca / de sombra sombría,
brindando al pulmón / su dulce alegría.

LA ALADIERNA
Siempre está de verde / su cuerpo presente,
en los dos metros / de arbusto valiente;
hojas que son grandes / de brillo elocuente,
coriáceas y alternas / de forma oblonga.

No busca los pétalos / de extraña milonga,
sus flores son blancas / de aroma que longa;
pequeñas y humildes / que el viento prolonga,
mientras en la rama / su esencia se ponga.

Su fruto es la drupa / de talla pequeña,
que nace de verde / y en negro se empeña,
madura y jugosa / de la cual es dueña.

Después se deseca / tras darnos su seña,
enjuta se vuelve / de humilde maraña,
guardando el invierno / bajo su pestaña.

LOS ÁLAMOS
El álamo blanco / domina la orilla,
formando los sotos / de plácida sombra;
la cándida alondra / feliz se le asombra,
mientras su estatura / de luz maravilla.

Hojas desplegadas / de largos peciolos,
al viento ventilan / sus flores colgantes;
madera naval / de troncos gigantes,
que surca las olas / marcando sus solos.

El álamo negro / de tronco harto esbelto,
alcanza los treinta / con cetros de gloria,
y en busca del cielo / camina resuelto.

En rombos y triángulos / se narra su historia,
de hojas caducas / sin manchas ni enojos,
que visten de gala / los húmedos ojos.

EL ÁLAMO BLANCO
El álamo blanco / de porte ligero,
que viste la orilla / de blanco lucero;
su tronco es de nieve / de un tono señero,
que busca en el agua / su espejo primero.

Sus hojas de plata / de envés algodón,
se mueven inquietas / con gran emoción;
si el viento las toca / con su diapasón,
parecen estrellas / en plena eclosión.

De lobos sus hojas / de formas variables,
en sus dos colores / de luces amables,
que bailan al río / sones admirables.

Gigante del soto / de brazos loables,
que guarda los cauces / con fe inquebrantable,
siendo de la sombra / su luz más afable.

LAS ALGAS
En cuevas de sombra / de piedra y de lodo,
hay algas que sudan / de un modo piadoso;
entidades vivas / de un ser celular,
que en muros de agua / se saben quedar.

Gestan clorofila / con todo su poso,
en mundos pequeños / de verde reposo;
dichosas residen / en su buen hogar,
donde la humedad / no deja de estar.

Son velos de seda / que el tiempo no compra,
que el sol no castigue / con luz ni con trompa,
bebiendo del antro / su clara energía.

La vida en la roca / con agua sin pompa,
sin que la corriente / su rastro le rompa,
sudando el misterio / de su geografía.

LA ALIAGA
Llamada por muchos / también la aulaga,
en un solo metro / su altura se amaga;
espinosa planta / que el monte sufraga,
con puntas de lanza / que el viento no apaga.

Si tiernas las hojas / que el tallo propaga,
son para el ganado / festín que halaga;
falúas de verde / que el hambre naufraga,
y el bicho se rinde / con sed de su saga.

Machacan la planta / de ruda estructura,
molida la espina / se vuelve pastura,
en pienso que ofrece / su fiel sabrosura.

Flores amarillas / de clara hermosura,
apretadas tientan / de forma segura,
al ave y al bicho / con luz que perdura.

EL BOJ
Es el boj arbusto / de verde perenne,
que guarda el rincón / de un modo solemne;
crece muy despacio / de forma sutil,
con hojas pequeñas / de porte gentil.

Su madera es noble / de grano muy fino,
pesada y oscura / cual viejo destino;
no flota en las aguas / de curso divino,
y busca en la sombra / su propio camino.

De tacto de cuero / sus hojas opuestas,
brillantes por fuera / de luces dispuestas,
aguantan del frío / sus duras apuestas.

Artesano del monte / de manos honestas,
que talla cucharas / y piezas de fiestas,
con alma de hierro / que nunca te apuestas.

EL BREZO
Es arbusto ramoso / de buena estatura,
dos metros de altura / de fina estructura;
inscrito en la danza / de la serranía,
con hojas lineales / de gran gallardía.

Verticales y lisas / en su lozanía,
lampiñas se muestran / con mucha alegría;
sus flores pequeñas / de axilar compañía,
blanco-verdosas / de dulce armonía.

A veces rojizas / de tintes solares,
formando en la peña / sus densos hogares,
venciendo del viento / sus rudos pesares.

Madera de fragua / de gruesos andares,
pipas que acompañan / a hombres felices,
quemando en el tiempo / sus viejas raíces.

EL CAÑAVERAL Y LA CORRIENTE
Es planta de tallo / de estirpe leñosa,
de cuerpo flexible / y faz nudosa;
se eleva tres metros / de forma orgullosa,
con hoja muy ancha / de tacto de prosa.

Su hueco es el eco / de voz silenciosa,
que el viento sacude / con mano nerviosa;
su tacto es áspero, / su piel no es de rosa,
y al borde del cauce / se siente dichosa.

Sutiles las flores / en ramas panojas,
que tú, gran corriente, / bautizas y mojas,
mientras en el agua / navegan las hojas.

Cañares espesos / con bríos escojas,
que crían al borde / de sombras pintojas,
donde el río guarda / las penas que arrojas.

LA CARRASCA DE MONTE
Es la carrasca / la encina del viento,
que tiene en la roca / su firme aposento;
no busca del cielo / su vano ornamento,
pues tiene en la tierra / su propio sustento.

Sus hojas de pincho / de verde sombrío,
aguantan el fuego / y aguantan el frío;
el haz es de cuero / curtido en el brío,
venciendo a la sed / tan lejos del río.

La dulce bellota / de gorro de escama,
es pan de la tierra / que cuelga en su rama,
y al bicho del monte / su hambre le calma.

Soberana humilde / del campo es el alma,
corazón de hierro / que el tiempo no inflama,
guardando el secreto / de quien lo derrama.

EL CARRIZO Y LA RANA
Planta es la gramínea / de estirpe rastrera,
con raíz muy larga / de dulce madera;
sanguínea es la sangre / de su cañavera,
que el agua bendice / desde la ribera.

Hojas que son planas / en su cordillera
con densos plumeros / de casta agarena;
las ranas se ocultan / bajo su melena,
donde el sol alumbra / su verde bandera.

Engulle lo seco / con brío y con fleco,
buscando la luz / con sagrado embeleso,
pues muere en la sombra / sin rastro del eco.

Hojas que son plata / de pasto y de peso,
escobas que barren / del aire el bostezo,
en densas milicias / de un mundo espeso.

LA COSCOJA
Arbusto de monte / de casta guerrera,
que clava sus púas / en toda la vera;
coscoja se llama / de forma severa,
venciendo a la sed / en la cadavera.

Sus hojas son chicas / de verde brillante,
con bordes de pincho / de gesto constante;
no pierde el follaje / ni el porte elegante,
siendo del terreno / la piel más vibrante.

Pequeña bellota / de cúpula abierta,
que tiene en el pincho / su guardia despierta,
dejando a la fiera / de hambre desierta.

Del tinte de grana / fue cuna y oferta,
vistiendo de rojo / la historia ya muerta,
con sangre de bicho / de gloria muy cierta.

LA NOBLE CHAPARRA
Es mata de encina, / de roble su porte,
que no busca el cielo / ni busca el soporte;
sus ramas son muchas, / su ley es el norte,
sin que la estatura / su vida recorte.

No dobla su frente / por más que le importe,
formando un linaje / de noble cohorte;
chaparros espesos / de casto transporte,
donde el matorral / mantiene su corte.

Casta es su norma / de verde sagrado,
noble es su sombra / pegada a la roca,
en un chaparral / de tiempo parado.

El viento en sus hojas / apenas la toca,
manteniendo el sueño / de un monte habitado,
donde el alma antigua / su nombre convoca.

EL CHAPARRO
Es el chaparro / la encina valiente,
que dobla su talle / de modo prudente;
no busca las nubes / con paso impaciente,
prefiere el abrigo / de un suelo rugiente.

Sus ramas se extienden / con nudo y con brío,
formando un refugio / que espanta el vacío;
aguanta la nieve / y el sol del estío,
con hojas de pincho / de gesto bravío.

Si el hacha lo corta / resurge con saña,
brotando de nuevo / con fuerza que extraña,
haciendo del monte / su propia compaña.

Guardián de los cerros / y de la montaña,
que en sombra pequeña / su vida no empaña,
con alma de roble / de humilde castaña.

EL CHOPO NEGRO
Columnas del río / de fuste gigante,
que tocan las nubes / de modo constante;
su tronco se agrieta / de forma elegante,
con piel de ceniza / de rudo semblante.

Sus hojas de cuña / de verde brillante,
se mueven inquietas / con paso danzante;
el viento las peina / de modo vibrante,
con música suave / de ritmo fragante.

En mayo la nieve / de su algodón vuela,
sembrando de blanco / la orilla y la estela,
mientras el camino / su sombra consuela.

Vigía del agua / que nunca se cansa,
donde el río corre / o el cauce descansa,
guardando la vida / con fe que remansa.

EL DIENTE DE LEÓN
Es hierba de embargo / de humilde resuello,
con hojas de lanza / que adornan su cuello;
lampiñas y verdes / de trazo muy bello,
de lóbulos fieros / de crudo destello.

Su jugo lechoso / de pizco amargo,
recorre el pedúnculo / de hueco y de largo;
la flor amarilla / no tiene letargo,
brillando en el campo / de sol a su cargo.

Semillas que vuelan / de blanco volante,
formando una esfera / de luz de diamante,
que el viento dispersa / de forma elegante.

No muestra su brisa / un rostro de amante,
mas lanza la vida / con paso constante,
hacia nuevos prados / de sol radiante.

LA ENCINA-I
Árbol que se eleva / con doce de altura,
de tronco muy grueso / de gran armadura;
con brazos dispuestos / en su arquitectura,
que forman la copa / de sombra segura.

Su fronda se agolpa / de forma rotunda,
con hojas elípticas / de paz profunda;
si el bicho la acecha / su espina lo inunda,
guardando su honra / de forma fecunda.

Verdinegra es la cara / que mira hacia el viento,
blanquecina la otra / con suave tiento,
bebiendo del aire / su dulce alimento.

Madera compacta / de gran rendimiento,
bellotas que ofrecen / su buen alimento,
en verde y en oro / de sabio portento.

LA ENCINA-II
La encina se asienta / con fuerza de abuelo,
hundiendo sus garras / muy hondo en el suelo;
no teme a la nieve / ni teme al deshielo,
su copa es un mundo / que busca consuelo.

Sus hojas son duras / de verde oscuro,
con bordes de pinchos / de aspecto seguro;
el haz es de cuero, / de envés blanquecino,
que frena el ardor / del sol en camino.

La dulce bellota / de gorro de escamas,
es oro que cae / de todas sus ramas,
saciando del monte / sus hambres y dramas.

Madera de hierro / de nobles sus llamas,
que guarda el secreto / de sus melodramas,
en selvas de sombras / nunca en pijamas.

LA ENEA
La enea o espadaña / de herbácea flora,
en zonas palustres / su vida decora;
el gladio o totora / que el agua enamora,
con tallos de metros / que el sol atesora.

Cilíndrico el cuerpo / sin nudos ni queja
que amarguen sus hojas, / acinta y refleja;
salud en el tallo / que el cauce festeja,
mientras en la orilla / su huella nos deja.

Su espiga es un muro / de flores y puro,
la hembra es la base / de aspecto maduro,
y el macho es el cabo / de un tono más puro.

Sus hojas son cartas / de la cestería,
flexibles y aptas / con gran maestría,
vistiendo tu asiento / con su artesanía.

EL ENEBRO Y LA NEBRINA
Arbusto ramoso / con copa que espesa,
que guarda en sus hojas / su verde promesa;
apiña sus notas / de trino y destreza,
con puntas que clavan / su rígida tiesa.

Verdoso es el margen / que el haz no confunda,
pues blanca es la línea / que el centro fecunda;
flor parda y rojiza / que el aire secunda,
con alma nodriza / que el polen abunda.

Baya de azul negro / de elipse y esfera,
con siete milímetros / de jera y de vera,
guardando tres granos / en su primavera.

Semillas que trenzan / su forma angulosa,
madera de quilla / de olor y de rosa,
rojiza y eterna / de veta preciosa.

EL ESPANTALOBOS
Arbusto de fuste / que al lobo espanta,
si cuatro son metros / que el suelo levanta;
sus tallos son firmes / de recia garganta,
y hojas de lustre / que el tiempo no planta.

Elípticas, duras / de opuesta figura,
sin púa ninguna / que dañe su hechura;
axilas que guardan / con flor la blancura,
de olor maloliente / de extraña espesura.

Se escuchan las vainas / de inflada vejiga,
con son de alarido / que al lobo fatiga,
en burla y sarcasmo / que el aire prodiga.

Madera amarilla / de talla y de liga,
que el arte del torno / trabaja y bendiga,
sin que la costura / su trazo desdiga.

LA ESPARRAGUERA
Produce el triguero / de forma oportuna,
en horas de mayo / de buena fortuna;
su tallo es herbáceo / de verde laguna,
con fajas de hojas / que clavan cual runa.

Muy ramosa crece / de modo afanoso,
con flores pequeñas / de blanco verdoso;
las bayas que brillan / de rojo orgulloso
son como guisantes / de tinte precioso.

De la primavera / son tallos derechos,
que nacen del suelo / de nudos estrechos,
yemas que nos brindan / manjares y provechos.

Rectos y elegantes / de verdes acechos,
comestibles crecen / de jugos bien hechos,
dejando a los campos / su gloria en barbechos.

EL ESPARTO
Es hierba perenne / de útil reserva,
que más de un metro / del suelo conserva;
vástagos que nacen / de un pie que la enerva,
en grupos que forman / su densa conserva.

Vaina de corsé / que su hoja rodea,
margen de algodón / que el viento marea;
se enrolla la hoja / porque así desea,
y evita que el diente / del bicho la vea.

Panículas densas / de espigas y nudos,
con pelos que guardan / sus tallos desnudos,
rígidos y recios / de tiempos barbudos.

El fruto es un hueso / de goces sentidos,
que vive en terrenos / de yesos curtidos,
donde los caballos / se sienten perdidos.

EL ESPINO
No es tierno arbolito / de dócil figura,
pues seis son los metros / de grande su eslora;
tropel de sus púas / que el tallo decora,
guardando el secreto / de su arquitectura.

Aserradas hojas / de piel muy lampiña,
corimbos de nieve / que en el ramo apiña;
blancas son sus flores / que el aire escudriña,
con yemas de aroma / que el bosque encariña.

Su fruto es ovoide / de piel muy rojiza,
con pulpa de azúcar / que el gusto hechiza,
y un par de huesos / de forma maciza.

Madera que brilla / de corteza lisa,
que tintes y cueros / con fuerza bautiza,
en viejos lebrillos / de humilde divisa.

EL ESPLIEGO
Mata de labiadas / de humilde presencia,
en el medio metro / guarda su existencia;
sus tallos leñosos / son pura paciencia,
con hojas de cano / el vello y esencia.

Largas y elípticas / de trazo lineal,
buscan el pedúnculo / del campo ferial;
flores de un azul / de tinte ancestral,
que forman espigas / de luz manantial.

Semilla elipsoide / de un gris muy callado,
que guarda el boceto / del monte sagrado,
en campos de yeso / y sol agobiado.

Toda ella es aroma / de amor entregado,
aceite que brinda / su don perfumado,
para un deleite / de paz recobrado.

EL FRESNO DE RIBERA
El fresno se alza / junto a la ribera,
de grueso madero / de piel cenicienta;
su anillo de tiempo / se ensancha y se asienta,
con ramas que suben / como la escalera.

Sus hojas elípticas / son llamas de hoguera,
con dientes finitos / la brisa alimenta;
su verde ramaje / al sol se presenta,
vistiendo de vida / su noble madera.

Sus flores blanquecinas / son nubes pequeñas,
que al cielo saludan / y acaban colgando;
las cortas panojas / son firmes enseñas.

El viento dispersa / con aire de mando,
el fruto que vuela / por sendas sin señas,
con alas de fibra / la vida sembrando.

LA GARRIGA DEL MONTE Y BROZA
Laderas del monte / de un soto que asoma,
en donde la broza / su espacio retoma;
las hojas y ramas / que el viento desploma,
formando la cama / que el suelo desloma.

Hojarasca vieja / que el árbol ya doma,
caída de ramas / que el tiempo se toma;
frondosidad vana / del sol ya carcoma,
maleza que sube / buscando su aroma.

Espesos arbustos / en lucha intrincada,
maleza que crece / de forma calmada,
en campos incultos / de vida callada.

Matas de garriga / de piel erizada,
donde la maleza / se queda enredada,
en liga de sombras / de luz apretada.

LA GRAMA
Es planta que nunca / debiera faltar,
que cura la pena / sin mucho drama;
rastrera en el suelo / comienza su trama,
con tallo cilíndrico / de verde brillar.

De todos sus nudos / que sabe anudar,
raicillas nos brindan / de suero su llama;
hoja que es aguda / y el suelo reclama,
de forma muy plana / de tanto esperar.

Espigas que nacen / de lanas de hilo,
en la extremidad / de su fino estilo,
con tres o con cinco / de un mismo sigilo.

Brotan con ganas / de un cauce tranquilo,
cañitas que guardan / la paz por asilo,
venciendo al olvido / de un pasado en vilo.

EL HELECHO Y EL SORO
No tiene semilla / de estirpe floral,
y surge del suelo / de un modo ancestral;
cabezas de música / de porte triunfal,
que forman el cuerpo / de su matorral.

Frondosas sus hojas / de encanto y de rimas,
que el agua retiene / en frescas tarimas;
lamenta no verse / de flores y climas,
pero habla con sombras / en húmedas simas.

Puntos en el envés / que cantan sus oros,
son las mil esporas / que guardan sus soros,
en grupos pequeños / de sabios tesoros.

Rizoma que busca / los hondos decoros,
bebiendo humedades / por todos sus poros,
donde el tiempo calla / sus viajes sonoros.

EL HINOJO
Son tallos muy largos / de porte muy tieso,
erguidos y bravos / de estriado proceso;
sus hojas partidas / de hilo es su exceso,
lacinias que bailan / de un verde embeleso.

Umbelas de flores / de tinte amarillo,
que agrupan pequeñas / su luz y su brillo;
el fruto es oblongo / de líneas sencillo,
donde la semilla / se guarda en su anillo.

Prisión de simientes / de aroma profundo,
que es dulce al paladar / y alegra este mundo,
en guisos y caldos / de gusto rotundo.

Planta aromática / de porte facundo,
en las medicinas / de alcance fecundo,
y en platos de reyes / de sabor oriundo.

EL HISOPO
Mata muy fragante / de estirpe labiada,
en el medio metro / su altura es fijada;
con tallos leñosos / de vida empinada,
rectos y orgullosos / de luz perfilada.

Poblado de hojas / de forma lanzada,
su cetro es de línea / pequeña y delgada;
glandulosa y entera / de vello dotada,
por las dos sus caras / de forma callada.

Espigas de flores / de azul o blanquillas,
forman en el campo / sus filas sencillas,
con lisos frutos / de nueces menudas.

Uso en la botica / de gargantas rudas,
perfume que exhalas / cuando te levantas,
y en ricas parrillas / tu aroma adelantas.

EL JAZMÍN
Se tiene por arbusto / de tallos muy verdes,
delgado su busto / donde el ojo pierdes;
trepadora es su alma / por si te muerdes,
con tallos flexibles / de sábado a viernes.

Sus hojas alternas / que no duermen siesta,
compuestas de hojuelas / de nona respuesta;
duras y lanzadas / de forma dispuesta,
lanceoladas lucen / su verde de fiesta.

Flores olorosas / de un blanco jurado,
en largos pedúnculos / de aroma extremado;
cinco son los pétalos / que el sol ha soldado.

Forman un embudo / de brillo plateado,
botín de perfumes / de un tiempo sagrado,
que torna en la baya / de negro azulado.

LA HIEDRA
Arbustos de soto / de toda ribera,
combinan sus hojas / con mística trama;
tejiendo en los troncos / su abrazo de llama,
al sol que camina / de libre manera.

La luz en el bosque / diseña su hoguera,
en dulces vestidos / de amor en la rama;
exquisita gama / que el cielo proclama,
izando en el aire / su verde bandera.

Bufandas de seda / las organilleras,
uniendo fronteras / con lazos de amigos,
que visten al tronco / de mil primaveras.

El bosque recibe / sus dulces abrigos,
con bellas escalas / de ricas maderas,
buscando del sol / sus claros testigos.

LA HIERBA Y EL LODO
La hierba se inclina / buscando la orilla,
el junco es espada / que al viento se humilla;
el río le otorga / su paz más sencilla,
y el agua en sus tallos / cual perla nos brilla.

El lirio despliega / su flor amarilla,
la menta perfuma / con su coronilla;
se siente en el barro / la vida que astilla,
su huella en desgarro / de fina semilla.

La enea se mece / con suave decoro,
tejiendo la manta / de un verde tesoro,
donde el agua canta / su verso sonoro.

Alfombras de vida / humilde su aforo,
que filtran el cauce / con sabio su poro,
y guardan del río / su manto de oro.

LA JARA Y EL LÁDANO-I
Arbusto leñoso / de pardo y rojizo,
de ramas erectas / de un porte castizo;
de ládano untada / con su barniz rizo,
que evita al gorgojo / a modo de hechizo.

Hojuelas estrechas / del tallo envainado
mantienen su base / con nudo soldado;
lampiño es el verde / del haz sombreado,
velludo el envés / de pelo erizado.

Flores solitarias / de blanco y de mayo,
con manchas de sol / de un puro desmayo,
y púrpuras tintes / que lanzan su rayo.

La cápsula abre / con fuego y sin fallo,
soltando semillas / sin ningún ensayo,
que vuelan con brisas / en libre soslayo.

LA JARA Y EL LÁDANO-II
Dos alza sus metros / altura que asienta,
arbusto que siempre / de verde se orienta;
de pardo rojizo / su rama presenta,
mientras que el invierno / su hoja sustenta.

El envés velloso / que el rizo alimenta,
con el haz lampiño / que al guiño tienta;
viscosa y opuesta / la mano experimenta,
que en su pringue dulce / la vida se inventa.

Corola de nieve / de un blanco rotundo,
con mancha rojiza / de rastro profundo,
en cinco sus bases / de un trazo fecundo.

Fruto capsular / de un globo jocundo,
con diez divisiones / que miran al mundo,
y siembran semillas / de arraigo circundo.

EL JUNCO
En húmedas gargantas / de charcas y ríos,
el junco levanta / sus fuertes bastíos;
ochenta centímetros / de verdes bríos,
donde los juncales / calman sus estíos.

Son tallos cilíndricos / de trazo muy liso,
flexibles y agudos / de verde preciso;
duros por fuera / como un compromiso,
esponjosos por dentro / de blanco inciso.

Vainillas delgadas / son todas sus hojas,
que en el extremo / su flor nos arroja,
en cabezuelas / que el agua nos moja.

Su fruto es la cápsula / de tres ventallas,
que guarda semillas / tras viejas batallas,
venciendo del río / sus duras murallas.

EL LABIÉRNAGO
Arbusto de porte / de nota elevada,
mimbreña es su rama / de luz cenicienta;
de imprenta la pluma / de hoja estirada,
verdinegra y simple / que el monte sustenta.

Opuesta y estrecha / de forma constante,
aserrados dientes / o margen entero;
correosa y persistente / de verde brillante,
en corto peciolo / su humor prisionero.

Hacecillos blancos / de flores pequeñas,
con pétalos breves / de formas risueñas,
axilares nacen / por entre las señas.

Drupa que es carnosa / de oscuras empeñas,
vestido de oliva / que habita las peñas,
al son de una tuna / de tierras isleñas.

EL LENTISCO-I
Es mata que tiene / de arbusto su rango,
siempre verde y viva / ¡palabra de honor!;
sus ramas destilan / resina de olor,
almáciga dulce / con ritmo de tango.

Sus hojas divide / en número par,
hojuelas de cuero / que el sol no rapiña;
si el haz es lustroso / el envés es tiña,
con la punta roma / que excluye el azar.

De flores pequeñas / rojo y amarillo,
apiñadas crecen / con humilde brillo,
axilares brotan / con su propio estilo.

Con drupas del rojo / al negro de luto,
aceite que entregan / de fiel atributo,
con madera noble / de un mueble absoluto.

AL LENTISCO-II
El lentisco es un viejo / que no tiene prisa,
con ramas de acero / que abrazan el sol.
Su savia es el tiempo / que el viento graniza,
y esconde en sus hojas / un verde crisol.

De fruto de sangre, / de un negro misterio,
que nutre a la tierra / con dulce licor.
Su forma retuerce / el antiguo imperio,
con ruda paciencia / de viejo pastor.

Raíces de sombra / que muerden la greda,
guardián silencioso / de un tiempo sin fin.
En cada resina / su recuerdo enreda.

Construye en la arena / su mudo violín,
que afinan los vientos / con capa de seda,
que suaves transitan / por el 'paso ceda'.

EL LIQUEN Y LA ROCA
Hongo que se abraza / de un alga en la vida,
simbiosis perfecta / de paz compartida;
crecen en la roca / de forma atrevida,
tenue la sinopsis / de unión florecida.

Gris es su apariencia / de costra encendida,
o roja es la esencia / de luz encubierta;
sobre la corteza / de un alma despierta,
viven de la lluvia / que el cielo les vierta.

No tienen raíces / ni flor que los mida,
pequeños barrocos / de piel adherida,
que pintan el monte / de forma lucida.

Mundo de milenios / de paz conmovida,
donde el agua fresca / se siente acogida,
en costras de piedra / por siempre fundida.

EL MADROÑO
Buen ejemplar tiene / de arbusto la altura,
tallos de corteza / con costillar fino;
hojas que de verde / lucen con gran tino,
lanceolada y corta / de noble estructura.

Lustrosa por el haz / de gran apostura,
clara por el envés / de un suave mirar;
flores en corsés / racimos de altar,
blancas o rosadas / de corola pura.

Globosas campanas / que cuelgan del leño,
dando paso al fruto / que nace pequeño,
esférico y rojo / su color de ensueño.

Amarillo al tacto / de un dulce diseño,
guarda las semillas / para el buen cigüeño,
en el monte viejo / de un sol hogareño.

EL MAJUELO
Arbusto que alcanza / los metros del cielo,
en los ribazos / de nuestro majuelo;
joya de belleza / que alza su vuelo,
con hoja labrada / de firme desvelo.

Pierde su follaje / en la ley más seca,
el haz es muy verde / con negra su mueca;
pálido es el envés / que el sol no embeleca,
mientras en la rama / su espina se trueca.

Blancos los corimbos / de aroma muy franco,
cinco son los pétalos / de su cuerpo blanco,
que en la primavera / no conocen flanco.

Poma de un rojo / de luz y prodigio,
que alivia el insomnio / de amargo litigio,
dando a la salud / su mejor prestigio.

EL MALVAVISCO
Especie que vive / de forma constante,
con tallo de un metro / de porte elegante;
hojas muy vellosas / de tacto radiante,
suaves y dentadas / de lóbulo errante.

Ovaladas formas / de un verde calmante,
donde la humedad / se muestra abundante;
flores axilares / de blanco diamante,
con sangre de rosa / de tinte flamante.

Fruto de la malva / de forma sencilla,
guarda la semilla / con su maravilla,
mientras que la nube / su sombra le humilla.

Raíz de palangre / que al suelo se pilla,
usada en caliente / como una pastilla,
emoliente y dulce / de gran canastilla.

LA MANZANILLA
Es hierba de magos / y de sanadores,
de tallos muy frágiles / de humilde postura;
sentados al borde / de la orilla pura,
ramosos y llenos / de verdes colores.

Sus hojas partidas / de varios sabores,
en hilos lineales / de fina estructura;
de tres en tres grupos / de gran apostura,
como muelas blancas / de sus interiores.

Flor en cabezuela / de centro amarillo,
que exhala en el campo / su aroma y su brillo,
con cerco de pétalos / de blanco sencillo.

Infusión que cura / con dulce sigilo,
contra toda tranca / y el mal en el filo,
guardando la calma / por un solo hilo.

EL MORAL
Árbol centinela / de gran envergadura,
desde la suela / su tronco es derecho;
copa que es holgada / de verde provecho,
grueso en su madera / de noble apostura.

Ásperas sus hojas / de vellosa hechura,
tienen de un corazón / el margen estrecho;
dientes y lóbulos / de un dibujo hecho,
que en la popa muestran / su verde ternura.

Flores en amentos / de frentes distintos,
machos y hembras / en sus laberintos,
que el polen separa / por rumbos extintos.

Mora que fascina / con rojos jacintos,
de glóbulos dulces / y jugos precintos,
morados y agrios / de un sabor sin tintos.

LA MORQUERA DEL MONTE
Morquera y saborea / de estirpe labiada,
mata que en su tallo / su aroma nos emplea;
para el condimento / que el gusto desea,
de tónica fuerza / de forma sobrada.

Hojas pequeñitas / de verde mirada,
coriáceas y lineales / que el sol no flaquea;
lustrosa y nerviosa / que el viento menea,
con punta de lanza / de vida templada.

Muestra en verticilos / sus flores de amores,
con blancos o rosas / de suaves colores,
en laxos racimos / de gran santiamén.

Es un fruto seco / de granos menores,
que guardan la esencia / de mil los sabores,
y al estómago alivian / de todo vaivén.

EL MUSGO ACUÁTICO
Goza de su cuerpo / de verde organismo,
alfombra que cubre / del agua el abismo;
rocas y maderos / de su propio sismo,
suelos que el musgo / protege asimismo.

Transporta el agua / con pelos y brío,
bebiendo la masa / del aire y del río;
no tiene los vasos / de un tallo bravío,
mas bebe y regula / la sed del vacío.

Es gran componente / contra la erosión,
frenando del cauce / su fuerte presión,
con esa su humilde / y verde misión.

Aporta el cobijo / de un sabio rincón,
a bichos audaces / de gran corazón,
siendo de la tierra / su fiel bendición.

EL MUSGO Y EL HONGO
El musgo es la alfombra / de un tiempo parado,
terciopelo verde / sobre el tronco amado;
bebe de la nube / su zumo sagrado,
vistiendo de seda / lo que está olvidado.

El hongo es un sueño / que el suelo ha brotado,
un ramito de nácar / de un reino callado;
sombrero de lluvia / de un duende embrujado,
que nace del tronco / ya desmoronado.

Son dedos de encaje / que la sombra tejen,
allí donde las aguas / su cauce protegen,
haciendo del bosque / amor que cortejen.

Reciclan la vida / que el rayo desploma,
con paz de raíces / y un suave aroma,
que toda la herida / del monte carcoma.

LA NOGUERA
Árbol de fortuna / con quince sus metros,
peina con su copa / de grandes diámetros;
tronco muy robusto / de verdes perímetros,
que guarda el reposo / bajo sus parámetros.

Hojas de milhojas / de aromas y cetros,
compuestas y ovales / de pulcros retros;
contra los los golpes / son buenos sus filtros,
cocidas al fuego / con aguas a litros.

Flores blanquecinas / de sexos aparte,
dan fruto de nuez / que el mundo comparte,
con pardo rojizo / de noble diseño.

Madera que es dura / con brillo de arte,
chasis de postales / que el aire reparte,
en troncos que firman / aval de buen dueño.

EL OLMO SUPERVIVIENTE
Ya pocos mantienen / su estampa robusta,
tributos de plaga / que juzgan injusta;
alcanzan los veinte / de metros de altura,
con tronco fornido / sin fina cintura.

Corteza quebrada / y copa tan espesa,
el viento sus hojas / trasovadas mesa;
es áspero el haz / de verde nobleza,
velloso y muy liso / de igual fortaleza.

Sus flores precoces / de blanco rojizo,
en los hacecillos / son tierno hechizo,
semilla con ala / de fino contorno.

En tramas de vida / su sombra se asoma,
madera de ley / para el uso del torno,
que brinda a la tierra / refresco de aroma.

LA OREJA DE LIEBRE
Es mata de San Juan / y oreja de liebre,
hierba que en caminos / su estopa mantiene;
llega al medio metro / y el paso detiene,
sin que el tallo lacio / al aire requiebre.

Parecen sus hojuelas / de un verde febre,
camino de orejas / por suyas sostiene;
ovalada y suave / que el tacto previene,
antes que el viento / sus velas celebre.

Flores amarillas / con cascos de brillo,
con olor a vainilla / de un frasco sencillo,
formando la espiga / de un tierno castillo.

Resistente y rápida / de gran estribillo,
espanta almorranas / con sutil sigilo,
sorbiendo el volumen / con paso tranquilo.

LA ORTIGA URENTE
Herbácea declara / su metro de planta,
de tallos prismáticos / que buscan su mantra;
elíptica es su hoja / con verde su diámetro,
que opuesta se ofrece / de rudo parámetro.

Aguda y serrada / de antiguos pasados,
con pelos que cuidan / los fuegos guardados;
líquido que abrasa / los dedos confiados,
y deja en la piel / sus sellos marcados.

Verdosos racimos / de flores sencillas,
en pies diferentes / sus castas familias,
axilares nacen / en sus barandillas.

Su seco fruto es / de pocas vigilias,
que crece sin mimos / ni grandes vajillas,
quemando las manos / y las zancadillas.

EL PINO ALFOMBRA
En su propio feudo / levanta pinares,
tronco que se eleva / midiendo los mares;
recto y resinoso / de mil los millares,
agujas que visten / sus verdes hogares.

Persistente es su hoja / que clava cantares,
para que en sus pies / coscoja repares;
piña que es enjambre / de dulces manjares,
que aliña los platos / de anillos solares.

La parva del bosque / de horas gastadas,
teje sus alfombras / de agujas calladas,
donde el pino busca / sus sombras amadas.

Sedosos cabellos / de puntas lanzadas,
que a las las perdices / entregan sus radas,
en lechos de seda / de dulces miradas.

EL PINO DE ROCA
Es el pino torre / de verde perenne,
que sobre la roca / se alza solemne;
no hay sol que lo rinda / ni viento que amanse,
su tronco de hierro / mi mente descanse.

Sus hojas son agujas / que bordan el viento,
de a dos o de a tres / en su fino aposento;
la piña es el cofre / de su sentimiento,
que guarda el piñón / con sabio talento.

Resina que llora / su sangre dorada,
perfume que inunda / la sierra sagrada,
donde el águila tiene / su real morada.

Señor de las Hoces / de estirpe callada,
que cuida el abismo / con fe redoblada,
izando al azul / su copa elevada.

EL PINCARRASCO
En tierras muy áridas / prospera sin asco,
la especie que llaman / el pino carrasco;
ceniza es su tronco / de viejo peñasco,
que guarda el resino / de un recio frasco.

Su tronco tortuoso / de pardo rojizo,
se eleva irregular / de un trazo castizo;
la copa es muy clara / de un verde granizo,
con hojas delgadas / de un rígido rizo.

Las piñas dibuja / de tinte canela,
que el viento de agosto / desprende y nivela,
mientras su hojarasca / la tierra desvela.

Parcela maldita / que el pino tutela,
con pies de tal grado / que el brote congela,
y al resto de plantas / les quita la vela.

EL PLATANERO
Árbol de la sombra / que el sol no nombra,
pierde tantas hojas / que el suelo se asombra;
otoño le teje / su parda alfombra,
mientras su estatura / los cielos escombra.

El invierno lobo / desnuda al platanero
que se queda en bolas, / luces de primavera
que el aire encenderán / con su buen salero;
para los pequeños, / remolinos de cera

Cuarenta los metros / de alzada segura,
tres siglos de vida / de casta y de altura,
si el hacha no llega / con su desventura.

Gemas transparentes / de genio y figura,
abrazan ocho hombres / por su gran cintura,
¡oh, plátano noble / de gran hermosura!

EL QUEJIGO-I
El quejigo busca / de la buena fuente,
la zona más fresca / que nutre su frente;
raíces potentes / de abrazo valiente,
que cuidan del suelo / de modo consciente.

Su copa recogida / de luz poco densa,
de hojas muy alternas / de estirpe inmensa;
lustroso es el verde / de su faz intensa,
más claro el envés / que el sol recompensa.

Los bordes punzantes / de filo constante,
protegen la vida / de un modo elegante,
con esa bellota / hermosa y galante.

De tacto aterciopelado / y grato talante,
él sufre el calor / de un modo agobiante,
y siempre se queja / de doce en adelante.

EL QUEJIGO-II
Roble de la umbría / de porte medido,
que busca el frescor / de tierra mojada;
su copa es espesa / de luz tamizada,
donde el viento guarda / su voz de vencido.

Hoja que es de cuero / de borde atrevido,
con dientes de sierra / de forma marcada;
por el haz es verde / de tez bronceada,
velloso el envés / de un tono dormido.

Marcescente espera / que el frío le obligue,
a vestir el pardo / que el tiempo persigue,
sin soltar la rama / que al sol se consigue.

Bellota que entrega / por que se fumigue,
la sed de la fauna / que al monte prosigue,
en troncos que el siglo / con calma mitigue.

LA RETAMA
No es mata cualquiera / la de la trinchera,
con muchas verdascas / de larga carrera;
delgadas y flexibles / de verde madera,
ceniza es su tinte / de forma señera.

Sus hojas escasas / de corta manera,
lanzadas y pequeñas / de vida ligera;
flores amarillas / que son la bandera,
en racimos de oro / de la primavera.

Vaina que es globosa / de fruta sencilla,
donde la semilla / reina en su casilla,
con negruzco tinte / de gran maravilla.

Flexible y erguida / de luz que le brilla;
en los los ribazos / de opuesta la orilla,
la retama danza / con su zapatilla.

EL ROMERO
Arbusto que tiene / de sobra la labia,
con tallos ramosos / de rica la savia;
opuestas sus hojas / que el viento resabia,
lineal y desdentada / que el sol no lo agravia.

Sabor de esencias / con alma de Arabia,
espesas y enteras / de perfume y gavia;
con haz color verde / sin ninguna rabia,
de envés blanquecino / que el aire no enlabia.

Flores azuladas / de un tono de olé,
formando racimos / que el ojo sí ve,
en campos de gloria / de un tiempo que fue.

Un fruto seco da / de un paso de fe,
con cuatro semillas / que el monte nos dé,
romero de gracia / que el mundo se cree.

LA RUBIA, RAÍZ DE FUEGO
La rubia se enreda / con ásperas hojas,
de raíces finas, / muy largas y rojas;
en la tintorería / de viejas congojas,
de tintes de fuego / la ropa tu mojas.

Planta de matorral / y ría vivaz,
de tallo cuadrado / voluble eficaz;
de bordes de espada / y corte capaz,
en largos de metros / de impulso tenaz.

Sus flores pequeñas / de un tono amarillo,
en claros racimos / de axilas sedientas,
le dan al paisaje / su tierno brillo.

Su fruto es oscuro / de sombras hambrientas,
semillas que buscan / su libre pasillo,
y salen al mundo / a rendir sus cuentas.

LA RUDA
Mata de un olor / que el aire domina,
de verde azulado / de extraño matiz;
crece entre las piedras / con fuerte raíz,
planta que de males / el cuerpo fulmina.

Hojas divididas / de forma fina,
con lóbulos cortos / de aspecto feliz;
glandulosa y dura / de ruda cerviz,
que al sol del verano / su esencia encamina.

Flores amarillas / con sus cuatro pétalos,
con bordes de fleco / de vivos anhelos,
formando umbelas / que adoran los cielos.

Remedio de angustias / y de desconsuelos,
guarda en su amargura / antiguos desvelos;
combaten los roces / sus santos pañuelos.

LA SABINA
Un árbol o arbusto / de no poca monta,
que siempre está verde / con su rama pronta;
es grueso su tronco / que al tiempo confronta,
pardusco rojizo / que el monte remonta.

Cilíndricas casi, / que sin miedo afronta,
opuestas las hojas, / ausentes de afrenta;
escama con trato / que el aire presenta,
sin nervios bruscos / que el ojo nos cuenta.

De negro azulado / su fruto redondo,
es triste y desnuda / de porte lirondo,
guarda el aroma / de un tiempo muy hondo.

Madera que es dura / de un tajo rotundo,
descarnada y fuerte / de un ser errabundo,
la vieja sabina / de un viejo submundo.

LA SABINA ALBAR
En zonas más altas / de cumbres rocosas,
la sabina albar / es reina de diosas;
eleva su cresta / con fuerzas curiosas,
entre las calizas / más duras y airosas.

Diez metros de altura / su tronco madura,
de claros colores / en su arquitectura;
su corteza es pálida / de piel de llanura,
venciendo del tiempo / su mano más dura.

Hojas que son grandes / en su envergadura,
frutos de un azul / de mística hechura,
que no tiene la otra / de triste figura.

Soberana eterna / de estirpe segura,
que el frío no dobla / ni el sol apresura,
en la soledad / de su excelsa estatura.

LA SARGA Y EL SAUCE LLORÓN
La sarga en el lodo / perfecto se asienta,
lanceola su hoja / de un estrecho busto;
su porte es de árbol / o de alto arbusto,
que siempre del agua / la vida alimenta.

El haz verde gris / al viento se enfrenta,
con vellos de plata / que crecen al bies;
sus ramas flexibles / de colgantes pies,
donde la humedad / por fin se aposenta.

El sauce llorón / con ramas cordón,
desciende en sollozos / de forma elegante,
con un movimiento / de bravo turbión.

Su llanto es rimbombante / de pena constante,
que avista el invierno / con gran emoción,
lagrimando al frío / con rostro diamante.

EL SAUCE BLANCO
El sauce es de cresta / y mucha altura,
derecho su tronco / de firme figura;
despliega sus ramas / con grácil blandura,
y el río le otorga / su verde cultura.

Su embriagadora copa / es sombra y frescura,
de hojas angostas / de gran herradura;
lanceola el margen / con mucha finura,
aserrando el aire / con suma pavura.

El haz es de verde, / peloso el envés,
con flores que ignoran / corola cortés,
mostrando en la orilla / su porte y su clase.

Su verde sostén / se enmarca después,
con ritmo que sigue / del agua el través,
y en cada ribera / mantiene su fase.

EL SAÚCO
Arbusto de sombra / de porte ligero,
que guarda en sus ramas / un blanco venero;
su médula es blanda / de un tono señero,
que flota en la mano / de un modo certero.

Sus hojas compuestas / de borde serrado
desprenden un olor / de tono pesado;
en grandes paraguas / de blanco azulado,
se agrupan sus flores / de polen dorado.

Don de la botica / para el resfriado,
sus flores son oro / de zumo aromado,
que cura las fiebres / de un cuerpo cansado.

Y cuando el verano / ya se ha terminado,
la baya es un tinte / de negro azulado,
un brindis de pájaros / festín consagrado.

EL SAUZGATILLO Y EL ESTÍO
Aparece el soto / de frescos rincones,
donde el sauzgatillo / pone sus blasones;
cuando el sol aprieta / con sus aguijones,
él abre sus flores / en mil direcciones.

Sus densas espigas / de mil vanidades,
abren su abanico / de tonalidades;
azul y lavanda / de suavidades,
blancos y violetas / de castas edades.

Es el zumbador / y sensual concierto,
pasión de abejas / en banda y desierto,
aseguran polen / de un modo muy cierto.

Su fruto es la drupa / de gusto a pimienta,
y el frío le quita / su hoja opulenta,
mientras en la orilla / su rama se asienta.

EL TARAY
El taray se asoma / como arbusto feliz,
llamado por muchos / también tamariz;
sus ramas son rojas / de mimbre y matiz,
buscando en la orilla / su libre raíz.

De verde son glaucas / sus hojas pequeñas,
abrazan el tallo / cual dueñas enseñas;
las flores globosas / con las que tú sueñas,
blancas y encarnadas / de luces risueñas.

El fruto es la cápsula / de seca estructura,
que guarda semillas / de negra espesura,
mientras sus raíces / nos dan su armadura.

Sea tarayal / o un tamarigal,
él fija del río / su margen final,
y el nombre se queda / grabado en metal.

EL TÉ DE MONTE
No es planta discreta / que el monte someta,
pues tres son los metros / de su alta silueta;
sus ramas de vello / de blanca etiqueta,
la visten de gala / de forma completa.

Hojas alargadas / de punta de meta,
con duelos de plata / de fina receta;
dentados sus bordes / de ruda carpeta,
que al chelo le prestan / su canto de poeta.

Espigas que suben / de forma secreta,
con flores pequeñas / de luz de cometa,
con sus verticilos / de paz y de dieta.

Té de la montaña / de humilde libreta,
que cura los males / de toda la jeta,
guardando el aroma / de su propia veta.

EL TOMILLO
Perenne es la planta / de olor que reposa,
con tallos de leche / de estirpe leñosa;
derechos ramosos / de altura graciosa,
que visten el monte / de forma armoniosa.

Hojas lanceoladas / sin sisa de prosa,
pequeñas y fuertes / de vida gozosa;
con bordes revueltos / de forma curiosa,
que guardan la esencia / de forma preciosa.

Lindas son sus flores / de blancos acordes,
o rosas de seda / de suaves rebordes,
en las cabezuelas / de tonos conformes.

Tónicos que alivian / de estómagos bordes,
curando los males / de siglos deformes,
con zumos de tierra / de mil los informes.

LA VID SILVESTRE
La vid en la orilla / se vuelve trepadora,
buscando en los chopos / su escala de aurora;
sus zarcillos fuertes / de mano abrazadora,
tejen en el bosque / su red protectora.

Sus hojas son palmas / de estampa señora,
que el viento del río / con gracia decora;
si llega el otoño / la parra se ignora,
y en rojos intensos / el valle colora.

El fruto es pequeño, / de esquiva dulzura,
racimos de perlas / de negra tintura,
que brindan al ave / su pulpa madura.

Es madre del vino / de antigua cultura,
que libre en el soto / mantiene su altura,
y guarda en su cepa / su esencia más pura.

LA ZARZA-I
Es arbusto fiero / de tallo que arquea,
donde el fuerte gancho / su paso moldea;
entre cuatro y cinco / de metros serpea,
y con aguijones / su muro rodea.

Hojas elípticas / que el tacto golpea,
el borde serrado / que el aire marea;
lampiño es el haz / que el sol nos clarea,
velludo el envés / que la sombra desea.

Racimos de flores / de blanco y de rojo,
que nacen veloces / con raudo denuedo,
brindando a la vista / su libre despojo.

La baya es la mora / calmante del miedo,
de negros granitos / de dulce sonrojo,
que visten al seto / con sabio remedo.

LA ZARZA-II
La zarza se enreda / de espina y de agalla,
tejiendo la red / que el fruto nos calla;
mientras que el lirio / de azul la muralla,
levanta su cetro / de luz que no falla.

La mora es el dulce / que el labio batalla,
manchando los dedos / de grana y medalla;
el lirio es la perla / que el agua detalla,
con pétalos finos / de seda y de malla.

Arbusto que envuelve / de forma bravía,
y flor que despierta / de noble hidalguía,
unidos por ríos / de fresca energía.

La zarza es la guarda / de cierta alegría,
el lirio es el sueño / de nuestra poesía,
que el valle del Cabriel / por suya sentía.

LA ZARZAPARRILLA
Es la enredadera / de tallo voluble,
que busca el camino / de un modo insoluble;
espinos quisiera / de largo insufrible,
tejiendo en el soto / su red invisible.

Las hojas alternas / de tacto bien áspero,
corazón de nervios / de acero fundido;
galernas de venas / de un verde diásporo,
que visten el bosque / de un manto tundido.

Sus flores son verdes / de axila y racimo,
que guardan la esencia / de un suave perfume,
tratando a la rama / con mimo y arrimo.

La baya es muy roja / y el aire consume,
mientras su raíz / con paso de limo,
en fibras de tierra / su vida resume.

LA FAUNA
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EL ACENTOR COMÚN
Pequeño suspiro que habita el espino,
con cuello de niebla y azul de cristal.
El viento le dicta su oculto destino,
en versos de sombra de un viejo zarzal.

Amantes de seda que bordan laberintos,
su canto es un hilo de plata y de hiel.
Se pierden los besos en mundos distintos,
pintando la tarde con tinta de miel.

EL AGATEADOR COMÚN
El duende de corcho recorre la altura
en rítmica espiral de sombra irreal.
Su cola es el ancla de una arquitectura,
que sube al olimpo del reino vegetal.

Un grito de vidrio que busca la grieta,
vistiéndose escamas de pardo disfraz.
El árbol le guarda su voz de poeta,
mientras se desliza con paso fugaz.

LAS ÁGUILAS
La reina de bronce corona el vacío,
su vuelo es un arco de seda vital.
Las garras de trueno bautizan el río,
con ojos de azufre, de fuego y cristal.

En botas de nieve su garra se esconde,
su sombra de plata la luz adivina.
El viento de cuarzo a sus alas responde,
en muros de yedra con voz de turbina.

Entre los barrancos el nido es un velo,
la perdicera es un rayo legal.
Acrobacias rotas que inventan el cielo,
buscando la presa en el reino abismal.

Pilares de aire sostiene la anciana,
huyendo del hombre de la sombra gris.
El cuervo le muerde la voz de mañana,
mientras se desangra la flor de lis.

LA ANGUILA
Serpiente de seda que ignora el pecado,
con una sola línea de aleta y dial.
Su cuerpo es un tiro de aceite plateado
que busca el fondo del reino fluvial.

La joven de vidrio regresa del mundo,
con vientre de trigo y un dorso de hiel.
Alcanza el milagro del mar más profundo,
mudando la plata sobre su piel.

Lleva un metro de noche en su ruda dentada,
devorando el misterio de un blanco total.
Larva transparente que nace estancada,
para ser la reina del ciclo vital.

EL ARRENDAJO
El sabio del bosque se viste de espejos,
robando las voces de un mundo mundial.
Sus alas son rayos de azules reflejos,
que escriben los versos de un reino mortal.

Imita los gritos del hombre dormido,
con plumas de fuego que bailan sin red.
El rayo en su hombro es un trueno perdido,
que bebe en la lluvia su música y sed.

EL AUTILLO
Pequeño fantasma con ojos de azufre,
que silba en el río con voz de fiscal.
Su alma es un barco que el viento no sufre,
huyendo del frío con vuelo invernal.

Esconde el enigma en los troncos de plata,
vistiéndose nubes de gris resplandor.
Su grito es aguja que el miedo desata,
en noches de sueño con gusto a licor.

EL BARBO IBÉRICO
Su espada de escamas corta la corriente,
con cuatro bigotes de nácar y tacto.
Rastrea los fondos de un río impaciente,
con garbo de acero de fuerte impacto.

Verbena de plata en las aguas veloces,
sin las maletas navega en vertical.
Limpia los detritus con mudos adioses,
mejorando el flujo del reino fluvial.

EL BLENIO DE RÍO
Vagabundo desnudo de piel de serpiente,
que cambia los mares por aguas sin sal.
Lleva un rulo de seda sobre su frente,
y una cresta de carne, corona real.

Periscopio carnoso que mira la altura,
con ojos de antena de místico albergue.
Esconde en la grieta su mansa figura,
antes que el tentáculo herido se cuelgue.

Apoya en el fondo manos de abanico,
saltando en las rocas de oscuro portal.
Es sello de casta de un río muy rico,
que guarda el secreto de un tribunal.

EL BÚHO CHICO
El búho de arena devora el instante,
con plumas de mármol que visten el aire.
Su pico es un signo de hierro constante,
que mata al sonido con frío donaire.

La luna es un huevo que empolla el vacío,
en nidos de musgo que el tiempo robó.
Su canto es bosque de negro escalofrío,
donde el viejo tiempo su sombra escondió.

LA CABRA MONTÉS
La cabra de ámbar galopa en el abismo,
sus cuernos de tiempo se curvan al sol.
El monte es espejo de un rítmico sismo,
que absorbe la luna con fuego y crisol.

Pezuñas de vidrio culminan los cielos,
lamiendo la sal que los astros sudaron.
Su barba es un mapa de antiguos desvelos,
donde los otoños del frío anidaron.

En duelos de nácar golpean la tarde,
la flor de la lila perfuma el rencor.
Su sangre es un bosque que en las sombras arde,
buscando en el viento su pulso y amor.

EL CÁRABO COMÚN
El búho de hierro vigila el misterio,
su rostro es un disco que atrapa el rumor.
Gobierna en la sombra de su vasto imperio,
bebiendo la noche con frío y pavor.

Sus alas son mantos de seda y de olvido,
que matan a tiempo con vuelo letal.
El eco del "hu" es un hilo tejido,
que rompe el espejo de un sueño glacial.

Estatua de bronce que habita el arbusto,
con ojos de luna que miran el ser.
Atrapa el silencio con aire robusto,
antes que el alba comience a nacer.

EL CARBONERO COMÚN
Minero de pluma con gorra de sombra,
babero de noche y vientre de sol.
El árbol de musgo su música nombra,
con sierras de acero de amargo crisol.

Bailongo de rayas que busca el insecto,
sus garras de hierro devoran el mal.
Su grito metálico, siempre perfecto,
rompe el silencio con punta fatal.

EL CUCO
Halcón de mentira que roba la cuna,
su sombra es péndulo herido de azar.
Arroja los hijos bajo la blanca luna,
buscando el sustento que el otro ha de dar.

El "cu-cu" es un eco de un reloj sin horas,
que vuela hacia el fuego del África cruel.
Mentiras de pluma que tragas y lloras,
dejando en el nido un rastro de hiel.

LA CULEBRA VIPERINA
Disfraz de veneno que engaña a la muerte,
con trazo de rayo que las aguas cruza.
El río la acuna con hálito fuerte,
bebiendo el reflejo del sueño que buza.

No guarda ponzoña su lengua de viento,
es sombra de víbora en piel de papel.
Persigue en el agua su diario sustento,
entre los helechos y el verde laurel.

LA CULEBRA DE ESCALERA
Escalera viva que trepa al olvido,
peldaños de seda sobre el matorral.
Su cuerpo es un mapa de lodo tejido,
que busca el sustento del reino animal.

Sin gota de muerte camina en la tierra,
unida en sus líneas de rítmica fe.
Escondida en grietas que guarda la sierra,
lo que el ojo mira y el miedo no ve.

LA CULEBRA LISA MERIDIONAL
Dama de seda con piel escurridiza,
discreta y tranquila como un manantial.
El sol de la tarde su lomo graniza,
vistiéndose manchas de sombra ilegal.

Si el dedo la acosa, despierta su diente,
guardiana de rocas y luz de jardín.
Camina en el tiempo de forma elocuente,
tocando en el aire su mudo violín.

LA CULEBRA BASTARDA
Gigante de esmeralda con ceño de guerra,
levanta la frente como una deidad.
Su "V" de veneno la noche destierra,
buscando en dos metros su única verdad.

Sisea en el campo como una señora,
fingiendo que el trueno reside en su piel.
Monarca de escamas que el miedo devora,
con sangre de hierro y un rastro de hiel.

LA CURRUCA CAPIROTADA
El bardo encapuchado de negro sombrero,
engaña al vecino con trinos de fiero.
La hembra de castaño, veloz mensajera,
se pierde en la sombra de la enredadera.

Sus bolsillos llenan insectos de fuego,
grillos de hojalata y arañas de chal.
En el desposorio comienza su ruego,
desde su atril alto de verde cristal.

LA CURRUCA CABECINEGRA
La joya del bosque con ojos de viaje,
anillo de fuego que mira al abismo.
Su canto es chirrido de hambriento engranaje,
manivela de sombra en su propio sismo.

La hembra es la nube que el riesgo adivina,
vistiéndose grises de oculto temor.
Absorta en el Cabriel si el sol la ilumina,
bebiendo en el tiempo su rancio sabor.

EL CHOTACABRAS
El pájaro sombra se funde en la rama,
calzándose escamas de vieja corteza.
Su boca es un puerto que el viento reclama,
donde los insectos pierden la cabeza.

Sus ojos son pozos de noche profunda,
que beben estrellas en dunas de umbral.
Un ronco ronroneo su cuerpo inunda,
cantando el secreto de un sueño inmortal.

EL GALÁPAGO LEPROSO
El monje de piedra no escapa del muro,
su espalda es un mapa de lodo mortal.
Esconde en su yelmo un secreto futuro,
bebiendo silencio en negro funeral.

Devora la carne de un río dormido,
buscando en el sol un refugio febril.
Se duerme en el fango de un compás perdido,
lejos del invierno de sordo marfil.

LA GALLINETA
La dama del lodo navega en el frío,
con negro ropaje de lista fatal.
Sus patas de artista recorren el río,
llevando un cuchillo de rojo coral.

Cuelga sus piernas en vuelo de ciego,
buscando el refugio de un verde dosel.
Juega entre sombras con trágico ruego,
bebiendo la vida con vasto mantel.

EL GALLIPATO
Gigante de lodo con alma de fuente,
navega en las sombras de un tiempo lunar.
Despliega sus ojos de sol impaciente,
buscando en arroyo su místico hogar.

Dispara costillas de flecha y ponzoña,
escotillas vivas de blanco marfil.
No teme a la muerte ni a la vil carroña,
durmiendo en el fondo su sueño de abril.

LOS HERRERILLOS
El loco herrero golpea el martillo,
sobre el yunque azul de la rama y el aire.
Cuelga del abismo como un lazarillo,
boca abajo baila con loco donaire.

Su cuna es pucherete de barro y ceniza,
remendado con sueños y restos de tul.
Engulle las orugas que el miedo graniza,
bajo el ancho cielo de eléctrico azul.

EL HERRERILLO COMÚN
El duende del cielo con gorro de azur,
viste de amarillo la luz del jardín.
Busca en las ramas el sol del gran sur,
tocando en el viento su dulce violín.

Desgaja las rosas con dedos de seda,
en peñas curiosas de inquieto mitral.
Su voz es la chispa que el bosque hospeda,
saltando en el tiempo con vuelo nupcial.

EL HERRERILLO CAPUCHINO
El monje de plata con cresta de nieve,
lleva un babero de negro betún.
En alas de gris el invierno conmueve,
bajo la mirada de un viejo runrún.

Su grito es un eco de buey en el viento,
reyezuelo loco de un reino legal.
Guarda en sus ojos el místico acento,
en naves de pluma de blanco metal.

EL JABALÍ IBÉRICO
El cerdo de sombra desgarra la tierra,
con dientes de luna que muerden el viento.
Su alma es un rayo que salta la sierra,
buscando el secreto de un gris sentimiento.

Los hijos de rayas, pequeños cautivos,
dibujan el bosque con trazos de tiza.
En lodos de barro se sienten más vivos,
mientras su colmillo la tierra bautiza.

La jefa de sombras dirige la danza,
huyendo del plomo que escupe la ira.
En nidos de espuma su estirpe descansa,
y el tronco es el arpa que el lomo respira.

EL JILGUERO
Pintura de sangre que viste la cara,
con oro en las alas de oscuro metal.
Su música es vino que el aire separa,
en burbujas locas de un sueño nupcial.

Monarca del cardo, de espinas y fuego,
bebe en las semillas su néctar de sol.
Lleva a sus hijos un místico ruego,
en naves de pluma de blanco perol.

LA LAVANDERA BLANCA
La blanca lavandera no lava la ropa,
navega por el viento con velas de espuma.
Su cuerpo es navío que viaja viento en popa,
vistiéndose de sombras, de nieve y de bruma.

Corretea por el agua con pasos de vidrio,
buscando en el fango semillas de luna.
Su grito es un "tsii-tsii", de nácar y delirio,
que mece el arroyo, dormido en su cuna.

LA MADRILLA
La novia del Júcar con labios de azar,
estira su cuerpo de estopa y de sal.
No busca el anzuelo en su paladar,
raspando los sueños del verde coral.

Se viste de plata bajo el sol del día,
en bancos de sombra del astro lunar.
Lleva bulbos de nupcias y loca alegría,
cuando el lecho de grava comienza a brillar.

EL MARTÍN PESCADOR
Saeta de joyas que rompe la fuente,
con pecho de fuego y de sangre solar.
Su vuelo es un cable de luz impaciente,
que zurce los hilos de un río de azar.

Anzuelo de pluma que pesca el lucero
en aguas de vidrio de turquesa luz.
Se para en el aire, fugaz mensajero,
que clava en el lodo su azulado buz.

EL MITO
El hidalgo blanco de cola de espada,
vuela en ejércitos de puro cristal.
Siete luceros en línea trazada
forman el metro de un sueño imperial.

Cuelga del tiempo con hombros de rosa,
esfera de pluma que ignora el dolor.
Su voz es un roce de nube miedosa,
huyendo del frío con leve furor.

EL MIRLO
El negro tenor que despierta la aurora,
con pico de oro y monóculo de sol.
La hembra de pardo lo escucha y lo adora,
fundida en las ramas de blanco bemol.

Flauta de seda que llama a la guerra,
salta en el lodo buscando el manjar.
Sombra de tinta que abraza la tierra,
antes que el día comience a brillar.

EL MOSQUITERO COMÚN
Nueve gramos de luz habitan el follaje,
pájaro de esmeralda con pies de ceniza.
Monedas de su canto son todo su equipaje,
hucha de las pensiones del aire nodriza.

Se enfrenta a la mosca con alma guerrera,
comiendo los hilos de la araña ciega.
Néctar de los sueños en la primavera,
antes que el otoño su rastro repliega.

EL PAPAMOSCAS GRIS
El gris caballero vigila el vacío,
desde un trono de aire de amargo metal.
Atrapa las alas del negro escalofrío,
en redes de sueño de un sordo rosal.

Su canto es chirrido de lata y olvido,
un eco de sed en la sombra febril.
Se marcha hacia el sur por el tiempo perdido,
buscando el perfume del viejo marfil.

EL PETIRROJO
Herida de fuego que cruza la nieve,
rechoncho fantasma de luz naranja.
Su pecho es un sol que en el frío se mueve,
llevando del invierno la gélida franja.

Aleta de rayo que busca la mano,
curioso profeta de un mundo glacial.
imita alarmas del hombre lejano,
con notas de vidrio de un viejo cristal.

EL PICAPINOS
El dardo de nácar golpea la sombra,
un pulso de tiempo que vibra en la piel.
El bosque de tinta su música nombra,
con sangre de rubí de un roto corcel.

Su pico es un rayo que rompe el madero,
redoble de acero que inventa el compás.
Se viste de luto, fugaz mensajero,
tejiendo la luz que no vuelve jamás.

EL PINZÓN VULGAR
El noble de acero con casco de cielo,
se baña en la sangre del rojo arrebol.
Su flauta desata un antiguo desvelo,
bebiendo los trinos en blanco mentol.

Devora los brotes de un campo prohibido,
semillas de nácar de un mundo irreal.
Construye la cuna de un sueño perdido,
con hilos de nube de puro coral.

EL REYEZUELO LISTADO
El rey de la jota con boina de fuego,
habita en la risa del verde encaje.
Pesa menos que alma de místico ruego,
vistiéndose oliva de un viejo linaje.

Colgado del cielo devora el misterio,
hojeando las hojas de un libro casual.
Su voz es un roce de un sordo imperio,
que nace en el fondo de un manantial.

EL RUISEÑOR COMÚN
El bardo de cobre que habita la noche,
con flautas de vidrio que rompen la sed.
Desata su música en rítmico broche,
y enreda la luna en su mágica red.

La cola de fuego se esconde en el seto,
espina de plata que guarda el rincón.
Su nido es de barro, de musgo y secreto,
buscando la sombra con tierno pulmón.

LA SALAMANQUESA
Reptil de cristal que camina en el cielo,
con dedos de seda, láminas de escama.
Su lengua es un pincel que limpia el desvelo,
llevando en el dorso su rítmica llama.

Se arranca la cola, ofrenda de engaño,
mientras se desliza por altos techos.
Recarga sus pilas de sol y de baño,
en grietas de sombra de viejos pechos.

EL SAPILLO PINTOJO IBÉRICO
El ministro del lodo con piel de galaxia,
viste manchas de fuego y de verde mural.
Su pupila es una gota en eterna ataxia,
corazón que recibe una extraña señal.

Se embalsama en el barro si el sol lo castiga,
esperando el regreso del cálido beso.
Su lengua es un rayo que atrapa la hormiga,
mientras duerme en la sombra un sueño de yeso.

EL SERÍN VERDECILLO
El verde pregonero que anuncia la vida,
con plumas de azufre y aceite solar.
Su voz es sartén que en el aire trepida,
mientras vuela ciego por el ancho mar.

Atril de los vientos, monarca del cielo,
reúne bandadas de pálida sed.
Con golfos y pillos inicia su vuelo,
tejiendo la luz en su mística red.

LA TRUCHA
Fusiforme deseo que habita la ducha,
con armadura de escamas y piel de postal.
Contra el muro del agua su músculo lucha,
bajo un cielo de espuma de blanco metal.

Su boca es de roca, de hierro y de espada,
vibrando en la torre de su propio flanco.
Busca el mar en noche de azul coronada,
con agnusdéi de plata en vientre blanco.

EL TURÓN
El ladrón ciego de máscara blanca,
fluye en el río como una serpiente.
Muerde la luna que el agua desbanca,
bajo el espejo de un sol indolente.

Cuerpo de tinta que escala las rocas,
bebe el perfume de glándulas tristes.
Rompe silencios de gélidas bocas
usando la furia del hielo sin chistes.

Crecen sus hijos sin ojos ni pelo,
dentro del vientre de un sueño de barro.
Buscan la luz en el fondo del suelo,
lejos del hombre y su bélico carro.

LA VÍBORA HOCICUDA
Corona de espina sobre el pedregal,
un cuerno de piedra preside su faz.
Su mordida es pico de puro metal,
que rompe las nubes con rabia tenaz.

Pequeña tirana de sangre sedienta,
esconde en su boca el amargo dolor.
Bajo la hojarasca su muerte se inventa,
guardando el secreto de un viejo pavor.

LA ZARCERA POLÍGLOTA
Ladrón de gargantas oculto en la zarza,
viste de los pardos que el sol dividió.
Periódico vivo que al viento se engarza,
con voces de otros que el tiempo robó.

Migra hacia el olvido cuando muere el estío,
sin dar conferencias de prensa a la flor.
Su canto es un puente que cruza el vacío,
agudo y profundo, de sombra y color.

EL ZORRO IBÉRICO
El can de los fuegos camina en el viento,
viste uniforme de soles y ceniza.
Guarda en su boca un fugaz pensamiento,
borrando su rastro la noche enfermiza.

Ojos de azufre que cierran cerrojos,
pisan la tierra con nubes de seda.
Beben el miedo con pétreos antojos,
bajo la luna que en bosque se enreda.

Siembra en los campos semillas de olvido,
corre en la sombra buscando el mañana.
Vuelve a su cuna de esparto tejido,
cuando el invierno despierta con gana.

EL ZORZAL COMÚN
El bardo de lodo camina en el suelo,
con pecho de estrellas de apuesto trigal.
Rompe caracoles buscando su cielo,
sobre el altar frío de piedra trivial.

Su copla repite el misterio del día,
en lo alto de un pino, corona de luz.
El bosque se rinde a su dulce elegía,
clavando en la sombra su música y cruz.

* * *
EL LOBO IBÉRICO ANDA CERCA
Fantasma de sombra que aúlla a la luna,
con ojos de ámbar que vomitan terror.
Su lomo es un mapa de antigua fortuna,
que teje en el monte su sed de dolor.

La noche es su reino, la brisa su amparo,
persigue el silencio con furia letal.
Su aullido es la voz de un rito preclaro,
que rompe el espejo de un sueño ancestral.

El pacto con el hombre, un eco lejano,
se esconde en la historia, de sangre y de hiel.
Corazón de sombra que el miedo ha vedado,
bajo el manto gris de un oscuro laurel.

Los Puentes

LOS PUENTES DEL CABRIEL
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PUENTE DE VADOCAÑAS
1514
En el año catorce con su pulso de piedra,
Iniesta decide que el puente sea eterno;
harta de que la furia lo devore cual hiedra,
cuando el agua se torna monstruo de infierno.

El Concejo de Iniesta con su justa balanza
abre un reparto justo en la tierna primavera:
hidalgos que no pagan con su risa de lanza,
mientras el pechero sangra en la ribera.

1540
Tempestad del cuarenta con su agosto de espanto,
destrozó todos los puentes con un golpe seco;
comunicaciones rotas bajo el lúgubre manto,
donde los cruces abatidos no encuentran eco.

1547
Y siete años más tarde, sin el puente concluso,
pasarela de madera se posó sobre el río,
cien metros más abajo, con un porte difuso,
haciendo caja de oro contra el hambre y el frío.

1554
En el cincuenta y cuatro la Requena protesta
ante reyes de sombra en un trono de hielo;
Juana y Carlos Primero les darán la respuesta,
soberanos del reino al margen del duelo.

El Concejo de Iniesta les cobraba el pontaje,
por pasar la madera con la mesa ya puesta;
Pajazo estaba muerto con su roto ropaje,
cerca de Contreras en su amarga floresta.

Les acusaban de romper el de la Puenseca,
para obligarles a pagar el vadocañazo;
y Castilseco, por su gran dificultad, peca;
dolíales soltar de la bolsa el firme lazo.

El Consejo Real dio la razón al lamento,
ordenando los reyes que Iniesta no cobrara;
cesó la mano de oro en este mismo momento,
sin que el tiempo se parara.

Sea por río o por mar el veredicto es claro,
finaliza el conflicto con leyes transparentes;
"no consintáis pontajes ni de luz ni de amparo
por cruzar por sus puentes".

1575
En el año setenta y cinco, con sillería,
se inaugura el puente de la piedra tallada;
acabado robusto que la luz ya pedía,
frente a la gran riada.

Impresionantes dimensiones de un ojo solo,
ciento veinte pies tiene su hueco de coral;
treinta y tres metros abarca entre polo y polo,
en su luz ancestral.

Es un perfil clásico de lomo de asno muerto,
limitado a un solo carril de pensamiento;
entre el término de Iniesta en su límite cierto,
y el que la Venta del Moro mastica lento.

Obra de ingeniería de la vieja Castilla,
etiquetado de marca y seguro pretil;
un rey y un mismo obispo en cada una orilla,
con el pulso de a mil.

Cuatrocientos años velando antes de la presa,
avalan al herrero de este paraguas de Iniesta;
su mente sorteó la ribera que el tiempo apresta,
tejiendo una armadura que al abismo se enhiesta.

Asombra comprobar cómo la roca conserva,
los datos más frágiles bajo la lente fría;
el pretil tiene marcas que la memoria reserva,
tatuajes de cinco siglos de lejana travesía.

LA PUENTE VIEJA - SIGLO XVI
El año sesenta y cinco es una joya fría,
Minglanilla colocó su mojón de señal;
desoyendo las voces que Iniesta decía,
luciendo su cresta de una forma triunfal.

Sin hallar el rastro que certifique el mazo,
mantiene con Iniesta un continuo fragor;
un duelo de sombras en un solo trazo,
sin que el viejo vestigio calme su dolor.

EL PAJAZO
Siglo XV
El puente de Pajazo dormía en Contreras,
un ojo del Castillo que mira el confín;
la tres nacional corta ya sus fronteras,
con bocas de sombra que no tienen fin.

Fue paso de reyes de estirpe maestra,
obra de Pere Compte, el gran arquitecto;
la Lonja de seda su genio demuestra,
en gótico urbano de trazo perfecto.

Gozaba del cobro del viejo pontaje,
un código de oro que Requena arrendaba;
vasallo que paga por su propio peaje,
mientras que la piedra su pulso tomaba.

Siglo XVI - 1553
El marzo del año cincuenta y tres llega,
el puente es un hueso que ya no camina;
ganados y hombres el río los niega,
con Domingo Cabra que el daño examina.

Ahora duerme el sueño bajo el mar de Contreras,
con calaveras de agua en el hondo embalse;
la Venta de Pajazo no tiene fronteras,
donde el limo busca su mudo realce.

Confluencia de Mira y de la Pesquera,
con Villargordo en un nudo fatal;
el puente es un pez que la luz ya no espera,
con la presión de un deslucido cristal.

EL CIEMPIÉS - SIGLO XIX
Entre el año cuarenta y cinco y el cincuenta y uno,
no existía un camino que venciera al titán;
salvo el de Vadocañas, no había ninguno,
que burlara las aguas que al abismo se van.

Lucio del Valle traza con su pluma de rayo,
abreviando el trayecto de la gran capital;
hacia Valencia corre sin ningún desmayo,
una arteria de piedra con un pulso vital.

El Ciempiés lo llamaron por su largo fuselaje,
en las raras Cabrillas, teclado luminoso;
campanillas de asfalto decoran el viaje,
mientras el caminante salta sobre el foso.

Para bajar los tramos de la cuesta inclinada,
construyó un zigzag como un nervio de plata;
desde el puerto desciende la ruta trazada,
mientras el viento frío los sueños desata.

Siglo XX - 1972
En el setenta y dos por el borde del vaso,
la Nacional Tercera tendió su mano fría;
un puente de asfalto frío vigila el paso,
sobre el agua estancada que el sol ya no ansía.

EL FANTASMA DE CASTILSECO
Antes del mil seiscientos cuarenta existía,
el puente Castilseco con su piel de granito;
media legua debajo de lo que el mar quería,
permitiendo el cruce de un lamento infinito.

De piedra pedazo a pedazo fue forjado,
desaparecido hoy de la faz del planeta;
entre lomos de sombra se encuentra enterrado,
bajo el Cerro del Castillo que el secreto aprieta.

EL VIADUCTO DE CONTRERAS -SIGLO XX
Año ochenta y ocho, Villargordo y Minglanilla,
Javier Manterola diseña un vuelo de acero;
voladizos que danzan de una forma sencilla,
con tirantes que saltan como un gran caballero.

Hormigón de diamante, resistencia de trueno,
es un puente que entona baladas de viola;
nueve mil metros mide su tramo de sereno,
sobre el agua que luce su plateada ola.

Tres viaductos se elevan sobre la voz del río,
del Istmo y del Embalse, con el Ciempiés al lado;
la Vid tiene vértigo de un impaciente frío,
sobre el barranco negro de un tiempo condenado.

Tres túneles perforan la roca milenaria,
Hoya de Roda viene desde el pecho de Cuenca;
Rabo de la Sartén con fobia estatutaria,
y la Umbría que apenca la muela de la penca.

Doscientos veinte metros el Barranco nos apuesta,
en un descenso loco que al Embalse se arrima;
la Negra Cuesta pone su música de orquesta,
mientras el acero busca su propia cima.

Hormigón y acero en empresas de esmero,
formando dos gemelos del cielo panorama;
libres de las aguas bajo el sol verdadero,
con una luz central que en el aire se inflama.

El Rabo de la Sartén atraviesa el canal,
en la península herida por el hondo embalse;
sin mojarse la ropa el paso es vertical,
mientras que el asfalto no halla de qué quejarse.

Hacia Valencia salen calzadas muy gemelas,
el Viaducto del Istmo con su largo abismo;
ochocientos treinta metros son sus blancas velas,
en un vuelo que rompe con todo el espejismo.

Sesenta y seis metros de altura en sus pilares,
apoyos precisos bajo un agua tranquila;
el Barranco la Vid cruza todos los mares,
con noventa y seis metros que por el ojo enfila.

Apuros de la tierra con su mano muy dura,
viaductos en hilera que el viento almacena;
se olvidan las Cabrillas con su ruta oscura,
dejando en el olvido la antigua cadena.

Evitando el asalto del monte montañoso,
salvando el embalse con un vuelo de hada;
mariposa de hierro con su rastro precioso,
en una línea recta sobre la hondonada.

Viaducto del Embalse con sus dobles calzas,
confirma con los otros su alianza civil;
vehículos corren sobre nubes descalzas,
públicos y privados con pulso febril.

Siete millones de metros de tierra movida,
con arpones de asfalto sobre el agua sin monte;
quinientas mil toneladas de una piel curtida,
que dibujan el mapa de un nuevo horizonte.

PUENTE DE TAMAYO
En el año de gracia de un tiempo de madera,
Tamayo era un sistema de troncos y de euforia;
las aguas del demonio con su lengua de fiera,
borraban del Cabriel su efímera memoria.

Vino el hierro después con su pulso de fragua,
y el cemento selló la herida del torrente;
un "chapó" de metal que resiste bajo el agua,
ante el monstruo que ruge con un ojo caliente.

PUENTE DE VILLATOYA
Villatoya en el alba con madera pulida,
buscaba en Fuente Podrida su cura de ozono;
pésima era la ruta de una piel carcomida,
donde el siglo naciente perdió ya su tono.

Tras el duelo de sangre y la guerra encendida,
Luis Dicenta proyecta su esquema de metal;
la urgencia golpeaba la puerta de la vida,
en la prensa brillaba su plano abismal.

Sesenta y tres cautivos con sus penas de acero,
mano de obra de sombra en un nido de horror;
esclavos encadenados al sueño más artero,
bajo el látigo frío de un cruel monitor.

Hundidos en campanas de un metal asfixiante,
dentro de aguas de muerte con sabor a pulmón;
la pulmonía muerde con su garra de amante,
deteniendo el latido de un viejo corazón.

El registro de huesos confirma la tortura,
relevos de fantasmas que el tiempo ya borró;
sobrevivientes cuentan la historia más oscura,
que el hambre de la tierra por siempre silenció.

La crecida maldita del cuarenta y nueve,
se llevó por delante la cuenta del metal;
el puente fue un juguete que el demonio remueve,
bajo el cielo de plomo de un signo terminal.

En el cincuenta y dos el hormigón florece,
Villatoya lo pisa con un pulso de imán;
un viaducto excelente que hoy en día amanece,
donde todas las ansias por fin descansarán.

PUENTE DE LOS CÁRCELES
En el cuarenta nacen los Cárceles de manos,
de vecinos que tejen el hierro y la fe;
viaducto de una vía de desatinos vanos,
perdido del Baeza-Utiel su propio porqué.

En la isleta central donde el río se divide,
salva el doble ramal con su cuerpo de riel;
barandas de oreja donde el eco reside,
con traviesas de brío con sabor a clavel.

EL VIADUCTO DEL AVE
Dos mil diez es el año de la alta energía,
Valencia se conecta con un rayo de sol;
movilidad de datos con nueva profecía,
cohesión que unifica el mapa español.

Tres viaductos que vuelan sin temor al fracaso,
con tres túneles hechos de una caña de luz;
mejor vista que el coche que detiene su paso,
sobre el agua estancada observada al trasluz.

Como vara de Moisés que separa el abismo,
el AVE cruza el cielo con un arco de fe;
rompiendo las barreras del viejo narcisismo,
donde el tiempo detiene lo que el ojo no ve.

Seis kilómetros francos de hormigón y de nubes,
es el arco más grande de toda nuestra Europa;
animando los pensamientos de hombres querubes,
mientras que la velocidad la distancia galopa.

Doscientos sesenta y un metros de luz pura,
el récord de España en un vuelo de imán;
arquitectura cuántica de una firme estructura,
donde los nuevos puentes al futuro se irán.

Los Puentes

LA PRESA DE CONTRERAS
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El Cabriel y el río Guadazaón son lazos,
entre Cuenca y Valencia se muerden el pie.
Despachan con hierro del viento sus brazos,
donde el agua es un ciego que busca la fe.

Ciento veintinueve metros de una mueca,
el cristal devora la luz del pretil.
Sepultan la pena de la hiedra seca,
en una montaña con sombra de abril.

La turbina mastica el silencio de plata,
un veinte por ciento del sueño congelado.
La razón desnuda con miedo se ata,
al cobre que ya nace descascarado.

El Collado se mueve cual pez de granito,
el diablo descorcha la puerta del mal.
La roca es un canto de polvo y de grito,
que huye del hombre y de su cañaveral.

Catorce kilómetros de la amnesia líquida,
la espada de Damocles cuelga de un hilo.
La fiesta del agua se vuelve más rígida,
entre los estoques que ocultan el filo.

El Canal de la sed es un labio de angustia,
que cura a Valencia su sed mineral,
salvando a la rosa que crecía mustia,
con una promesa de muerte inmortal.


© Diego Tórtola Descalzo
Orientación e imágenes: Gemini AI
30 noviembre 2025 a 28 enero 2026


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